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6- 7 S 6 LOS SÁBADOS DE DÍAS DE JÚBILO Primaveras las ocho de la mañana, el frío callejero me hizo volver a casa a buscar un jersey. La risueña perspectiva de un cielo despejado y un sol que venía empujando me engañó. A la menor brisa, temblé. A las tres de la tarde, saliendo de un restaurante donde había comido con unos amigos, sudaba la gota gorda y debí quitarme el jersey, que siguió mi camino colgando de una mano, como la bandera de un derrotado. A las siete de la tarde, tras una sesión de cine, un chaparrón subtropical, me obligó a refugiarme en un portal. La portera tuvo tiempo, por medio de un sutil interrogatorio, de averiguar que yo no era un terrorista camuflado, un violador de señoras maduras ni un descuidista a la caza de bolsos. Total, que mi jornada terminó con una fila de ropa empapada colgando del tendedero. Al día siguiente, la meteorología impresionista (léase: yo en una ventana) gastó un par de adjetivos: día risueño y templadito. Vista la experiencia antecedente, salí con gabardina y paraguas. El sol se empeñó en trabajar toda la jornada- -nunca mejor dicho: de sol a sol- -y yo, sudado y deslumbrado, cargué A Blas Matamoro con ambos objetos, perfectamente inútiles. ¿Habrán salido a la calle, alguna vez, en primavera, los poetas que nos la elogian como búcaro rebosante, promesa de renovación y jardín de fragancias? Señalo una ilustre excepción: un francés oscuro y algo esquinado, un tal Stéphane Mallarmé, que calificó a la primavera de maligna porque lo obligaba a dejar la estufa, la bata y las pantuflas, tan buenas compañeras de todo letrado. Uno sale a festejar la floración de la naturaleza entibiada por la luz de mayo y acaba con bronquitis. Pero hay algo peor que, al menos al firmante, le hace añorar la decisión suntuosa del otoño, la parrilla veraniega o el frío cabal de diciembre, y es que un día primaveral es como una colcha de días cosida con retales. Al final, no sabemos en qué momento del año estamos ni si la ciudad es adusta y castellana o fangosa y bananera. A las edades jubilares, si todavía anhelamos algo, es, a la hora de irnos a dormir, ser los mismos que se despertaron. La primavera no nos deja: es la adolescencia del almanaque y nos empuja, sin consultarnos, hacia la adolescencia de la vida, que parece no querer pasar del todo.