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62 AGENDA Necrológicas era la persona adecuada en el momento justo. Puso en valor la reforma fiscal por la que habían trabajado sin éxito él y algunos de sus maestros y colegas, con gobiernos anteriores. Aplicó el célebre Libro verde (así llamado porque iba encerrado en una tapas de ese color) de reforma fiscal. Y además dictó una panoplia de medidas liberalizadoras de la economía que no tenía precedentes (las contenidas en los Pactos de la Moncloa) Para ello reunió un equipo de economistas con distintas sensibilidades y convenció a la sociedad de que no eran tiempos para bromas, que la economía iba de mal en peor y que había que arrimar el hombro, contener la inflación, disciplinar el gasto, abrirse a la competencia y abordar la reforma de las instituciones para dar espacio al mercado. Lo importante fue que los ciudadanos le creyeron. Su voz de trueno, con indiscutible autoridad, hizo mella, creó estado de opinión y sentó las bases y preparó el libreto de lo que fueron, primero, los Pactos de la Moncloa y luego la Constitución de 1978. Don Enrique aguantó poco en la política, no era lo suyo, tomar decisiones entre una mala y otra peor, consensuar sensibilidades, no era lo que mejor VIERNES 8 s 6 s 2007 ABC Enrique Fuentes Quintana Economista Memoria del profesor Fuentes Lo importante fue que los ciudadanos le creyeron. Su voz de trueno, con indiscutible autoridad, hizo mella, creó estado de opinión y sentó las bases y preparó el libreto de lo que fueron, primero, los Pactos de la Moncloa y luego la Constitución de 1978 Enrique Fuentes Quintana Fernando González Urbaneja Ha sido el economista más influyente de su generación, el profesor Fuentes Quintana (don Enrique para los más cercanos) enseñó derecho fiscal y economía a casi medio centenar de promociones de economistas y también a la sociedad española, ya que su prédica, como la de los buenos economistas, llegó más allá de la cátedra. Es, sin duda, el economista español que ha protagonizado más iniciativas editoriales y ha dirigido y encauzado más revistas profesionales influyentes, desde Información Comercial Española a Hacienda Pública y Papeles de Economía Desde el ministerio de Comercio, el Instituto de Estudios Fiscales, el Banco de España, la Fundación de las Cajas y la Academia de Ciencias Morales y Políticas, Enrique Fuentes ha ejercicio un magisterio y una divulgación permanente de las doctrinas económicas. Si hubiera que elegir un minuto decisivo en la vida pública de don Enrique propondría su intervención en Televisión Española, allá por el verano de 1977, en horario de máxima audiencia, plano corto y solemne, a modo de lección magistral que no admite rectificación. Oficiaba en su condición de Vicepresidente segundo (de Economía) del primer gobierno democrático de Adolfo Suárez, a las pocas semanas de tomar posesión. Fuentes Quintana llegó a aquel decisivo gobierno por méritos propios. Había diagnosticado los males de la economía española y propuesto un programa para salir del hoyo. Así que Suárez, que bastantes problemas tenía con la política, confió al profesor el timón económico sin preguntas ni limitaciones, con intuición e inteligencia, para sembrar confianza. Y Fuentes Quintana, leal a su condición académica, se ocupó de lo que le encargaron. Estaba preparado para ello, hacía. Puestas en valor sus ideas en pocos meses, considero que había cumplido y se despidió del presidente Suárez al año de llenar el cargo. Instaló su despacho en el caserón de Hacienda, en lo que se llamaba el pabellón del ministro en el que habían vivido algunos de sus predecesores. Y se fue sin molestar, con el trabajo hecho, de vuelta a su cátedra, sus libros y sus artículos. El profesor Fuentes hizo buena aquella sugerencia de Keynes de que las ideas pueden influir en la política más que los intereses. En este caso fueron buenas ideas, las del valor de la estabilidad de precios, la ortodoxia fiscal y monetaria, el libre comercio y la preferencia por el mercado. Esta semana leí el prólogo de las Memorias de don José Larraz, que han preparado Juan Velarde y José Ángel Sánchez Asiaín, quienes consideraron