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ABC SÁBADO 26 s 5 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA CONTRA LA HISTORIA A la izquierda no le gusta la historia porque nos acerca y hasta nos induce a comprender acontecimientos pretéritos en que, con frecuencia, se entreveran buenos y malos, dificultando la adjudicación de premios y castigos y- -lo que es peor- -obligándonos a pensar. Por eso prefiere la memoria histórica una historia para andar por casa, moldeable a su conveniencia y capricho... RAS el asesinato de Kurt Eisner (21 febrero 1919) primer ministro de Baviera, el socialdemócrata Johannes Hoffmann formó un gabinete de coalición que, incapaz de restaurar el orden, terminó huyendo a Bamberg mientras en Múnich se proclamaba una República de Consejos presidida por un poeta anarquista de veinticinco años, Ernst Toller. En la efímera andadura de su gobierno tuvieron tiempo de anunciar la emisión de moneda gratuita para extirpar el capitalismo y de declarar la guerra a Württemberg y a Suiza (Antonete Gálvez no es una exclusiva cartagenera) pero una de sus medidas más prodigiosas fue abolir en la Universidad de Múnich las enseñanzas de historia por considerarse contraria a la civilización Desplazado Toller por los bolcheviques, la mascarada acabó muy malamente, primero con el Terror Rojo, nada metafórico, que se aplicó al fusilamiento de gentes de derechas y, después, con la toma de la ciudad por los paramilitares Freikorps que liquidaron aquel tiovivo. A la izquierda no le gusta la historia porque nos acerca y hasta nos induce a comprender acontecimientos pretéritos en que, con frecuencia, se entreveran buenos y malos, dificultando la adjudicación de premios y castigos y- -lo que es peor- -obligándonos a pensar. Por eso prefiere la memoria histórica una historia para andar por casa, moldeable a su conveniencia y capricho. La pretensión de establecer un parque temático de la Guerra Civil, o la de convertir en monumento las tapias del cementerio madrileño (por los rojos fusilados ante ellas, con olvido de los asesinados durante los tres años anteriores) corre pareja a las demagógicas explosiones indigenistas de un Chávez o un Morales, entonando por enésima vez la cantaleta del genocidio hispano- católico contra los indios de aquel continente. Fidel Castro- -que también prueba suerte en esa sinfonía- -suele ser más comedido y no abusa de semejante tecla: tener un padre de Lugo pesa mucho, si lo sabré yo. Es coherente que los sucesivos gobiernos socialistas en España, más sus metástasis autonómicas, hayan reducido a mucho menos de la mínima expresión las enseñanzas de historia. n los últimos días, el boicot, incluso mediante la violencia física, ejercido contra Robert Faurisson y David Irving se asemeja demasiado a otras acciones similares desarrolladas contra Jon Juaristi, Gotzone Mora o F. Savater- -por no prolongar la lista- -en la Universidad de Barcelona o en instituciones de Vascongadas, como para que no establezcamos el paralelismo de inmediato. Se trata de impedir hablar por la vía directa de prohibir, procesar, encarcelar; o por la indirecta de cortarles el acceso a locales, editoriales, periódicos, ferias del libro, medios de comunicación en general. Muy en serio deben tomarse su trabajo los afectados cuando perseveran ante tal campaña persecutoria, general y mantenida. Si no son profetas de una religión, cosa improbable, reconozcamos que, al menos, su empeño les reporta una vida tan ingrata como incómoda. No conozco toda la bibliografía de Irving, pero sí he leído dos de sus libros (me pregunto cuántos de sus detractores han leído uno) y no me parece que haga apología ninguna T del nazismo y menos aun que se pronuncie favorable a su regreso, eventualidad quimérica hoy en día. Por fortuna. Más bien emite frecuentes y durísimos juicios acerca de ese movimiento y de sus jerarcas, basándose en hechos documentados, por él mismo o por otros. Especialmente mal parados- -como es lógico- -salen Hitler, Himmler, Goebbels, Bormann o Goering, si bien es cierto que plantea dudas sobre algunos puntos muy concretos, puntos cruciales en la persecución antijudía, que no niega ni edulcora, empeño por lo demás baldío. n nuestra opinión, la respuesta que merecen sus interrogantes es presentar las pruebas, no encarcelarle. Quien tal hace, por lo pronto muestra un espíritu