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40 INTERNACIONAL Tribuna abierta DOMINGO 27 s 5 s 2007 ABC Daniel Henninger Subdirector de la página editorial de The Wall Street Journal BAILANDO CON FANTASMAS N reciente viaje por España no fue lo bastante largo como para captar la profundidad de su política moderna, pero pude tomar el pulso político de la nación. Me recordaba mucho a lo que ha estado ocurriendo en Estados Unidos. Dejando a un lado los pormenores de la política de un país, que las tertulias políticas en Madrid, Barcelona y Sevilla te recuerden constantemente las de Washington, Nueva York o San Francisco seguramente querrá decir algo. España va viento en popa. Impulsada por las políticas favorables al mercado del anterior Gobierno conservador de José María Aznar- -políticas que sus sucesores, los socialistas capitaneados por el presidente José Luis Rodríguez Zapatero, no han erosionado significativamente- la economía del país es en su conjuntopujante. Como sucede en Estados Unidos, el horizonte de Madrid y Barcelona está plagado de grúas que erigen nuevos pisos y oficinas comerciales. Un taxista que sortea las calles imposiblemente estrechas de la lánguida Sevilla comenta: Sí, la economía es fuerte, pero después de dos años la incomodidad de todas estas obras de construcción acaba cansando Bienvenido a cualquier barrio antaño tranquilo de Nueva York. Por tanto, a medida que España se encamina hacia el vigésimo primer siglo de un largo periplo por la historia, la vida va bien en la nación que descubrió América hace apenas quinientos años. Pero no se les ocurra pedir a los españoles que hablen de su política. Son un pueblo locuaz. Les preguntarán si han visto la gran exposición de Tintoretto en el Museo del Prado. Les expondrán en detalle el dominio de Rafael Nadal en tierra batida. Les explicarán las fuerzas económicas que hay detrás de los bloques de recintos comerciales que bordean la Diagonal de Barcelona. Pero, ¿hablar de política? En general, los españoles a los que conocí preferían no hacerlo. ás o menos ésta es la respuesta que daba un caballero de centro- derecha a una pregunta sobre la situación actual de la política española durante una cena en un ruidoso y moderno restaurante madrileño: Sí, bueno, el Gobierno de Zapatero Pausa. Es penoso, bastante penoso Otra pausa. La verdad es que no es algo de lo que apetezca hablar El resto de mis hasta ese momento locuaces compañeros de cena U De momento, los españoles se las apañan bastante bien para esquivar las trampas y las tensiones generadas por la voluntad de Zapatero de bailar con los fantasmas de esos años espantosos. Pero hasta un extranjero nota una palpable preocupación asentían entre dientes. Hablemos de otra cosa. Cómo se parece a Nueva York, donde a estas alturas de nuestra política, demócratas y republicanos coexisten hasta tal punto que coinciden en no hablar de George Bush, de Irak, de Paul Wolfowitz o de nada más trascendental que los famosos de la política presidencial. Hay muchas cosas que a Estados Unidos le vendría bien aprender de España: sus buenos modales, una inagotable disposición a ayudar a un viajero confundido o la orgullosa limpieza de sus ciudades. Pero la política española es una historia con moraleja para una cultura política estadounidense cada vez más exaltada, que parece creer que no se pagará ningún precio por la incesante satanización de los adversarios de uno. espantosos. Pero hasta un extranjero nota una palpable preocupación, porque la posibilidad de que las volátiles emociones que siempre fluyen bajo la superficie de la política española desbaraten lo que se ha logrado en los últimos treinta años. o que quiero dar a entender es que, a fuerza de tanto hablar y pelear, la política estadounidense actual se dirige hacia un punto muerto similar. ¿Cómo se ha llegado a esto? Ya se ha afirmado en esta columna que el origen de nuestra polarización de tinte europeo puede hallarse en la contienda legal de Florida al final de la campaña presidencial entre Bush y Gore, en 2000. Aquello fue una mini guerra civil. Con el voto popular dividido a