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ABC SÁBADO 2 s 6 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA FALTA DE COSTUMBRE SANTIAGO CASTELO LEVO doce años colaborando en este periódico Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! y jamás hasta el jueves pasado había incumplido el rito de peregrinar hasta el despacho de Santiago Castelo en una visita a la Casa de ABC. Y es que el jueves pasado acudí a la Casa de ABC, requerido por su presidenta, para fallar los premios periodísticos que anualmente concede nuestro periódico. Fue un gustoso honor formar parte del jurado que concedió por unanimidad el premio Luca de Tena a la persona que mejor encarna el espíritu de ABC: el amor a la palabra, la liberalidad sin reticencias ni cortapisas, la lealtad a unos valores indeclinables. Santiago Castelo se enroló en la redacción de ABC hace treinta y siete años ya, cuando aún vestía pantalón corto; y durante treinta y siete años ha servido con su pluma y su consejo a tres generaciones de la familia Luca de Tena, en un ejercicio de lealtad insomne que ahora obtiene su recompensa. Nunca olvidaré mi primera visita a la Casa de ABC. Yo era entonces un pipiolo de veinticuatro primaveras, embriagado por el perfume de tinta urgente que se respiraba en aquella catedral JUAN MANUEL de la literatura, incrédulo de que por DE PRADA fin se fuese a hacer realidad el sueño que había alimentado desde la infancia, el sueño de escribir en aquel periódico mitológico. Deambulaba yo, atolondrado y confuso, por la redacción, y de repente se me vino encima un hombre jocundo, con sotabarba de goliardo y vozarrón cálido, que me invitó a entrar en su despacho. Enseguida nos engolfamos en una conversación por la que desfilaron Pemán y González- Ruano, Azorín y Foxá, ángeles custodios de ABC que Santiago Castelo conocía y veneraba como nadie. Santiago Castelo estaba en mangas de camisa y movía las manos como un sátrapa bondadoso, para afianzarlas de vez en cuando en las sisas de su chaleco; tenía una barriga oronda, barriga de hombre cordial al que el corazón no le cabe en el pecho y desciende hasta allí, para hacer su nido. Era una tarde de verano y hacía mucho calor en el despa- L cho; en un momento de la conversación, mientras me recitaba un poema de Pemán, Santiago Castelo se alivió los sofocos con un abanico que enarbolaba con gran donaire masculino. Santiago Castelo tenía unos labios paganos, una sonrisa bendecida por la elocuencia, unos ademanes muníficos y hospitalarios, de gran señor y gran bohemio. Santiago Castelo era franco y hospitalario, catolicón y jocundo, monárquico hasta las cachas y poeta a tiempo completo. Santiago Castelo era ABC hecho cuerpo cierto, cuerpo de muchas arrobas y millonarios afectos. Desde aquel mismo día, Santiago Castelo me prohijó; y, desde aquel mismo día, lo tuve por mi padre putativo. Nos despedimos con uno de esos abrazos que sacuden las cámaras del alma, un abrazo brioso que me infundió el deseo de inmolar mi vocación en las páginas de ABC. Yo por entonces era un chaval flacucho, pero desde aquel mismo día empecé a engordar: siempre he sospechado que la gordura, que es pasión benéfica y bonancible, me la contagió Santiago Castelo en aquel abrazo. Hasta ese despacho he peregrinado desde entonces cientos de veces, como tantos otros colaboradores y redactores de ABC. En ese despacho he celebrado alegrías y llorado penas, he rabiado y he brincado de gozo. En ese despacho he susurrado confidencias y he mitigado mis desazones más secretas. Santiago Castelo es el último mohicano de un periodismo que aún antepone la literatura sobre cualquier otra cosa, ahora que el periodismo empieza a parecer una chatarrería de palabras oxidadas. Santiago Castelo es la supervivencia de un periodismo que mantiene viva la llama inextinguible de las mejores tradiciones, la llama humanísima de las pasiones plenas, preñadas como espigas en verano, la llama sagrada de la poesía. Santiago Castelo es, ante todo, poeta de la vida y de la palabra, sentimental, sensible y sensitivo como el verso de Rubén, una cornucopia de incesante vitalidad e incesantes lealtades. Santiago Castelo es ABC hecho carne y sangre y alma y bendita barriga. Y ABC, al honrarlo con el premio que lleva el apellido de la estirpe a la que Santiago Castelo ha servido durante tres generaciones, se ha premiado a sí mismo. ETUMBA ya en el seno de la propia izquierda la ausencia de Zapatero en el debatepolítico abierto traslas eleccionesdeldomingo. ParapetadodetrásdeTeresa dela Vega, el presidente ha vuelto a quedar preso del síndrome de parálisis ante la adversidad que le afectó de manera crítica a principios de año, tras el atentado de Barajas. En sus filas comienza a cundir la idea de que este hombre no sabe reaccionar ante los contratiempos, y en vano esperan los suyos una arenga, un discurso, unasoflamaquegalvanice los ánimos y marque, siquiera para los más IGNACIO adictos, el camino a seguir CAMACHO tras la evidencia de la derrota. Crisis de liderazgo, se llama la figura. Si no fuera porque la derecha tiene la propiedad de complicarse a sí misma la vida y ha convertido en un problema de rivalidades internas la palizaquenosha dadoen Madrid, ahora mismo los tendríamos a horcajadas sobre nuestros hombros y clavándonos espuelas en el costado me decía la otra tarde, en el Retiro, un dirigente socialista al que encontré buscando consuelo en la Feria del Libro. En un caso como éste, la gente se vuelve hacia el líder y clama: ilumínanos. Pero aquí no sale nadie, sólo Teresa a lidiar como puede a la defensiva. No hay segunda línea. Rubalcabaestáen sus cosas, LópezGarrido no da la talla, y el único que sale a escenaesBermejocon susversitos, aprovocarrechifla. EnMadrid vuelan loscuchillosdelante de todo el mundo. Y encima lo de De Juana: si le llegan a dar el alta hace una semana nos pegamos un batacazo de aquí te espero. Pero la sensación que se están llevando los votantes es que hemos sufrido una derrota y que no reaccionamos En realidad, no es una sensación: eso es exactamente lo que ha sucedido. Zapatero encaja mal los reveses, lo que compromete de manera seriasu credibilidad como gobernante. Sequeda alelado, autista, con la sonrisa postiza y el gesto congelado. Las visitas de Sarkozy y Condoleezza le han permitido hacerse un par de fotos para recordarle a la gente que sigue al mando del país, pero de puertas adentro está visiblemente tocado. Ha tirado a los leones a Sebastián para que se lo vayan comiendo, y rumia la estrategia navarra con la contrariedad del que sabe que sus deseos contradicen el sentido de la prudencia, que Rubalcaba le trata de soplar al oído. Bloqueado y espeso, ni siquiera ha encontrado el modo de dirigirse a los suyos para suministrarles una ración de su célebre optimismo histórico. Lo que ocurre es que mi amigo tiene razón: la oposición está desaprovechando, enredada en querellas y celos, una oportunidad para triturarlo un poco más. En su afán por no vender excesivo triunfalismo, Rajoy y su equipo pecan de falta de entusiasmo y están dejando disolverse las burbujas de la euforia. La gente que quiere un cambio desea rentabilizar la efervescencia del triunfo y no encuentra, salvo en Gallardón, la sana ambición deagrandar la victoria. Y lospartidarios del Gobierno tienen que lamerse solos las heridas. Curioso panorama en el que parece que unos se han desacostumbrado a perder y los otros sienten pereza de ganar. R