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ABC DOMINGO 20- -5- -2007 Moore presentó en Cannes su polémico documental sobre la sanidad en EE. UU. 87 Fernández Álvarez: La memoria histórica no se puede usar como arma arrojadiza de combate ANTONIO ASTORGA MADRID. No, no fue una parte de España la única enloquecida. Fue toda España. Algo que hace llorar sólo de pensarlo. Y miro la última hoja de mi Diario y la noto rugosa y emborronada, como si alguien hubiera llorado sobre ella hace mucho tiempo. Dolor y lágrimas: esa es la verdadera historia de la Guerra Civil española, la verdadera historia de una España inmolada en una espantosa y terrible hoguera Así describe uno de nuestros primeros historiadores, Manuel Fernández Álvarez, aquella terrible tragedia en el ensayo Diario de un estudiante en tiempos de la Guerra Civil (Espasa) dedicado a su alma, a su amor, a su guía: A Marichún, que me tendió su mano en silencio, dulcemente sonriendo Se trata de un relato estremecedor de un hombre que quiso ser novelista, entreverado por alguna sonrisa, que arranca con el escalofriante testimonio de su segundo nacimiento, cuando en marzo de 2002, infarto tras infarto, don Manuel apretó sus dientes y aguantó, apoyado por su gran familia. A la memoria histórica que se ha empeñado en desenterrar el presidente del Gobierno el especialista le hinca el diente para esclarecer: Un historiador no puede negarse a la memoria, a los documentos, a los testimonios de un tiempo, pero siempre y cuando esa memoria la acompasemos con otras memorias. Que procure ser una lectura completa y no sesgada. Que se trate de dar una visión no parcial, y ¡que no se use como arma arrojadiza de combate! Tiene que ser una memoria para comprender el pasado en su plenitud y para ver qué parte hay de tremendos errores para no volver a caer en ellos. Y también para ver qué parte hay de esperanza, de algo verdaderamente lúcido y prometedor para que nos conforte. Porque el pasado no solamente está lleno de errores. Que las sombras no nos acorbaden y que las luces nos esperancen. Mi libro trata de eso, de dar esperanza y decir que no todo está perdido Manuel Fernández Álvarez alza su voz en Diario de un estudiante en tiempos de la Guerra Civil -donde ha puesto su vida y su insobornable corazón- -contra la barbarie y la intolerancia que dominan la sociedad española, voz que debería ser escuchada por la clase política que sesga y crispa el ambiente echando basura al adversario desde el fanatismo y la intolerancia Estuvieron a punto de matarle en Oviedo, con apenas catorce años cuando le sorprendió esa incivil intolerancia, fanatismo y locura que asoló España, pero un ser humano le salvó la vida. A esa edad ya había leído a casi todos los clásicos, y esa humanidad, generosidad y sabiduría es la que Manuel Fernández Álvarez ha volcado en todos sus ensayos sobre la España de los Austrias, de la que es incuestionable especialista. Y en este su primera entrega memorialística no puede olvidar a su herma- no Enrique, que tuvo que cruzar caminando los Pirineos en pleno invierno, con su mujer y su hija de tres años, para refugiarse en Francia. Allí murió, como Antonio Machado, asediado por la depresión, la angustia, el dolor y la destrucción de aquella, y de cualquier, guerra. Ha llorado el historiador al evocar a su hermano y a su madre, y emociona: No hay que perder la esperanza