partes iguales, nos pasamos semanas envueltos en una enconada batalla tragicómica por unos votos impugnados en algunos condados de Florida. El sistema político estadounidense, flexible y complaciente por tradición histórica, fue incapaz de parar a los abogados y obligó a nueve jueces no electos a solucionarlo. Y así lo hicieron, con un reparto de cinco a cuatro. Mirándolo retrospectivamente, una minoría del Tribunal Supremo con más criterio habría visto el peligro de esa votación (como hizo Nixon en 1960) y habría dado un carácter unánime al inevitable resultado para evitar recriminaciones. Lo suyo habría sido un pacto, pero en cambio hubo recriminaciones. Desde ese día, la política estadounidense ha sido una batalla campal, librada principalmente por los demócratas contra la presidencia republicana ilegítima Algunos demócratas podrían decir que los orígenes de esta polarización se remontan al proceso de destitu- L P rincipalmente, lo que muchos españoles prefieren no debatir es la determinación del presidente socialista Zapatero a achacar oficialmente la responsabilidad por la Guerra Civil española a los partidarios del general Francisco Franco. En ese conflicto perdieron la vida alrededor de medio millón de personas. Tras la muerte de Franco en 1975, prácticamente todos los partidos políticos estaban decididos a transformar España en una democracia, y lo consiguieron con una nueva Constitución en 1978. Sin embargo, fue igual de importante el pacto social informal para enterrar la amargura política de la guerra civil, lo cual no ha sido fácil para el pueblo español. De momento, los españoles se las apañan bastante bien para esquivar las trampas y las tensiones generadas por la voluntad de Zapatero de bailar con los fantasmas de esos años ción de Bill Clinton, en 1998. Después de eso, la meta fue la venganza. El salir derrotados como lo hicieron los demócratas en 2000 fue, y sigue siendo, insoportable (como probablemente lo habría sido para los republicanos de haber perdido por cinco a cuatro) La política es por naturaleza una cuestión de rivalidad polarizada. Las ideas contrarias deben pugnar por el apoyo de los ciudadanos. Sin embargo, si suprimimos cualquier posibilidad de contacto o intersección, la política queda reducida a una mera palabra que convierte el distanciamiento nacional en un eufemismo. En la práctica, eso es lo que tenemos ahora. Todas las pruebas, de la A a la Z, apuntan a la guerra en Irak, una gran empresa militar que Estados Unidos ha lanzado, tras la resolución de 2002, con escaso o ningún respaldo de uno de los dos partidos políticos del país. Cuando un senador demócrata persistió en su apoyo, no se le permitió discrepar, como es normal en nuestra política, sino que fue condenado al ostracismo. Pueden definir esta oposición a muerte como principio pero tampoco es característica de nuestra política. s tentador conformarse con una política cuyos objetivos no vayan más allá de destruir la carrera de las figuras del partido de la oposición. Pero el destino del proyecto de ley de inmigración- -un intento por resolver un problema real- -pone de manifiesto los costes de un sistema en una situación de antagonismo permanente. La izquierda prefiere que no se resuelva el tema de la inmigración para tenerla siempre en su programa electoral. La derecha, más rebuscada, insistió en que hiciéramos algo respecto a la inmigración ilegal, y luego anunció esta semana que no permitirá que nada pueda considerarse una solución. Un cínico podría afirmar, plausiblemente, que mientras la Reserva Federal y el Banco Central Europeo no administren mal el dólar o el euro, las economías integradas del mundo crecerán y, con el tiempo, reducirán la clase política a una diversión, como la lucha libre profesional. Puede que Europa salga adelante en estas condiciones, pero una política estadounidense ofuscada por agravios para los que no existe consuelo erosionará a la larga el papel de Estados Unidos en el mundo. Claro que, para algunos de los actuales contendientes, ésa podría ser también la idea. The Wall Street Journal 2007 Dow Jones Company Inc. E M