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42 INTERNACIONAL Tribuna abierta DOMINGO 20 s 5 s 2007 ABC Bernard Lewis Catedrático emérito de Princeton, es autor de From Babel to Dragomans: Interpreting the Middle East ¿TENÍA RAZÓN OSAMA? URANTE la Guerra Fría, en Oriente Próximo se sabían, y por lo general se reconocían, un par de cosas sobre las dos superpotencias rivales. Si hacías algo que molestara a los rusos, el castigo era rápido y funesto. Si decías o hacías algo contra los estadounidenses, no sólo no había castigo, sino que incluso existía alguna posibilidad de recompensa, cuando el habitual desfile de ansiosos diplomáticos, políticos, periodistas, eruditos y demás llegaba con sus preguntas suplicantes: ¿Qué hemos hecho para ofenderos? ¿Qué podemos hacer para enmendarlo? Puede que baste con unos cuantos ejemplos. Durante los conflictos en Líbano en los años setenta y ochenta, se produjeron numerosos atentados contra instalaciones e individuos estadounidenses, en especial el ataque perpetrado en 1983 contra los barracones de la Infantería de Marina en Beirut, seguido de una rápida retirada, y toda una serie de secuestros de estadounidenses, tanto militares como particulares, así como de europeos. ólo se produjo un atentado contra ciudadanos soviéticos, cuando un diplomático fue asesinado y otros fueron víctimas de secuestros. La respuesta soviética a través de sus representantes locales no se hizo esperar y se dirigió contra la familia del líder de los secuestradores. Los rusos secuestrados fueron puestos en libertad rápidamente, y después de aquello no hubo ataques contra instalaciones o ciudadanos soviéticos mientras duraron los altercados libaneses. Estas respuestas diferentes suscitaron un trato distinto. Mientras las políticas, las instituciones y los individuos de Estados Unidos se veían sometidos a críticas incesantes y, en ocasiones, a ataques mortales, los soviéticos eran inmunes. La persistencia del gran imperio colonial, musulmán en su mayoría, que acumularon los zares en Asia pasaba inadvertida, al igual que su propaganda y las ocasionales acciones contra las creencias e instituciones musulmanas. Lo más sorprendente de todo fue la respuesta de los países árabes y otras naciones musulmanas a la invasión soviética de Afganistán en diciembre de 1979. La forma en que Washington hizo frente a la crisis de los rehenes en Teherán aseguró a los soviéticos que no tenían nada que temer de EE. UU. Ya sabían que no había razón para preocuparse por los go- D Los habitantes del mundo occidental vemos la derrota y el desmoronamiento de la Unión Soviética como una victoria occidental y, más concretamente, como una victoria estadounidense en la Guerra Fría. Para Osama bin Laden y sus seguidores, fue un triunfo musulmán en una yihad y, dadas las circunstancias, esta percepción no es del todo improbable biernos árabes o musulmanes. Los soviéticos ya gobernaban- -o desgobernaban- -seis países musulmanes de Asia sin despertar oposición o crítica alguna. Al principio, su decisión y acciones para invadir y conquistar Afganistán e instaurar un régimen marioneta en Kabul prácticamente no encontraron resistencia. Tras semanas de debate, finalmente se convenció a la Asamblea General de la ONU para que aprobara una resolución que deploraba con firmeza la reciente intervención armada en Afganistán No se emplearon los términos condena o agresión ni se mencionaba al artífice de la intervención Incluso esta anodina resolución fue demasiado para algunos Estados árabes. Yemen del Sur votó en contra; Argelia y Siria se abstuvieron; Libia se encontraba ausente; y el observador de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) que no votaba, incluso pronunció un discurso en defensa de los soviéticos. ÁNGEL CÓRDOBA S abía esperar que la Organización de la Conferencia Islámica, fundada recientemente, adoptara una línea más dura. No lo hizo. Tras un mes de negociaciones y manipulación, la Organización acabó celebrando una reunión en Pakistán para debatir la cuestión afgana. Dos Estados árabes, Yemen del Sur y Siria, boicotearon el encuentro. El representante de la OLP, un miembro de pleno derecho de esta organización, estaba presente, pero se abstuvo de votar una resolución crítica con la acción soviética; el delegado libio fue más allá, y aprovechó la ocasión para denunciar a EE. UU. Aunque la voluntad musulmana