Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
4 OPINIÓN VIERNES 1 s 6 s 2007 ABC DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA DIRECTOR GENERAL: JOSÉ LUIS ROMERO Área Financiera: Jorge Ortega Área de Márketing: Javier Caballero Área Técnica: José Cañizares Área de Recursos Humanos: Raquel Herrera DIRECTOR GENERAL DE DESARROLLO: EMILIO YBARRA PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO LUCA DE TENA Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Fernando R. Lafuente, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de Área: Jaime González (Opinión) J. L. Jaraba (España) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Juan Cierco (Cultura, Ciencia y Deportes) Mayte Alcaraz (Fin de Semana) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego y Ángel Collado Redactores jefes: V. A. Pérez (Continuidad) A. Martínez (Política) M. Erice (Internacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura y Espectáculos) J. M. Mata (Deportes) F. Álvarez (Comunicación- TV) A. Sotillo (S 6 y D 7) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) y S. Guijarro ATISBOS DE CRISIS EN ESQUERRA N NAUFRAGIO DEL SOCIALISMO MADRILEÑO A decisión de Miguel Sebastián de renunciar al acta de concejal y volver a la docencia universitaria demuestra que la derrota socialista en las elecciones locales del 27- M va a tener más recorrido que el que aparentaba el forzado consuelo del PSOE con cargo a los nuevos gobiernos municipales que habría ganado. La crisis provocada en el Partido Socialista de Madrid por la rotunda victoria de Ruiz- Gallardón en el ayuntamiento de la capital no es un hecho aislado, sino que se suma a problemas similares en la Comunidad Valenciana o en localidades muy emblemáticas del poder municipal socialista, como Alcobendas. La situación interna del PSOE se va agravando por días y revela que las organizaciones locales, tanto en Madrid como en Valencia, no han acatado las órdenes impartidas por Rodríguez Zapatero y José Blanco de aparcar las depuraciones hasta después de las elecciones generales. La autoridad de la dirección nacional del PSOE está cuestionada de forma clara por una militancia que siente que la derrota sufrida no tiene paliativos y de la que culpa, en última instancia, bien a la falta de conocimiento de sus máximos dirigentes sobre la realidad interna del propio partido, bien a la falta de respeto por la opinión de los militantes y dirigentes locales. A todo esto contribuye la desaparición en los últimos días de los ministros del Gobierno y de destacados dirigentes socialistas, como José Blanco, a quien ahora se le recuerda aquel anuncio de que en la próxima legislatura abandonaría el protagonismo que tiene en la actualidad. Es muy ilustrativo de cómo se encuentra el PSOE el hecho de que la primera derrota electoral haya descosido de tal manera las estructuras del partido en dos comunidades decisivas para cualquier aspiración de ganar las futuras elecciones generales. La facilidad con que han aflorado estas divergencias profundas con la dirección central y, en concreto, con Rodríguez Zapatero y José Blanco, revelan que hay un problema de fondo en la autoridad de su secretario general y presidente del Gobierno. En estas situaciones L de crisis es cuando se nota el peso específico de un político dentro de su partido. Mariano Rajoy no sufrió un conflicto de esta envergadura tras la derrota electoral del 14- M, a pesar de que todo su partido estaba orientado para gestionar cuatros años más de gobierno y no de dura oposición. El PP ha respondido con cohesión interna y coherencia ideológica, recogiendo los buenos resultados del 27- M. En cambio, el PSOE se resiente del sentido accidental que ha marcado el acceso de Rodríguez Zapatero a sus puestos de responsabilidad. Fue nombrado secretario general de su partido como un cortafuegos de los socialistas periféricos frente a José Bono. Y llegó a La Moncloa tras una legítima victoria electoral, pero imprevista y en un contexto trágico de conmoción general, con su buena dosis de manipulación de los sentimientos ciudadanos en la jornada de reflexión previa al 14 de marzo de 2004. Hay crisis en el PSOE, donde Zapatero empieza a perder pie, porque es un partido que no asimila bien la pérdida de poder y que gestiona con nervios las situaciones de incertidumbre. No sólo cabe recordar el lamentable episodio de la caída del candidato Josep Borrell, pese a ser elegido en primarias. Pascual Maragall, el primer presidente socialista de la Generalitat, no repitió como candidato a los tres años de ganar y acaba de renunciar a la presidencia del PSC. En Madrid, Rafael Simancas no será candidato en 2011 y su permanencia como secretario general de los socialistas madrileños aparenta ser un parche de corta duración. El abandono de Miguel Sebastián es la síntesis del fracaso personal de Rodríguez Zapatero en Madrid- -el segundo que sufre en la capital, después de la derrota en 2003 de Trinidad Jiménez- -y, por eso, las ondas expansivas de la insubordinación de las bases socialistas le afectan directamente, porque, en definitiva, Rodríguez Zapatero ya no es garantía de continuidad en el poder. Sin más aval que haber sido beneficiado por necesidades y acontecimientos ajenas, el presidente del Gobierno se enfrenta a una incipiente, pero nítida, pérdida de crédito en su propio partido. RENDIDOS ANTE RICE RODUCE hasta un poco de sonrojo contemplar los desesperados esfuerzos del Gobierno por hacer pasar la visita a España de la secretaria de Estado norteamericana como un signo de la normalización de las relaciones bilaterales, cuando ha sido