vengativo, después de tantos años, contra alguien que no intervino en los acontecimientos y a quien inviste como propagandista y epígono de los nazis, aunque no lo sea; pero tal vez trasluce, también, una debilidad grave y falta de convicción en sus argumentos, si teme que uno a quien se descalifica como poco serio acientífico etc. puede llegar a ponerlos en jaque. Decir esto no es defender a Irving- -con quien no tengo relación alguna- ni siquiera su derecho a expresarse. Estoy defendiendo el mío, el de todos nosotros, por ejemplo cuando afirmo el derecho de Israel a existir. Mientras no haya incitaciones claras a la violencia, o apología directa de la misma, no es aceptable que las partidas de la porra- -de un color o de su contrario- -acudan a reventar conferencias, a cerrar el paso a edificios y a amordazar, en suma, a quien tiene algo que decir. La asistencia es libre y si no gustan un autor y sus parlamentos, lo mejor es ignorarle. Y luego está el mundo académico. Conocemos demasiado bien la propensión de los mandarines (y mandarinas) de la cultura, seguidos de su inagotable coro, a proclamarse depositarios en exclusiva del adjetivo científico como para dejarnos impresionar por una turba de profesores que en nombre de la liber- E tad y la Humanidad impide abrir la boca al oponente. Cualquiera que disienta- -y en cualquier grado- -de la verdad oficial admitida en un momento dado, es arrojado a las tinieblas exteriores por acientífico Recordamos que las verdades oficiales cambian con el transcurso del tiempo y que la Historia no es una ciencia exacta, como todo cuanto entra en el cesto de las Humanidades. Conformémonos, pues, con que sea una aproximación lo más objetiva y desapasionada posible a los sucesos del pasado y a su comprensión. Extraer moralejas y pautas de conducta para el porvenir parece una pretensión excesiva, en exceso lastrada de subjetivismo e intereses concretos del presente. A un profano en la materia como el abajo firmante, las referencias documentales que ofrece Irving se le hacen aceptables, como poco, e insisto en que muchas de ellas van encaminadas a sustentar críticas crudas contra los dirigentes nazis, pero también sobre el Duque de Windsor, lord Hamilton y el mismo Churchill, cuyos hagiógrafos han petrificado el reloj de la historia en la repetición de algunas frases heroicas, ignorando todo lo anterior, incluidos elogios a Hitler, así como hechos de mucho bulto, por ejemplo, que la guerra la declaró Chamberlain, harto de engaños, o todos los dobles y triples juegos que las potencias aliadas jugaban entre sí. Nada de esto se le perdona a Irving. ¿Inventa la documentación, la trocea, interpola, etcétera? No lo sé, carezco de tiempo y ganas de dedicarlo a eso, pero si algo me ha enseñado el oficio a lo largo de los años es a distinguir cuándo un trabajo está bien argumentado y documentado y cuándo no, pero también sabemos que los conflictos están superados cuando se puede hablar de ellos sin cortapisas y la interdicción sólo corrobora que el nazismo no está superado. tras veces lo hemos dicho: el nazismo y su recuerdo son un absceso en el corazón de Europa que nos hemos negado a curar, limitándose quienes tenían poder para ello a taparlo, a sofocar sus manifestaciones externas y a reducir a bochornosas escapatorias el análisis y discusión de un mundo al que sólo quieren ver en blanco y negro, limitándolo al carácter diabólico de una ideología, o a la no menos satánica naturaleza de ésta o aquella figura. Por desgracia, eran personas, bastante normales en general, que en una determinada circunstancia- -a la cual ellos habían contribuido, desde luego- -fueron capaces de ordenar y protagonizar crímenes horrendos. Ese es el problema de fondo que no se quiere admitir. A la progresía oficial alemana- -la capitaneada valerosamente por el Günther Grass ex miembro de las Waffen- SS: me gustaría verlos en aquel momento histórico- -encrespó que en la película Der Untergang Hitler aparezca como cariñoso con niños y perros y aficionado a los dulces. ¿Y qué? Eso no aminora un ápice sus responsabilidades y no se le condena por tales entretenimientos, pero los gurús de nuestra cultura no pueden digerir ni por pienso que el personaje quizás, tal vez, quién sabe, a lo mejor es más cercano a nosotros de lo que imaginamos. Un horror. O E SERAFÍN FANJUL Catedrático de la UAM