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26 ESPAÑA Primera visita del presidente de la República francesa VIERNES 1 s 6 s 2007 ABC César Alonso de los Ríos Del presidente al aliado Revestido Sarkozy de prudencia institucional, y Zapatero de un afán por agradarle que hubiera sorprendido a propios y extraños hace tan sólo un mes, el presidente del Gobierno español y el mandatario francés inauguraron sus relaciones conjuntas POR BLANCA TORQUEMADA MADRID. Por si fuera poca la polvareda que levantaba por sí sola la presencia en España de Nicolas Sarkozy después de investido presidente, las sobredosis informativas de ayer (alta hospitalaria de De Juana, batida en retirada de Miguel Sebastián) expendidas por el Gobierno de una sola tacada, desataron una expectación desaforada en la sala de prensa de Moncloa, que se quedó pequeña para periodistas, cámaras y fotógrafos, españoles y franceses a partes iguales. Al otro lado de los Pirineos no pierden ripio de los primeros pasos del mandatario, triunfante y ungido por el centro- derecha europeo (por el PP, singularmente) como modelo de referencia. Pese a los tiempos con los que se había jugado en la cocina del secretario de Estado de Comunicación, Fernando Moraleda, desde donde se anunció un probable retraso de media hora en la rueda de prensa conjunta, la férrea delegación francesa no estaba para bromas y la puntualidad se cumplió a rajatabla, para dejar un hueco holgado a la posterior entrevista con Mariano Rajoy. A las tres de la tarde, José Luis Rodríguez Zapatero había recibido a Sarkozy en la tradicional escalinata monclovita de las bienvenidas con un singular abrazo- beso que produjo un cierto desconcierto. Con él, el presidente del Gobierno quiso forzar desde el primer momento una sensación de cercanía que en ocasiones pareció impostada y que quizá hubiera sido más adecuada para su añorada Segolêne, pero la soñada cumbre paritaria no ha podido ser. Al arrancar la conferencia de prensa, hubo sonrisas y renovada insistencia de Zapatero en las palmaditas al presidente de la República Francesa, antes de subir ambos al estrado del gélido recinto. La ministra del Interior francesa, Michelle Alliot- Marie, llegó LA RECONQUISTA DEL ESTADO a España del PP se desangra por la periferia, y a la del PSOE le falla el corazón de Madrid. Es decir, las dos Españas sobre las que comenzó a teorizar en el siglo XIX el portugués Fidelino de Figueiredo, y sobre las que iban a continuar haciéndolo todos los que en el pensamiento político han sido, tienen ahora su concreción territorial. Una expresión geográfica. Esto era ya algo discernible para un espíritu desapasionado, pero los resultados de estas elecciones municipales lo han dejado más claro, e incluso esa realidad habría sido deslumbradora en el caso de que el día 27 se hubieran celebrado también las autonómicas vascas y catalanes. Así que hay dos Españas, no definibles por la transversalidad de las ideologías y aun menos por motivaciones de clase, sino por la horizontalidad que da la pertenencia a un territorio. Por supuesto, la adscripción anímica a ese territorio y, por tanto, la formación de las hegemonías políticas correspondientes tienen que ver definitivamente con la forma de entender la Historia, y en la más grave de las hipótesis con la fuerza de la tierra y de la sangre. Dicho esto, es obvio que la batalla que se plantea en estos momentos en Navarra tiene que ver con su adscripción a un territorio apodado Euskal Herría, y que Baleares se desgarra entre la vocación pancatalanista y la españolista que le viene desde Madrid. Por supuesto, la horizontalidad no agota las aspiraciones culturales e históricas, aunque sí que las convierte en la configuración de un imaginario colectivo, excitado y mantenido por los presupuestos, y cuando este falla o no proporciona el vigor necesario para mantener la lucha por la identidad histórica y territorial, se echa mano de las razones más elementales, esto es, de aquellas que vienen de la tierra, de la sangre y de la lengua. Hay un problema básico, previo a este reparto y consustancial a él: me refiero al funcionamiento de este conjunto de territorios a la competitividad entre ellos; a las posibilidades de cada uno de ellos y a su capacidad creativa... Por estas vías irá la recomposición de la nación española. La Reconquista del siglo XXI vendrá por esta vía. Favorable, por cierto, para territorios como el madrileño y el valenciano. L Nicolas Sarkozy saluda a Mariano Rajoy momentos antes de su reunión con Alfredo Pérez Rubalcaba (resignado a lidiar el morlaco De Juana, una vez que el presidente se escaqueó) y Moratinos departió sosegadamente con su colega Bernard Kouchner antes de acomodarse los cuatro en primera fila para escuchar las consignas de sus jefes Sarkozy demostró que ya se ha quitado el traje de ministro de orden público que aquí le conocíamos y usó el de presidente con soltura y energía bien embridadas. Vestía un discreto traje azul y corbata oscura del mismo tono, en tanto que Zapatero optó por una azulgrana. El presidente francés, que aún conserva una saludable tez bronceada después de esas minivacaciones en Malta que hicieron correr ríos de tinta en el país vecino, practicó la prudencia institucional en materia antiterrorista, aunque reiteró por enésima vez que él se pasa por el forro (no usó esas palabras, pero quedó bien claro) las apelaciones de ETA a Francia a cuenta de la territorialidad Así reforzó la inteligente convicción gala de que dar cuartelillo a determinadas reclamaciones desquiciadas es sinónimo de crear un problema mayor. En cuanto a Zapatero, además de sorprender con su recién adquirida flexibilidad argumental en lo que se refiere al Tratado de la Unión, prodigó su habitual gestualidad de karateka, aderezada esta vez con constantes halagos verbales al máximo mandatario de Francia, una vez consumada su enésima apuesta fallida en política internacional con la derrota de Royal. Tras la comparecencia ante la prensa, Sarkozy y su séquito cruzaron Madrid en tiempo ré- POOL cord para la entrevista con Mariano Rajoy en la residencia del embajador de Francia. Esa reunión, a la que asistió también el responsable del área internacional del PP Jorge Moragas, se prolongó durante tres cuartos de hora y hubiera durado más, según los populares, de no mediar en la agenda un viaje del líder de la oposición a Sitges, ya que Sarkozy, distendido, además de abordar las cuestiones candentes, pormenorizó a sus colaboradores cuándo arrancó su relación personal con Rajoy, en 2002, y sus posteriores encuentros en Biarritz, París y Madrid. Satisfacción en Génova Rodríguez Zapatero se esforzó desde el primer momento en dar impresión de cercanía y familiaridad con el mandatario francés, a base de palmaditas en el hombro y continuos halagos De esta forma se subrayó lo que en la calle Génova califican como formidable clima de amistad del que también fueron testigos los ministros franceses de Exteriores e Interior. Rajoy obsequió a Sarkozy con una Historia del Toreo de Bedoya, del siglo XIX, y con una foto del mitin que compartieron en Madrid el pasado mes de febrero. La corbata del dirigente popular resultó ser de tono idéntico a la de Zapatero. Color Moncloa, quizá.