que nada mejor para abrir el libro que las palabras de Fuentes en la Academia sobre uno de los grandes ministros de Hacienda de la historia de España, que en pocos meses, tras la terrible Guerra Civil, puso orden y dejó una impronta decisiva en la finanzas del Estado. Reitero, descanse en paz don Enrique, el profesor, el economista más influyente de su generación. Martha Holgado Imaginó ser la hija de Perón Holgado escribió libros y viajó por medio mundo tratando de demostrar que el ex presidente fue su padre biológico Carmen De Carlos. Buenos Aires Martha Holgado, la mujer que defendió hasta la muerte ser la hija del general Juan Domingo Perón, ha muerto a los 72 años. Tras quince de batalla judicial, con dos análisis de ADN que demostraron la falsa paternidad que reclamó, falleció por la mañana en Buenos Aires. A la hora de redactar esta noticia se desconocen las circunstancias del deceso. Su hijo, Horacio Wieszezuk, no atendía los teléfonos de la residencia familiar, de la céntrica Avenida Santa Fe, ni su móvil personal, según comprobó ABC. Radio Mitre fue la primera emisora en difundir la información y la versión digital del diario La Nación, confirmó posteriormente el suceso a través del servicio funerario encargado de las pompas fúnebres. Holgado escribió libros y viajó por medio mundo tratando de demostrar que el ex presidente fue su padre biológico. Su extraordinario parecido físico con Perón y la negativa de la viuda del general, María Estella Martínez, a exhumar los restos del difunto y realizar análisis genéticos, alimentó durante largo tiempo la idea de que la mujer decía la verdad. El pasado año, una orden judicial permitió la extracción de tres pequeñas muestras del húmero y otras tantas del fémur, del finado. Los resultados, en dos laboratorios distintos y de reconocida trayectoria, pusieron fin a la incerti- Martha Holgado, en una imagen tomada en Buenos Aires en octubre del año pasado EPA dumbre al demostrar que no existía parentesco alguno. Martha Holgado no aceptó las pruebas y se remitió a los análisis encargados por ella misma. Según su testimonio, las muestras recogidas se encontraban altamente formolizadas y, en consecuencia, eran inválidas. Incansable al desaliento, se aferró a esa tesis para seguir sosteniendo que su verdadera identidad era la de Lucia Perón. En su afán por demostrar la veracidad de sus dichos repudiaba a su verdadero padre, Eugenio Holgado, Catalán, una persona de una bondad y de una grandeza de espíritu poco común como le describía hace unos meses a ABC. La historia de una mentira, con vocación de hacer historia, fue desmontada, además, por un hermano de sangre que, a su vez, se sometió a exámenes de ADN. La conclusión de la doctora encargada de los estudios, Ana María Di Lonardo fue: Si ella es hija de Perón el general se mandó una picardía ya que ambos hermanos compartían el material genético. Es decir, en caso de que ella dijera la verdad, los dos habrían sido hijos de Perón. Se enamoraron en casa de los Martini. Fue un flechazo, según ellos confiaba a ABC, Martha Holgado, con una contundencia abrumadora. Se fueron a vivir juntos y mantuvieron durante dos años un amor clandestino garantizaba. Embarazada de ocho meses de Perón, Holgado- -como se referiría durante toda la entrevista a su padre- -fue a ver a mi mamá. La convenció de que volviera, de que no tenía futuro al lado de un militar casado (el general vivía con Evita) María Cecilia, su madre, según su relato, volvió y yo nací a los veinte días Fruto de una imaginación fabulosa, detallaba encuentros con el ex presidente en sus tiempos de estudiante y describía con minuciosidad los pasillos de la Casa Rosada por donde, supuestamente, caminaba de la mano de Perón. Denunció hasta la tumba una conspiración de la viuda de Perón y de sectores del movimiento peronista. Respaldada por su hijo Horacio, éste, cómplice de la farsa o con una memoria histórica inducida por su madre, recordaba anécdotas imposibles de su infancia junto a mi abuelo La frase preferida de Martha Holgado para justificar su batalla por una identidad que no era suya y una herencia de monto desconocido era: La sangre no es agua