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ABC LUNES 21 s 5 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA PEQUEÑAS DIFERENCIAS N Madrid, bajo gobierno del PP la admi, nistración autonómica ha construido en los últimos cuatro años cien nuevos kilómetros de la red de Metro. Las tuneladoras Tizona y Dulcinea han excavado las entrañas de la tierra como topos gigantes, prodigios de la ingeniería que han devorado el subsuelo a contrarreloj con una eficacia superlativa. En Sevilla, con alcalde del PSOE y gobierno regional socialista, los proyectos van algo más despacio, la morfología delterreno es máscompleja o los centímetros del Metro son más cortos: apenas cuatro kilómetros a medio construir en el mismo IGNACIO plazo, y las obras paradas CAMACHO trasvarias averías deunatuneladora experimental que debe tener los dientes algo mellados. En superficie, Madrid ha completado y mejorado sus redes de autobuses, mientras Sevilla, con unadelasmedias de velocidad más bajas de España, ha construido un carísimo tranvía de un kilómetro y medio que no va a ninguna parte, entre otras cosas porque alguien ha tomado mal las medidas, y los trenes no entran correctamente en el diseño de las vías. Las infraestructuras viarias de la capital de España han experimentado un salto gigantesco, emprendido en tiempo récord por un alcalde visionario que ha soterrado casi todo el anillo de circunvalación y construido los túneles más largos de Europa, sobre los que podrán crecer nuevos parques y espacios de equipamiento urbano. En Sevilla, el proyecto de segunda ronda permanece estancado, las conexiones del área metropolitana provocan diariamente atascos gigantescos y la ciudad ha perdido gran parte de su masa arbórea en los enclaves del centro histórico. Eso sí, los ciclistas hispalenses disfrutan de un excelente carril- bici que ha colapsado aún más el tránsito automovilístico en la ronda del casco antiguo. Los ciudadanos del área madrileña cuentan hoy con ocho nuevos hospitales públicos que no existían al comienzo de este mandato. Los del territorio metropolitano de Sevilla tienen dos... construidos por la iniciativaprivada, mientras un magnífico Hospital Militar cedido por el Ministerio de Defensa está pendiente de reconvertirse en un simple centro asistencial de barriada. A cambio de todo ello, los contribuyentes madrileños están exentos del pago de impuestos por herencias y donaciones, y el año queviene pagarán un punto menos de IRPF gracias a que la recaudación fiscal ha aumentado un diez por ciento en el ámbito autonómico debido alincrementodelaactividad económica. En Sevilla, el estancamiento industrial continúa siendo su rasgo socioeconómico más palmario, mientras el prometido polígono aeronáutico no acaba de arrancar entre graves dificultades de gestión del suelo. He aquí, sin embargo, la conclusión política que los ciudadanos de uno y otro lugar infieren de la gestión de sus asuntos cotidianos, a tenor de las encuestas publicadas este fin de semana: mientras en Madrid los actuales gobiernos de la Comunidad y el Ayuntamiento arrasan con sendas mayorías absolutas, en Sevilla se perfila una nueva victoria de la actual coalición entre el PSOE e Izquierda Unida. Ésta es la gran virtud dela democracia: permite atodoel mundo expresar la satisfacción con lo que tiene. E TENEMOS LO QUE MERECEMOS UANDO hace una semana ABC desvelaba que emisarios del Gobierno español se habían reunido con etarras en una capital europea para pactar el procedimiento que los batasunos habrían de seguir para concurrir en las elecciones municipales me quedé escalofriado. Aquello era demasiado fuerte, demasiado obsceno, incluso para los estómagos más estragados. Pensé que si la información resultaba falsa mi periódico tendría que enfrentarse a un baldón que dejaría maltrecho su crédito; imaginé al presidente del Gobierno o al ministro de Interior convocando una rueda de prensa para desmentir solemnemente unas revelaciones que comprometían el honor del Estado. También pensé que, si la información resultaba cierta, la anestesiada sociedad española se removería en su letargo, asqueada ante la magnitud de la traición. Porque lo que ABC denunciaba en aquella noticia era, lisa y llanamente, una traición: tres meses después de que los etarras asesinaran a dos personas, poniendo fin a un alto el fuego que nunca fue tal, el Estado español claudicaba ante los pistoleros y se avenía a un apaño para que pudiesen volver a disfruJUAN MANUEL tar de las ventajas de la representación DE PRADA popular. Ilusamente, creí que la sociedad española no podría transigir con tanta ignominia. Por supuesto, me equivocaba. El gobierno de Zapatero no desmintió la información desvelada por ABC, tan comprometedora para la dignidad de las instituciones; incluso consiguió, con la connivencia de la prensa adicta, que la noticia no adquiriese demasiado vuelo. Y tampoco la sociedad española se galvanizó con ese natural movimiento de repulsa que presumimos en las sociedades sanas, sino que permaneció plácidamente instalada en un estado de marasmo al que algunos llaman cínicamente normalidad democrática Lo mismo ha ocurrido cuando un boletín etarra nos ha descubierto que los socialistas mantuvieron durante años repetidas reuniones clandestinas con los batasunos, mientras posaban ante la galería como firmantes del Pacto Antiterro- C rista, mientras los etarras seguían metiendo plomo en las nucas. Requerida por los periodistas para que explicase si tales reuniones se habían en efecto producido, la vicepresidenta del Gobierno se ha escaqueado de forma vergonzante y vergonzosa, justo después de proclamar pomposamente que los políticos están obligados a responder cuando se les pregunta, aunque sea sobre chismes. Pero el silencio de unos gobernantes a los que no basta con revolcarse en el cieno de la indignidad, sino que además usan a guisa de salvavidas el honor de las instituciones del Estado, no es tan nauseabundo como la pasividad de una sociedad que se mantiene impertérrita ante episodios de tanta inmundicia, preocupada tan sólo de mantener el buche lleno, preocupada de seguir disfrutando de la bonanza económica, una sociedad que ha vendido en almoneda sus convicciones y chapotea en las cloacas de un risueño pancismo. Todavía hay quienes, errando el diagnóstico, siguen empleando la etiqueta burlona de presidente por accidente para referirse a Zapatero, como si el susodicho fuese una especie de meteorito que aterrizó en la vida pública española llegado del espacio exterior. Nada más alejado de la realidad: Zapatero es la quintaesencia de la sociedad española, su expresión más nítida, su emblema más representativo. Zapatero es el producto de la sociedad española: dimisionario, claudicante, dispuesto a vender su primogenitura por un plato de lentejas, dispuesto a comprometer lo que haga falta con tal de espantar las preocupaciones que sólo admiten una solución enérgica y mantenerse aferrado a la poltrona, náufrago del relativismo y la delicuescencia y, por supuesto, rezumante de rencor, el rencor de quienes en el fondo se avergüenzan de lo que son pero temen que se lo recuerden. Y la sociedad española, que también teme que le recuerden el estado de postración moral en que se halla, que no soporta que la distraigan de su borrachera de prosperidad, hace oídos sordos ante la vergüenza y se tapa las narices ante tanta pestilencia. Tenemos lo que nos merecemos; pero algún día no muy lejano acabará el festín, y todos estaremos para entonces rebozados de mierda.