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ABC VIERNES 25 s 5 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL MUÑECO UANDO a los socialistas se les atranca la campaña y ven asomar los fantasmas de la abstención y el desencanto, acaso acompañando al de la derrota, sacan de paseo el muñeco de Aznar y lo forran a pedradas como si fuese un monigote de barraca. Qué fijación, madre mía; es como un reflejo pauloviano. Columbran de reojo el bigote y se ponen cachondos: ya está aquí el pim- pam- pum, se acabaron nuestras penas. Hasta borracho le ha llamado el ministro de Justicia. Lo ven aparecer y se sienten aliviados, con una cosquilla que les corre por el cuerpo y les despereza el agobio de la crecida de los batasunos, el toma y daca con ETA o las vilezas de doble filo de Miguel SeIGNACIO bastián. Es su espantajo faCAMACHO vorito: un fetiche al que acudir (y sacudir) cuando vienen mal dadas. Les da igual que lleve tres años fuera del poder; no hay nada que estimule mejor nuestra conciencia cainita que un espectro del pasado a medio enterrar. Dicho lo cual, procede constatar que el susodicho tiene la propiedad de hacerse presente del modo menos oportuno en tiempo y, sobre todo, en forma. El mejor gobernante de la democracia vive preso del síndrome apesadumbrado de su reconversión en hombre normal. En su afán por sentirse suelto de cuerpo y libre de responsabilidades, olvida que no puede comportarse como un ciudadano corriente, por la sencilla razón de que no lo es. Y cuando habla parece siempre cabreado, como si tuviese cuentas pendientes de ajustar, con un tono destemplado, desabrido y pendenciero que provoca sudores fríos en los estrategas de la campaña a la que pretende ayudar. Se dirige a los ciudadanos como si les estuviese echando una bronca, que es exactamente el método menos aconsejable de pedir su apoyo. Por decirlo suavemente, Aznar mide mal sus palabras. Las elige con poco cuidado y suelta exagerados exabruptos y enormidades fáciles de manipular- -incluso por los que las han dicho antes- -que entierran la razonable letra pequeña de sus discursos. Se supone que cuando irrumpe en público es para echar una mano a sus compañeros, pero lo que consigue es facilitarle el trabajo a sus adversarios, que se ven descargados de la dificultad de defender sus carencias en el crítico momento en el que más resaltan. Por eso Rajoy ha procurado no coincidir con su presunto benefactor en la campaña; bastante tiene con protegerse de la polvareda que le levanta. Y los verdaderos candidatos se echan a temblar cada vez que el ex presidente truena a su gusto y manera; a alguno le he escuchado preguntarse si Aznar se habrá parado a reflexionar que son ellos los que se presentan a las elecciones. A este hombre no se le puede condenar, naturalmente, al silencio. Ni a él ni a nadie; lo que sí cabría pedirle es un poco de la prudencia que en muchas etapas de su gobernancia supo manejar con tino para crear una mayoría social. Cuando la olvidó fue un desastre. Y ahora que no tiene más obligaciones que las morales, debería conducir su libertad con una cierta cordura estratégica. Sin acritud, como decía otro que tampoco aprendió nunca a callarse... con todo lo que tenía que callar. C EN FIN LOS SIN PARTIDO E S menos malo agitarse en la duda que descansar en el error. Mi registro no guarda memoria del autor de la frase, pero da igual; lo que importa es la vigencia de la reflexión. Sobre todo en vísperas de la jornada de lo mismo. En España, los partidos descansan bastante y se agitan poco. Se mueven perezosamente a golpe de certezas, de esas que uno puede obtener en el espejo de la madrastra de Blancanieves; y se resisten a dudar de ellos mismos, por si llegan a conclusiones menos complacientes. Está en la naturaleza de lo que hoy llamamos partidos, de esas organizaciones endogámicas cuyas cúpulas, como denunciaba Popper al final de su vida, se han convertido en la clave del arco de la paulatina degeneración del sistema representativo. En la línea de meta de una nueva campaña electoral, apenas dos acontecimientos merecen reseña aparte: el primero, que Batasuna y sus franquicias han celebrado con una exhibición de matonismo tabernario, como era de esperar, la generosidad de la Fiscalía Gobierno y su segura vuelta a las instituciones; y segundo, que las encuestas apenas se han movido, algo que tampoco es ninguna sorEDUARDO presa. Sobre el primero de los asuntos, SAN MARTÍN me sumo a las palabras de quienes han escrito en este mismo periódico desde su experiencia de víctimas de los pogromos nacionalistas. En cuanto al segundo, dejo en el papel algunas de las preguntas que, creo yo, deberían hacerse los partidos en estas horas, también de reflexión para ellos, si se decidieran a romper el espejito que les devuelve la imagen de su propia complacencia. En el PP tendría que interrogarse, por ejemplo, cómo es posible que en los últimos meses no hayan distanciado al PSOE en los sondeos si su análisis sobre la infausta gestión del Gobierno en asuntos como la organización del Estado o la política antiterrorista concuerda con la realidad, y millones de ciudadanos así lo creen. ¿Qué inhibe aún a muchos españoles desafectos con el Gobierno a dar su voto a la oposición? Es cierto, como es- cribía Martínez Gorriarán en su Tercera del miércoles, que la sociedad española no brilla por su alto nivel de exigencia democrática o por su conciencia ciudadana Pero esa insuficiencia no lo explica todo. La respuesta cabal, lo saben Rajoy y sus gentes, habrá que buscarla dentro del propio partido. Los dirigentes del PSOE deberían preguntarse, a su vez, cómo a estas alturas pueden estar empatados con una oposición que no ha sabido aceptar su derrota electoral que ha perdido más de un año enredando (o dejándose enredar) con el 11- M, que difunde el pesimismo por toda España y que, en el argumentario de una cierta izquierda española, sólo puede considerarse democrática en un sentido figurado del término. Sobre todo, si el Gobierno no tiene nada de qué arrepentirse, está tan seguro de haber ampliado los derechos de los españoles, abomina de la guerra para dialogar con las civilizaciones y presenta una impecable hoja de servicios en el terreno de la economía. Cualquier otro Gobierno, en esas circunstancias, habría dejado en la cuneta a sus opositores hace tiempo. La explicación más tentadora es hablar de manipulación de sentimientos, sobre todo en el asunto de ETA. Pero eso significaría considerar estúpidos a los ciudadanos españoles; los mismos que, sin embargo, habrían votado con absoluta libertad el 14 de marzo de 2004. Si entonces se habrían resisitido a cualquier manipulación, ¿por qué ahora no? Esos mismos ciudadanos merecen otra respuesta. Hay, finalmente, una pregunta que deberían formularse ambos a propósito de la plataforma política impulsada por un grupo de intelectuales y antiguos cargos socialistas. Se trata de la primera vez que la disidencia de la izquierda crítica española llega al extremo de abjurar del voto a su partido de referencia. Pero no hasta el punto de otorgar su confianza a la única alternativa posible al PSOE. Con independencia de la suerte que pueda correr el partido que propugna el grupo de Savater, la interpelación a los dos partidos mayoritarios que se desprende de tal iniciativa es compartida por cientos de miles de ciudadanos. Muchos de ellos se quedarán este domingo en casa a la espera de opciones mejores.