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ABC LUNES 4 s 6 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA DIATRIBA CONTRA LOS PACTOS LGÚN mecanismo de la democracia se ha podrido cuando dirigentes que han perdido votos y escaños blasonan sin rubor de las cuotas de poder que piensan obtener en el mercado negro de los pactos postelectorales. Algo funciona mal en el sistema cuando los perdedores recuperan con creces en los despachos lo que les han quitado las urnas. Algún virus flota en la médula política del país cuando el reparto de poder institucional premia a los derrotados de modo inversamente proporcional a las dimensiones de su fracaso. La ley electoral vigente, queprimalarepresentaIGNACIO cióndelospartidos minoriCAMACHO tarios con la posibilidad de ejercer como bisagra de acuerdos, tenía sentido durante la Transición porque el recientealumbramiento deuna nueva etapa democrática requería la participación de todos y necesitaba otorgar facilidades al consenso. Pero hoy ya nadie duda de que ese espíritu de integración está sufriendo un grave abuso, un fraude masivo que desvirtúa su sentido y lo pone al servicio de una conspiración contra la voluntad popular, que consiste en quefuerzas políticas penalizadas por los ciudadanos obtienen mayor premio que las que salen victoriosas. Las minorías deben ser protegidas en el ámbito democrático, pero no puedeser justo deningunamanera que el que llega segundo o tercero en una carrera tenga más recompensa que el primero. Esta situación de flagrante injusticia no va a cambiar mientras la ley que la ampara permanezca como está. Los pactos de caballeros no rigen en una política cada vez más envilecida por los intereses de parte. Habrá acuerdos de despacho mientras el procedimiento los permita, y el único modo de impedirlos es cambiar el reglamento para establecer mayorías claras respaldadas por el voto de los ciudadanos. Es decir, la segunda vuelta que limpie de telarañas las urnas y otorgue a uno de los dos más votados en primera instancia el apoyo explícito del sufragio universal. La solución que propugna el PP que es permitir el gobierno de la lista más votada, no se va a abrir pasoporquejamás la consentirán los beneficiarios del actual sistema, y además es dudoso que beneficie la gobernabilidad. El ballotage, en cambio, clarifica el panorama, y aunque acabe con el mismo resultado que un acuerdo postelectoral tiene la ventaja indiscutible de situar a los ciudadanos como jueces de la contienda. Si ha de haber pactos o coaliciones, que los haya, pero delante de las urnas, no por detrás y a cencerrostapados, detalforma quenadiesepueda llamar a engaño ni a andana. Esto es predicar en el desierto, porque la política española es un sindicato de intereses cerrados en elquelos ciudadanos sólo sirven como comparsadedecisiones tomadas a sus espaldas. Pero nadie puede negar que el espectáculo de la venta de escaños degrada lademocraciaaunmercadoen elqueseespeculacon elvoto. Lacalidad delsistema democrático está en entredicho cuando los teóricos representantes de la soberanía popular temen el veredicto inapelable del sufragio y prefieren subvertirlomanoseándoloa conveniencia en una oscura timba de chalanes. A DEL GÉNERO TONTO I no hubiese asistido a la última convocatoria del Foro de ABC y escuchado con este par de orejas no demasiado obturadas por el cerumen que Dios me dio las palabras de Alberto Ruiz- Gallardón pensaría, a la vista de las reacciones desquiciadas que tales palabras han causado, que el alcalde de Madrid se hubiese postulado, en un alarde de arrogancia y deslealtad, para capitanear la facción opositora, desplazando a otros compañeros de partido, e incluso al mismo Rajoy. Como estuve allí, sé que nada de esto es cierto; y que la polvareda provocada por su ofrecimiento sólo responde al afán de ciertos sectores mediáticos- -paradójicamente no sólo los adversos, sino sobre todo los que se pretenden más próximos a la derecha- -por enturbiar el natural desenvolvimiento de la más estricta lógica política. Pues, ¿acaso existe algo más lógico que un alcalde electo de Madrid, que acaba de obtener en las urnas unos resultados apabullantes, arrime el hombro y se ofrezca a su jefe de filas para acompañarlo en el cartel de las próximas elecciones generales? ¿A quién debía ofrecerse si no Gallardón? ¿A la asociación de huérfanos ferroviaJUAN MANUEL rios? ¿Al gremio de talabarteros de AlDE PRADA gete? Si durante su intervención en el Foro de ABC Gallardón se hubiese proclamado dispuesto a defender el derecho a la propiedad, enseguida hubiese saltado como un resorte algún anormal aduciendo que lo que en realidad pretendía el alcalde de Madrid era convertirse en latifundista. Pero no debe extrañarnos que existan pescadores en río revuelto, sobre todo cuando intuyen que los días de redes llenas tocan a su fin; lo que ya se nos antoja aberrante es que los propios líderes de la facción opositora entren a discutir si Gallardón estuvo imprudente en su ofrecimiento, si la ambición le impidió medir sus palabras y no sé qué otras chuminadas. Se equivocó Rajoy cuando, inquirido acerca del ofrecimiento de Gallardón, empezó a galleguear. El ofrecimiento de Gallardón sólo puede inquietar a los mediocres que han halla- S do acomodo bajo las siglas de su partido, temerosos de que el alcalde de Madrid venga a quitarles el sitio. Si Rajoy no desea resultar sospechoso de connivencia con tales mediocres debería pronunciarse con naturalidad y desparpajo sobre dicho ofrecimiento y mostrarse encantado de la vida con que Gallardón se disponga a empeñar o invertir su crédito en una empresa de resultado incierto. Porque, hoy por hoy- -no nos engañemos- con los resultados cosechados en las recientes elecciones municipales y autonómicas, la facción opositora tiene perdidas las generales. Las tiene perdidas porque a los votos obtenidos por la facción gobernante deben sumarse los votos de los adláteres comunistas. Las tiene perdidas porque los nacionalistas de derechas siguen prefiriendo pactar con Zapatero, que les garantiza concesiones sin cuento con tal de seguir aferrado al poder como una lapa. En semejante tesitura, a Gallardón le resultaría mucho más provechoso dejar que Rajoy se pegase la costalada en las elecciones generales, esperar a que en el partido se produzca la consabida catarsis y aparecer entonces, incontaminado por el tufo de la derrota y con el aval de la sede olímpica en el bolsillo, como el mirlo blanco de una derecha necesitada de renovación. En lugar de aguardar maquiavélicamente esta coyuntura previsible, Gallardón se pone a disposición de su jefe de filas, uniendo su destino al destino incierto de su partido y exponiéndose a los venablos de la facción adversa, que desde el momento en que ocupe un escaño parlamentario podrá por fin caracterizarlo como un sicario de Rajoy y denigrarlo ante su electorado, labor que les dificultaba su condición de verso suelto o outsider de la derecha. Rajoy, en lugar de hacerse el tiquismiquis y el melindroso, debería aplaudir sin ambages la actitud paladina de Gallardón e incitar a otros miembros de su partido igualmente bendecidos por el éxito electoral a imitar su ejemplo, aunque para ello tengan que dimitir de los cargos que ahora acaban de conquistar. Los necesitará dando la cara en primera línea si desea ganar las elecciones generales. Pretender ganarlas flanqueado de tipos con cara de titadine y dinitritotolueno es del género tonto.