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ABC LUNES 11 s 6 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA DESIDERÁTUM N un país normal, amenazado de forma explícita por una organización terrorista, el jefe del Gobierno y el líder de la oposición se reunirían con la máxima solemnidad y, tras decirse unas cuantas cosas bien claras a puerta cerrada, comparecerían juntos ante la nación para estrecharse las manos y aparentar siquiera que cualquier embestida contra el Estado les va a encontrar hombro con hombro en la defensa de la libertad. El primer ministro admitiría sus errores, se disculparía por ellos y agradecería el apoyo de su rival, y éste echaría pelillos a la mar, minimizaría sus críticas anteriores y celebraría el nuevo clima de colaboración frente al enemigo coIGNACIO mún. Luego instarían al CAMACHO resto de los partidos a unirse al combate, y arengarían a los suyos a resistir. Para todo el mundo quedaría claro que el compromiso que ansían los ciudadanos estaría sometido a la lealtad mutua, y que el que lo incumpliese sería reo de un delito político severamente castigado en la próxima cita con las urnas. Es de temer, sin embargo, que la escena que hoy protagonicen en la Moncloa el presidente Zapatero y Mariano Rajoy sea un rigodón lleno de hipocresía en el que ni siquiera se formulen con claridad en privado los mutuos reproches que se deben a modo de catarsis. Ambos se detestan, se profesan absoluta desconfianza y no están en absoluto dispuestos a suministrarse una gota de oxígeno, pero sobre todo les separa el abismo de un concepto radicalmente diferente de la política antiterrorista. Uno es partidario de pactar, y el otro de combatir. Zapatero está escocido de rabia por su fracaso, autopersuadido de que su plan era idóneo y de que se lo ha arruinado el PP al levantar en pie de ira a la sociedad española, y Rajoy se siente traicionado con reiteración por un líder empeñado en aislarlo a cualquier precio y al que considera una catástrofe nacional. Los dos saben que la sociedad española requiere a la desesperada el consenso, pero están convencidos de que la verdadera intención del rival es poner al otro contra las cuerdas de la opinión pública. Sin embargo, y paradójicamente, están obligados a plantear un entendimiento para no descolgarse, y por ahí queda al menos una rendija de esperanza. Uno de los dos, o entrambos, tendrá que sacar hoy un papel con los puntos mínimos de acuerdo, y hacerle al adversario una oferta que no pueda rechazar sin retratarse con el culo al aire. Quizá surja en la reunión una suerte de Pacto Antiterrorista simplificado y muy sucinto, un folio de buenas intenciones al que puedan unirse CiU y el PNV Cualquier cosa menos que eso representará un fracaso histórico: el de la última oportunidad posible de no entregar al terrorismo más ventaja de la que ya le ha otorgado la soberbia incompetencia del presidente. Ahora no tiene sentido pasarse de rosca; el pueblo ya ha tomado nota de lo ocurrido y eso no lo va a borrar ni siquiera la autocrítica que Zapatero tampoco está dispuesto a conceder. La ineptitud de este hombre ha dejado la legislatura liquidada y vista para sentencia, pero al menos alguien tiene que organizar un final digno del que no nos avergoncemos como hasta ahora. E SARAJEVO SWEET DREAMS A gran avenida que surca Sarajevo de norte a sur la flanquean edificios hórridos, bloques de pisos erigidos durante la era de Tito que parecen diseñados por el mismo arquitecto inepto. Muchos de ellos aún muestran en sus fachadas las cicatrices del dolor: las balas de los francotiradores han extendido su carcoma por doquier, una escritura urgente que ha dejado sobre el revoque de las paredes su rúbrica cruel; de vez en cuando sobresalta las fachadas la huella más mortífera de los obuses, como agujeros de sombra que tal vez se tragaron a una familia entera. Los cementerios de Sarajevo se multiplican por doquier en las laderas de las montañas que encajonan la ciudad: en algunos, anteriores a la guerra, se entremezclan las tumbas cristianas y musulmanas; en otros, más recientes, las tumbas musulmanas alzan su bosque incontable de estelas blancas. Acongoja verlas a la luz del crepúsculo, como un ejército de ánimas pálidas, fosforesciendo sobre el cielo casi cárdeno. Sarajevo tiene cierto aire de ciudad campamental levantada sobre sus propias ruinas; tiene también un aire de vitalidad JUAN MANUEL maltrecha que me gana para siempre. DE PRADA Por la mañana visito la catedral católica, donde se celebra misa para cuarenta o cincuenta niños que entonan aleluyas con una voz cándida, dulcísima, que exorciza el imperio de las tinieblas. Son miembros de la comunidad croata, minoritaria en una ciudad donde también se congregan serbios de fe ortodoxa, judíos sefarditas y askenazíes y una mayoría aplastante de bosnios musulmanes, fruto de más de cuatro siglos de dominación otomana. Aparentemente, la convivencia es pacífica; pero falta por ver si el día que la vigilancia internacional concluya (y, con ella, se cierre el grifo de las subvenciones) dicha convivencia sigue siendo posible. Han empezado a llegar a Sarajevo partidas de dinero calentito, procedentes de Irán y Arabia Saudí, que se emplean en la construcción de mezquitas y madrasas donde se enseña la doctrina salafista. Los imanes de dichas madrasas recolectan a sus pupilos entre las familias más humil- L des, a quienes gratifican a cambio de que les confíen la educación de sus vástagos, a cambio de que sus hijas se cubran la cabeza con un velo, a cambio de que recuperen la observancia de los ritos religiosos, descuidada por la influencia occidental. Las muchachas bosnias, que todavía se resisten al velo, tienen la belleza peligrosa de las razas eslavas, gélida y candente a un tiempo. Una visita por el barrio turco me conduce por callejuelas donde se apiñan las tiendas de artesanía. A orillas del río Milijecka, la Biblioteca de Sarajevo alza su estampa desvencijada; guarda en su interior un enjambre de palabras huérfanas, calcinadas para siempre. Unos pocos metros más allá, piso el suelo donde fue derramada la sangre que llenó Europa de trincheras, allá en 1914; las aguas del Milijecka siguen bajando turbias, arrastrando un dolor antiguo como el mundo. Para espantar los presagios fúnebres, le pido a mi inolvidable anfitrión en Sarajevo, José Ramón García Hernández, encargado de asuntos culturales de la embajada española, que me lleve por la noche a The Club, el garito más pijo de la ciudad. Es un edificio de arquitectura señorial, que retumba con los acordes del Sweet Dreams de Eurythmics: Travel the world and the seven seas. Everybody s looking for something Las muchachas bosnias se entregan al baile, hermosas como pecados mortales o huríes de un paraíso vedado a los infieles: Some of them want to use you. Some of them want to get used by you Alzan los brazos desnudos mientras se contonean; y la brasa de los cigarrillos que fuman relumbra en la oscuridad casi tanto como sus ojos feroces, casi tanto como la llama indómita de sus cabellos. De regreso al hotel, todavía conturbado por la visión, paso ante una enorme mezquita erigida con dinero iraní; su minarete perfora la noche sin estrellas. Sospecho que a las hijas de las muchachas que acabo de ver entregadas al baile les aguardan sueños menos dulces que los que esta noche han incubado sus futuras madres; sospecho que un velo oscurecerá la llama de sus cabellos, el brillo feroz de su mirada: Sweet dreams are made of this. Who am I to disagree? La pesadilla acecha a la vuelta de la esquina, presta a lanzar su zarpazo.