el mismo Ejecutivo de Rodríguez Zapatero el responsable de haberlas devastado expresamente con la gestión de los aspectos más importantes de su política exterior. Nunca antes en la historia de la democracia en España había habido una legislatura tan embarazosa en materia de relaciones con EE. UU. -ni siquiera en los tiempos de la negociación sobre el cierre de las bases militares- -ni un Gobierno que pretendiese hacer creer que con una visita de unas horas a Madrid de la secretaria de Estado en el último año, las cosas volverán a ser como eran. Intentar convencer ahora a la opinión pública española de que la breve estancia en Madrid de Condoleezza Rice constituye un gran éxito es, sencillamente, irrisorio. Ni en términos estrictamente diplomáticos se puede considerar que nos encontramos ante una visita normal. La secretaria de Estado ni siquiera va a dormir en Madrid y entre el tiempo que le dedica a reunirse con el Rey- -que afortunadamente ha sido el mejor bálsamo transatlántico en estos últimos años- -y con Mariano Rajoy- -algo que no debería ser ignorado en los análisis que se hagan de la visi- P ta- -su contacto con el actual Gobierno es prácticamente superficial. Para ser un acontecimiento en el que el Ministerio de Asuntos Exteriores lleva trabajando denodadamente más de dos años, no puede decirse que el resultado se corresponda con el nivel de relaciones que se supone entre dos países como España y Estados Unidos. Si a ello se añaden los comentarios que ha hecho Rice criticando la política de España en el caso concreto de Cuba, el panorama resulta desolador para el Ejecutivo, que no tiene mas remedio que seguir extendiendo la alfombra para no desmentir sus propias expectativas. Lo peor es que, además, Rice tiene razón cuando se refiere a la incomprensible relación de este Gobierno con la dictadura cubana, que se percibe por los disidentes del interior de la isla como el que hubiera tenido un país que se dijera amigo de España pero hubiese preferido dialogar con el franquismo ignorando expresamente el contacto con los demócratas. Cuando se produzca la inevitable llegada de la libertad y la democracia a Cuba, el presidente Zapatero y su ministro de Asuntos Exteriores no deberían extrañarse de que las futuras autoridades de La Habana miren con más confianza hacia países cuyos gobiernos defienden ahora con energía la libertad, que hacia los que prefirieron hablar con sus carceleros en vez de ayudarles a ellos. O es de extrañar que algo se mueva en Esquerra Republicana de Cataluña. Huele a crisis profunda. Los pésimos resultados acumulados tanto en las pasadas elecciones autonómicas de noviembre de 2006 como en las municipales del domingo están pasando factura a la formación, aquejada de un liderazgo en declive, manejada por una dirección ineficaz cada vez más contestada por sus bases y con programas de gobierno caducos, insolidarios y revanchistas. En 2003, en pleno renacer del grotesco republicanismo diseñado por Carod- Rovira, Esquerra logró más de 544.000 votos y 23 escaños; el pasado 1 de noviembre, después de que el Estatuto hiciera añicos el tripartito y acabara con la carrera política de Pasqual Maragall, ERC obtuvo poco más de 416.000 votos. Es decir, perdió 128.000. Ahora ha ocurrido algo muy parecido: de 419.000 votos en las anteriores municipales ha pasado a 347.460, lo que le ha supuesto la pérdida de decenas de alcaldías y concejalías. ERC se está despeñando y es natural que dirigentes como Jordi Portabella, su candidato a la alcaldía de Barcelona, y quizás el dirigente que mejor encarna hoy el severo varapalo sufrido por este partido, se plantee una retirada táctica y rompa el tripartito municipal. No falta mucho tiempo para las elecciones generales y Esquerra asume que para seguir condicionando con sus extravagancias la política nacional necesita recuperar mucho terreno. El problema de fondo radica en la evidencia de que las bases de ERC no digieren la manera que tienen sus dirigentes de rentabilizar su política de pactos. Además, es evidente que hay una ruptura entre la clase dirigente de ERC y sus simpatizantes por una simple cuestión de principios: no debe resultar fácil convencer a este electorado tan radicalizado, independentista, republicano, de tintes cuasi- revolucionarios y tremendamente despreciativo con las instituciones y la Constitución con ademanes de líderes aburguesados e instalados en la comodidad del despacho y el coche oficial. Es lógico que a ERC le resulte más rentable difundir sus proclamas demagógicas desde la oposición que hacerlo con el bastón de mando. Sencillamente, porque cuando una formación basa toda su política en una entelequia, al llegar al poder se da de bruces con la realidad y deja de ser creíble. Su apariencia de coherencia se desmorona y su dirección termina por ser castigada. Y hoy, a la indudable pérdida de peso específico como proyecto político autónomo y al malestar de fondo entre una parte significativa de su electorado, ERC debe añadir otros dos riesgos determinantes para su futuro. Primero, el de ver su proyecto fagocitado por el PSC, un partido mucho más apegado al terreno y con más experiencia y disciplina en el manejo de sus bases. Segundo, el de la pugna por superar el liderazgo de Carod- Rovira ya que el teórico recambio natural, Joan Puigcercós, está llamado a ser discutido por sectores del partido muy irritados con la deriva actual. El aviso dado por Joan Carretero meses atrás fue una señal de lo que se cuece dentro de ERC, que probablemente- -y víctima de su propia desesperación- -dará un nuevo giro a su extremismo oportunista y de ocasión.