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36 INTERNACIONAL MARTES 5 s 6 s 2007 ABC Los ocho aspirantes demócratas a luchar por la presidencia de los EE. UU. saludan antes de iniciarse su segundo debate, en la Universidad Saint Anselm, en New Hampshire POOL Los candidatos demócratas, cada vez más enfrentados por la guerra de Irak Hillary Clinton, arrinconada en el segundo debate por su visto bueno a la invasión, llegó a reconocer una mejora en la seguridad de EE. UU. desde el 11- S PEDRO RODRÍGUEZ. CORRESPONSAL WASHINGTON. Aunque falta más de medio año para que los votantes de New Hampshire empiecen a designar favoritos, los ochos aspirantes a la Casa Blanca del Partido Demócrata se han congregado en ese hiperpolitizado Estado de la Unión que hasta ahora ha venido gozando de un decisivo papel pionero dentro del proceso de primarias presidenciales. La ocasión: un segundo debate de presidenciables que ha servido para empezar a ilustrar diferencias y rivalidades. Además de dejar claro que, a estas alturas, las dos grandes cuestiones que dominan la conversación política en Estados Unidos son Irak y Hillary. Durante el foro organizado en la Universidad Saint Anselm, a las afueras de Manchester, los precandidatos arrinconaron su compartida imagen de familia feliz y unida contra Bush para empezar a antagonizar sobre cómo poner efectivamente un punto y final a la guerra de Irak. Con reproches de complacencia, oportunismo y falta de valentía política. Además de reiterados intentos de poner en la defensiva a Hillary Clinton sobre todo por su voto en el 2002 a favor del uso fuerza contra Sadam Husein. Una decisión que persigue a la senadora por Nueva York en su candidatura presidencial, pese a que encuestas nacionales le otorgan estatus de favorita seguida del afroamericano Barack Obama. El final de la sonriente unanimidad exhibida hasta ahora por los aspirantes demócratas fue impulsado por el ex senador John Edwards al cuestionar abiertamente la actuación de sus rivales durante el reciente debate parlamentario para autorizar más fondos bélicos. Según reprochó Edwards, Hillary Clinton y Barack Obama esperaron hasta el último momento posible para anunciar sus votos negativos y sin tomar la palabra para expresar su oposición. Una comodidad interesada que a juicio Edwads demuestra la diferencia entre liderar y seguir Barack Obama, a pesar de que no estaba en el Senado en el 2002 cuando hubo que pronunciarse sobre la resolución de uso de la fuerza contra Irak, insistió en su inmutable rechazo a esa guerra. Criticando a su rival sureño por haber llegado cuatros años y medio tarde a esta cuestión. Ya que Edwards, como senador de Carolina del Norte, sí que voto a favor del uso de la fuerza, decisión que después describió como el mayor error de su carrera política y por la que se disculpó. Ante este brete, Hillary Clinton- -entre una combinación de gélidas expresiones faciales y algunas risotadas muy poco agradables- -repitió su defensa de que fue engañada por la Administración Bush sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak. Se- gún la ex primera dama, ésta es la guerra de George Bush. Él es responsable por esta guerra. Él la empezó. Él la ha manejado mal. Él la ha escalado. Y él se niega a terminarla Recurriendo al estilo conciliador que tan bien funcionó en su momento a Bill Clinton, la senadora, que se permitió incluso reconocer una cierta mejora en la seguridad de EE. UU. desde el 11- S, exhortó a sus compañeros para que no se recreen en el pasado y se concentren en lo que les une: terminar con la guerra de Irak. Según Hillary: Las diferencias entre nosotros son menores. Las diferencias entre nosotros y los republicanos son enormes. Y no quiero que nadie se confunda ABC. es Información en Visiones del Mundo en abc. es pedrorodriguez Florentino Portero UNA ANÉCDOTA l fallido atentado contra el aeropuerto John F. Kennedy ha puesto sobre el tapete la cuestión de la seguridad interior en Estados Unidos. La Guerra de Afganistán desarticuló el mando central de Al Qaida, EL 11- S NO FUE E dando paso a una nueva etapa caracterizada por la emergencia de mandos regionales y de células autónomas. Pero esta dispersión no necesariamente implica pérdida de capacidad operativa. La sofisticación del intento felizmente frustrado pone de manifiesto tanto la ambición de producir un atentado de dimensiones extraordinarias como la disposición a emplear el tiempo y los medios necesarios para lograrlo. Un hecho así no podía quedar fuera del debate político. En el segundo encuentro de los candidatos demócratas, en esta ocasión en New Hampshire, tanto la Guerra de Irak como los logros del presidente Bush en materia de seguridad fueron objeto de debate. Lo único que quedó claro es que están en contra del Presidente y que quieren salir lo antes posible de Irak, pero no mucho más. Los que votaron en contra de la guerra, como Obama, quieren recoger los réditos de la inversión. Los que buscan el voto populista y radical, como Edwards, proclaman su arrepentimiento por el error cometido y enarbolan con pasión la bandera de la retirada. Quienes aspiran a lograr la Presidencia desde posiciones moderadas tratan por todos los medios de no aparecer como derrotistas, traidores a la sangre derramada e incapaces de mantener un pulso con quienes amenazan la seguridad nacional. La senadora Clinton continúa sin arrepentirse públicamente por haber votado a favor de la guerra y salió cual rayo en defensa del Presidente cuando se puso en duda la utilidad de las medidas aprobadas para proteger el país. La amenaza terrorista es tan real como que la retirada de Irak supondrá la victoria de Al Qaida. El 11- S no fue un hecho anecdótico, sino parte de un conflicto de grandes dimensiones que, guste o no, va a caracterizar como poco los primeros decenios del recién comenzado siglo y, desde luego, las elecciones norteamericanas.