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ABC SÁBADO 9 s 6 s 2007 Tribuna abierta OPINIÓN 7 José M. de Areilza Carvajal Profesor del Instituto de Empresa Tras las elecciones generales de marzo de 2004 la política exterior española ha atendido más a emociones y complejos que a intereses y valores nacionales. Cualquier renovación pasa por rescatar un intangible de nuestra política exterior durante los gobiernos de los veinte años anteriores: la impresión que se transmitía de seriedad y fiabilidad A política exterior española no atraviesa su mejor momento. Desde marzo de 2004, el presidente Zapatero ha insistido en rectificar la labor internacional del Gobierno de Aznar y ganar pequeñas bazas en la política doméstica, normalmente ante el electorado más escorado a la izquierda, por ejemplo, malgastando energías valiosas para promover una inservible Alianza de Civilizaciones. Y, con demasiada frecuencia, el presidente del Gobierno no ha hecho nada en este terreno, como si estuviera acomplejado o careciera de interés por el exterior- -que viajen ellos- asumiendo que para proteger nuestros intereses basta con adoptar un perfil bajo. De este modo, como se ha visto en el caso E. ON o ahora en la renegociación de la Constitución europea, tenemos uno de los gobiernos menos europeístas en la Unión de 27, sostenido en Bruselas tan sólo por la excelente posición institucional conseguida en el Tratado de Niza y el buen trabajo callado de nuestros especialistas europeos. En Iberoamérica se ha flirteado con una política radical de apoyo a caudillos populistas, que asombra a los gobiernos de centro- izquierda de la región, mientras mantenemos una relación anormalmente tensa y de mínimos con EE. UU. garante de nuestra defensa. En el Magreb, después de haber apostado por resolver el contencioso del Sahara en unos meses, se ha abandonado la neutralidad española en el marco de Naciones Unidas y se han creado tensiones con Argelia, nuestro principal suministrador de gas. En el fondo, se espera en vano que una Unión Europea sin muchos medios nos resuelva problemas de gran envergadura, como la inmigración ilegal, la inseguridad energética o el terrorismo islamista. QUE VIAJEN ELLOS L mán se devaluaba y se convertía en un pacto de socorros mutuos, sin capacidad de hacer propuestas atractivas al resto. Se trataba de una orientación estratégica acertada, por mucho que la guerra de Irak haya estado mal justificada y planeada y haya creado allí una difícil situación. l cálculo errado pudo estar en lo que Charles Powell, en su agudo análisis sobre España en la UE, ha llamado boxear por encima de su peso es decir, definir grandes orientaciones pensando que la transición política y el éxito económico habían transformado a España, también, en un actor internacional de primer orden. De este modo, se intentaron alcanzar estas nuevas y legítimas aspiraciones sin pactar los consensos posibles, que, en adelante, serán muchos menos que los que emergieron al principio de la transición. Sobre todo, no hubo tiempo para dotarse de los medios e instrumentos precisos. Faltaban elementos básicos, como un refuerzo claro de nuestra capacidad real de proyectar nuestras Fuerzas Armadas en el exterior, o una carrera diplomática con personal, preparación, formación continuada y especialización suficientes, con pautas de actuación fruto de una reflexión y una prospectiva dignas de estos nombres, y capacidad real de coordinar a otros ministerios en su acción exterior. E T tras una historia colectiva de éxito. Desde el principio de la Transición, en noviembre de 1975, hubo un gran consenso para normalizar la política exterior, de modo que España formara parte del concierto de naciones occidentales, democráticas y prósperas y de sus organizaciones internacionales. Se trataba de darle la vuelta a un siglo y medio de casi no contar, y dejar atrás el aislamiento franquista y la excepcionalidad. La política exterior fue, durante veinticinco años, una política de Estado, con perfecta continuidad de objetivos. Pero se hizo con una llamativa escasez de medios, algo explicable porque España tuvo que quemar etapas en su proyección exterior: vender la Transición, ingresar en la OTAN, adherirse a la Comunidad Europea y jugar un papel activo en un proceso de integración que despegaba como nunca en 1987. Tuvo, asimismo, que reinventar la relación con Iberoamérica y con el Magreb. Todo ello sin que hubiese tiempo de establecer los fundamentos de una política exterior anclada en un Ministerio con capacidad real de coordinación y que a principios de 2000 contaba, más o menos, con el mismo número de diplomáticos que en 1976. a decisión del Consejo Europeo de 2 de mayo de 1998, en la que se decidió la creación de la moneda única, con la participación de nuestro país en el grupo de fundadores, puede servir para establecer la fecha aproximada en la que se consiguió la normalización. España había logrado los objetivos de política exterior de la Transición y era necesario proponer nuevas metas y dotarse de más y mejores medios. El Gobierno de Aznar buscó establecer una relación privilegiada con EE. UU. y estrechar relaciones con el Reino Unido en una Unión Europea con muchas dificultades para reformarse y en la que el tándem franco- ale- N o obstante, para enderezar la doble pérdida de rumbo y de pulso de la política exterior no es suficiente con volver al lugar de comienzo. Por supuesto, la geografía y la historia siguen definiendo nuestros intereses y valores permanentes en Europa, Iberoamérica y el Norte de África. Nuestro gran activo en el exterior es la cultura en español, que nos hace ser una potencia media con influencia global. Pero a partir de estas coordenadas básicas la política exterior necesita un nuevo impulso, porque en el fondo atraviesa otra crisis al encontrarse en un final de etapa L ras las elecciones generales de marzo de 2004, la política exterior española ha atendido más a emociones y complejos que a intereses y valores nacionales. Cualquier renovación pasa por rescatar un intangible de nuestra política exterior durante los gobiernos de los veinte años anteriores: la impresión que se transmitía de seriedad y fiabilidad. Además, se debe evitar la tentación del perfil bajo y el que viajen ellos cuyo resultado es la irrelevancia. Pero el mayor reto es hacer frente a la crisis de fin de etapa de la política exterior de la transición, definiendo objetivos y consensos posibles y cambiando la estructura y los medios para lograrlos. Buena parte del destino de España se decide fuera de nuestras fronteras y, por lo tanto, merece la pena prepararse para jugar de verdad en las grandes ligas. Asimismo, una renovada proyección exterior de España contribuiría a nuestra integración nacional, en un momento de debilitamiento de la cohesión territorial. Sorprende que se hable mucho de las reformas de distintas políticas, pero poco de la necesaria reforma de la política exterior.