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ABC SÁBADO 9 s 6 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA SOLO O quiere hacer solo. Respira encono por las comisuras y tiene la mirada inyectada en agravios. Se siente acorralado por los fracasos y oye a sus espaldas el ruido que producen los cuchillos al afilarse. Ha decidido abordar en solitario un Plan B que no tenía diseñado, y que va a improvisar apoyado en la teoría de las circunstancias cambiantes el relativismo de conveniencia con el que maneja a voluntad la ley como si fuera un elástico retráctil. El presidente parece enrocado sobre una dramática decisión a todo o nada: si emprendió solo el camino de la negociación con ETA, en soledad abordará también el capítulo de su cierre. Zapatero no cree en IGNACIO otro acuerdo que esos CAMACHO consensos ciudadanos de que habla su mentor intelectual Phillipe Petit: una interlocución directa entre el gobernante y el pueblo. Se siente agraviado hasta el rencor por la política de desgaste del PP y no está dispuesto a ir con la opo, sición a ninguna parte, porque interpreta que sería ella la beneficiaria de un eventual acercamiento. De hecho, su plan alternativo, reventado el proceso pasa por consumar de algún modo el aislamiento del adversario democrático y situarse en una especie de centralidad que parte de una equiparación perversa entre el enemigo terrorista y el rival político. No va a ceder ni a torcer el brazo: sin consenso empezó y sin consenso seguirá. Ha decidido endurecer el pulso y tirar a los leones a quien haga falta: De Juana, Otegui, el que sea. El asesino del antiguo comando Madrid ha quedado atrapado en medio de un fuego que no controla, y nadie va a mover ahora un dedo por su salud ni por su vida. Zapatero necesita votos para salvar su proyecto, y si no los ha obtenido con espigas los va a buscar con las espuelas. Pero para eso ha llegado a la conclusión de que no necesita al PP Es más: piensa que lo que necesita es que no se le acerque. Va a tratar de mostrar a los ciudadanos que por las malas puede ser tan duro como flexible ha sido por las buenas, y lo quiere hacer sin arrimarse a consenso alguno ni ofrecer ninguna fe de erratas. Terco como es, confiado como vive en su autocomplaciente limbo de certezas, dejará abierta la posibilidad de modular su estrategia a la que ETA le plantee: política de palo y zanahoria. Por eso no puede sellar pacto alguno con la oposición, que le dejaría en el fondo como rehén de una estrategia ajena. Por eso no ha habido prisa en celebrar la reunión con Rajoy- ¿qué diablos tenían que hacer los dos esta semana que fuese más importante? y por eso la está dinamitando antes de que se celebre. Lo que quede de legislatura va ser un periodo de extrema tensión, que acaso ETA acentúe con algún malvado golpe selectivo. El presidente sabe que ha fracasado a día de hoy en todos sus empeños, y lo único que puede ofrecer ya es la remota esperanza de una victoria final a pesar de los pesares. Para ello necesita que el Partido Popular pague un coste mayor que él por la reanudación de los atentados. Y afrontar en solitario el baile infernal que se avecina con música siniestra de estampidos de pólvora. L LA TREGUA DEL DERECHO L final, y en resumidas cuentas, podría afirmarse que, mientras ha durado el llamado alto el fuego permanente de la banda etarra, lo único que se ha declarado en tregua ha sido la aplicación de las leyes. Durante mis estudios de Derecho, me enseñaron que las leyes positivas no pueden permanecer ajenas a la realidad social; razones de pura seguridad jurídica exigen que el Derecho legisle realidades nuevas o cambiantes. Pero esta necesidad de atender realidades nuevas no debe encubrir razones coyunturales de veleidad o cálculo político. Sería deseable, por ejemplo, que un Gobierno decidiera aliviar las cargas impositivas sobre los ciudadanos si el erario público recibiese ingresos suficientes por otras vías menos gravosas; en cambio, resultaría inadmisible que un Gobierno resolviese dejar de recaudar impuestos en vísperas electorales para después volver a recaudarlos con igual rigor una vez obtenido el triunfo en las urnas. También sería comprensible que un Gobierno decidiera aplicar con mayor benignidad la legislación en materia terrorista, promover una reforma legislativa menos punitiva o incluso arbitrar medidas de gracia, si la realidad demostrara que los terroristas han cejado en sus propóJUAN MANUEL sitos, abandonado las armas y disuelto DE PRADA su organización criminal. En cambio, resulta escandaloso que la ley deje de aplicarse o se aplique blandamente para favorecer una negociación con terroristas que en modo alguno están dispuestos a renegar de sus métodos, mientras no se atiendan sus pretensiones. En su declaración de alto el fuego permanente los etarras dejaban bien claras sus pretensiones, inasumibles para el Estado, puesto que afectaban a su mismo régimen jurídico, tal como queda establecido en la Constitución. Por razones de puro cálculo político, el Gobierno decidió entrar en negociaciones con una banda de delincuentes confesos y relapsos. Amén de comprobar que no estaban dispuestos a ceder ni un ápice en sus pretensiones quiméricas, el Gobierno también pudo cerciorarse de que el llamado alto el fuego per- A manente era en realidad un sofisma, puesto que los etarras seguían aprovisionándose de armas, organizando comandos, etcétera. Luego se produjo el atentado en la nueva terminal del aeropuerto, que convertía el sofisma en un sangrante sarcasmo. Pero, por razones de puro cálculo político, el Gobierno se empecinó en el error: aunque declaró concluidas las negociaciones (pero con el tiempo llegaríamos a saber que tales negociaciones proseguían de tapadillo o matute) promovió una aplicación más benigna de la legislación en materia terrorista. Todos recordamos las palabras del fiscal general del Estado en las que hacía un llamamiento a los jueces para que adaptaran sus dictámenes a la nueva coyuntura; todos recordamos los remoloneos de Otegui ante los tribunales y la atenuación de su condena a De Juana y, ya por último, la estrafalaria y vergonzante medida salomónica que permitió a los batasunos concurrir a las elecciones recientes en cientos de municipios. Son episodios de ignominia jurídica difíciles de olvidar. El nuevo comunicado de la banda, en el que se declara el fin del llamado alto el fuego permanente sólo añade ribetes de recochineo al sangrante sarcasmo. Por razones de puro cálculo político, el Gobierno decide que De Juana vuelva a prisión: es una reacción pueril, como la del maestro zascandil que castiga a destiempo al niño díscolo, después de haberse dejado torear; es una actitud, sobre todo, que delata a las claras que durante los meses en que De Juana se ha beneficiado de una atenuación de la pena el Gobierno ha forzado una aplicación injusta de las leyes. Más difícil será subsanar otros desaguisados favorecidos durante un período en que el Derecho se ha declarado en tregua, como la vuelta de los batasunos a los órganos de gobierno municipales. Y tal tregua del Derecho en modo alguno ha sobrevenido acompañada de una realidad nueva: los terroristas nunca dejaron de exigir sus quimeras, inasumibles por el Estado; nunca dejaron de emplear métodos delictivos para su consecución. El Derecho, simplemente, se ha allanado ante las pretensiones de unos asesinos confesos y relapsos; el Derecho ha mirado para otra parte, mientras ellos insistían en sus fechorías. Por razones de puro cálculo político.