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ABC DOMINGO 27- -5- -2007 GENTE www. abc. es gente 105 Beyoncé Knowles, la chica del póster La cantante norteamericana deslumbra a sus fieles en Madrid, donde anoche presentó el faraónico espectáculo escenográfico que sirve de soporte a su repertorio de grandes éxitos POR JESÚS LILLO MADRID. Tienen el pantojismo de juzgado de instrucción y bata de cola, tan habitual en estas páginas, y, en general, el folclore patrio de naturaleza paramusical los días contados. Como en el fútbol de ataque, la globalización reduce espacios y permite poner a disposición del público, además de canciones en inglés, a una serie de artistas a las que gritarle a la cara aquello, tan exclusivo hasta no hace mucho de la galería de glorias nacionales, de guapa ole eres la más grande y, ya puestos, viva la madre que te parió A Beyoncé no le tiran claveles, sino fotos digitales, que es lo que la gente lleva a los conciertos para rozar a sus ídolos, pero la actitud no es muy distinta. La otra, como decía una vieja copla, es ahora Beyoncé. Con el público rendido, dispuesto a aplaudir incluso los aburridos tiempos muertos que llenaban la orquesta y el cuerpo de baile mientras la cantante norteamericana cambiaba cada tres canciones de vestuario, faldas muy cortas y bragas bien puestas, no tuvo que hacer Beyoncé demasiado esfuerzo para seducirlo, conquistarlo, tomarlo y, al final, con un largo guiño al Do I Do de Stevie Wonder, dejarlo tirado y sudado. La cantante no tuvo reparos en mostrar las cartas de inmediato y abrir su espectáculo con un apabullante Crazy In Love que, fundido con el Crazy de Gnarls Barkley, reventó el Palacio de los Deportes de ecos de finales de los años setenta, surtidor de secuencias musicales a la que se dirige en directo una artista que, quizá con complejo de personaje de vídeo- juego y de protagonista de las más sofisticadas superproducciones discográficas, evita los lugares comunes de la alta tecnología de estadio y reivindica una puesta en escena orgánica, con una banda de diez miembros- -todas mujeres- -que asume e interpreta un papel fundamental en la función. Suga Mama ponía en el parche del bombo de las dos baterías que sonaban al fondo. Sobreamplificada, la voz de Beyoncé, que tardó bastante en caldear su garganta y que, hasta entonces, abusó de la fuerza para suplir la ausencia de los matices que exige su repertorio, contrahecho en los estudios de grabación y las mesas de mezclas, no dejó mucho espacio a su banda, cuya actuación, muy en segundo plano durante toda la noche, estaba concebida como un elemento más del despliegue coreográfico en el que se apoya la artista. The Beyoncé Experience como la cantante presenta su espectáculo, es lo más alejado a un concierto que ha pasado, dejando a lado los cierres de campaña del PP y otras expresiones de ocio contemporáneo, por el Palacio de los Deportes de Madrid desde que ardió y lo reabrieron. Compuesta de cuadros aislados en los que la música no pasa de ser el hilo argumental de una sobresaliente mezcla de ritmos, baile, miradas ensayadas, iluminación, maquinaria escénica, pedrería, descaro de veinteañera y ajetreo, la función se resiente por su falta de ritmo. El aire lo pone el ventilador que mantiene milimétricamente despeinada a la estrella de la noche. Una a una, Beyoncé pasa las páginas de la revista ilustrada de sus grandes éxitos, que incluye un reportaje de Dreamgirls otro dedicada a su etapa como líder de Destiny s Child e incluso una sección de desamor en correcto castellano, pero la desconexión de cada número, teatralizado con elementos diferenciales, hace del concierto una mera exposición de carteles impresos con la imagen, desplegable, enorme, de una artista que anoche quiso ser, además de voz, carne y movimiento. En su género, muy femenino, estuvo sobresaliente. Beyoncé Knowles, anoche, durante su concierto en Madrid DE SAN BERNARDO