de someterse a la autoridad soviética era generalizada, no contaba con unanimidad. El pueblo afgano, que había desafiado con éxito al Imperio Británico en su apogeo, encontró una forma de resistir ante los invasores soviéticos. Una organización conocida como los talibanes (literalmente, los estudiantes empezó a organizar una resistencia, e incluso una guerra de guerrillas, contra los ocupantes soviéticos y sus marionetas. Para ello, se las ingeniaron para recabar algún apoyo en el mundo musulmán: algunas ayudas económicas y un número creciente de voluntarios para librar la guerra santa contra el conquistador infiel. Entre estos grupos destacaba uno liderado por un saudí de origen yemení llamado Osama bin Laden. C Para conseguir su objetivo, no descartaron recurrir a EE. UU. en busca de ayuda, y la recibieron. Según la percepción musulmana, desde los tiempos del profeta se ha librado una batalla continua entre las dos religiones del mundo, la cristiandad y el islam, por el privilegio y la oportunidad de llevar la salvación al resto de la humanidad, eliminando cualquier obstáculo que puedan encontrarse en el camino. Durante mucho tiempo se consideró, con cierta plausibilidad, que el principal enemigo era Occidente y, como es natural, algunos musulmanes estaban dispuestos a aceptar cualquier ayuda contra dicho adversario. Esto explica el apoyo generalizado en los países árabes y otros lugares, primero al Tercer Reich y, tras su caída, a la Unión Soviética. Estos eran los principales enemigos de Occidente y, en consecuencia, aliados naturales. hora la situación había cambiado. El enemigo más inmediato y peligroso era la Unión Soviética, que ya gobernaba varios países musulmanes y multiplicaba cada día su influencia y su presencia en otros. Por tanto, era normal buscar y aceptar el respaldo estadounidense. Como explicaba Osama bin Laden, en esta fase final de la lucha milenaria, el mundo de los infieles estaba dividido entre dos superpotencias. El primer cometido era li- diar con el más mortífero y peligroso de los dos: la Unión Soviética. Después de eso, ocuparse de los mimados y degenerados estadounidenses sería tarea fácil. Los habitantes del mundo occidental vemos la derrota y el desmoronamiento de la Unión Soviética como una victoria occidental y, más concretamente, como una victoria estadounidense en la Guerra Fría. Para Osama bin Laden y sus seguidores, fue un triunfo musulmán en una yihad y, dadas las circunstancias, esta percepción no es del todo improbable. A juzgar por los escritos y discursos de Osama bin Laden y sus compañeros, está claro que esperaban que, en comparación, esta segunda misión, la de lidiar con Estados Unidos, resultase sencilla y fácil. Sin duda, esta idea se vio alentada, y al parecer confirmada, por la respuesta estadounidense a toda una serie de atentados- -contra las Torres Gemelas de Nueva York y los soldados de EE. UU. en Mogadisciu en 1993, contra el cuartel militar estadounidense en Riad en 1995, contra las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania en 1998, y contra el U. S. S. Cole en Yemen en 2000- que sólo provocaron palabras airadas, en ocasiones acompañadas del lanzamiento de costosos misiles a lugares remotos y deshabitados. a primera fase de la yihad consistía en expulsar a los infieles de las tierras del islam; la segunda, en trasladar la guerra al campo enemigo, y los atentados del 11- S pretendían ser la salva inicial de este ciclo. La respuesta al 11- S, tan opuesta a las prácticas estadounidenses anteriores, supuso una conmoción, y es digno de señalar que desde entonces no se haya producido ningún atentado con éxito en suelo estadounidense. Las acciones de EE. UU. en Afganistán e Irak daban a entender que se había producido un importante cambio en Estados Unidos, y que era necesaria una revisión de su valoración y de las políticas basadas en dicha valoración. Acontecimientos más recientes, en especial la retórica ciudadana dentro de Estados Unidos están convenciendo a un número cada vez mayor de radicales islamistas de que su valoración inicial era correcta al fin y al cabo, y de que sólo tienen que presionar un poco más para conseguir la victoria definitiva. Todavía no está claro si esta visión es correcta o errónea. Si están en lo cierto, las consecuencias- -tanto para el islam como para Estados Unidos- serán profundas, amplias y duraderas. L A