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10- 11 S 6 LOS SÁBADOS DE DÍAS DE JÚBILO Datos de interés Alquiler de bicis en París. Hay muchos kilómetros de carril bici y los fines de semana se cierran calles al tráfico. Hay recorridos guiados de unas tres horas de duración. Precio 10 euros por persona. Disponen de tándems para discapacitados (y enamorados) Dirección: 22 rue Alphonse Baudin. Tel: 00 33 148 87 60 01 Web www. parisvelosympa. com Aventura en los árboles: Junto al hotel David Crockett en Disneylandia. Precio 30 euros. Hay que insistir porque en la recepción nadie parece saber nada de lo que pasa a 200 metros. Y, naturalmente, las páginas webb de Disney ofrecen información y paquetes turísticos. Carlson Wagon Lits puede organizar un programa combinado para padres y niños en París y Disney. Tel. 902 500 528 eran maniquíes de plástico cuenta Alejandro que aún se relame al recordar los fantásticos helados de Bertillon y el largo paseo en bicicleta por los muelles del Sena. ¡Se están forrando. Tienen una caja llena de dinero se admi- ra Andrés por lo bajini ante un grupo de músicos callejeros, considerando, quizá, la posibilidad de unirse a ellos en el futuro. El entorno de Nôrte Dame y la isla de la Cité conforman ese París poblado por toda suerte de personajes pintorescos de carne y hueso que los esforzados padres no ven porque la edad les marchitó el asombro: por eso piensan que el esfuerzo de imaginación de Disneylandia les es imprescindible. Los niños, sin embargo, se emocionan ante las reliquias auténticas de la Segunda Guerra Mundial, en los Inválidos junto a la tumba de Napoleón, una gran caja de zapatos de mármol para un señor que medía metro y medio -Andres dixit- Y condicionan la visita al castillo del Gato con Botas a una escapada a Versalles, donde el rey tenía que andar kilómetros para ver a la reina y la gente iba con máscara Y se tragan la píldora cultural en Fontaneiblau ante la posibilidad de sobrealimentar a las ya de por sí rechonchas percas del estanque. De todo eso podrían disfrutar los padres si les preguntaran a sus hijos. Viajar es cultura: también para los padres. Eurodisney- París el tándem perfecto. Con Tomás Segovia os escritores no se jubilan. Pienso en esta trivialidad al encontrarme con Tomás Segovia en el café Comercial. Allí suele instalarse para escribir y corregir lo que escribe. Me dice que las conversaciones de los demás no lo distraen. -No escucho lo que se habla, salvo que la literatura sea el tema. Entonces, estoy perdido. Tomás nació en España y tras la guerra civil, siendo un niño, marchó al exilio mexicano. Ha vivido en París, en Montevideo, el Sur de Francia, en Oakland, cerca de San Francisco. Entreverado con lenguas y gentes, siempre recalando en algún café (escasos en Oakland, raleados en el Distrito Federal) y con el castellano en la punta de los dedos. Quizás este vagabundeo lo hay aficionado a memorizar los poemas que escribirá, caminando por la calle, entre la gente. -La gente es la dueña de la palabra. La aprendemos de ella, escribimos para que alguien nos lea, entre anónimos que nos rodean y hablan de cosas que ignoramos, de personas que desconocemos. L Blas Matamoro Al hilo de sus reflexiones, me acuerdo de haber visto a Alejandro Casona escribiendo en alguna plaza de Buenos Aires. Como dramaturgo, trabajaba en medio de quienes podrían ser su público. De Joseph Roth, el novelista que nació austrohúngaro, se cuenta que sólo redactaba en los cafés de París y en la mesa de amigos, participando él mismo en las conversaciones. Para cualquiera sería el colmo de la desatención y el incordio. Para él, la manera de participar en la vida de los demás por medio de la palabra. Acaso no otra cosa hacemos quienes escribimos para la hoja pública. Me confieso incapaz de imitar estos grandes ejemplos. Quiero decir: ni los versos de Tomás, ni las comedias de Alejandro, ni los relatos de Joseph. Aunque estas modestas crónicas las compongo en casita. En tiempos lo hice para un periódico, en una cuadra donde iban y venían las voces de cincuenta compañeros periodistas. Era como escribir en la calle, la plaza o el café. Escribir entre los posibles lectores. Acaso sea casual que yo escriba estas líneas y tú las leas, y el acaso contrario sea el verdadero y necesario: tú las has escrito y yo las estoy leyendo.