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ABC VIERNES 18 s 5 s 2007 OPINIÓN 7 UNA RAYA EN EL AGUA BAJEZA UANDO un enano se enfrenta con un gigante, lo natural es que apenas alcance a mirarle por debajo de la cintura. Por eso Miguel Sebastián tiene desde anteanoche el dudoso honor de ser el primer político español que coloca un golpe bajo personal a su adversario en treinta años de democracia. Desde la cortedad de su irrelevancia frente a la colosal estatura del alcalde de Madrid, el candidato socialista sólo atisba en el debate los territorios del sur del ombligo, hasta ahora ruin patrimonio de alcahuetes, telecotillas y porteras. Blandiendo una revista como una comadre, Sebastián quiso alzarse sobre las plataformas del infundio, soIGNACIO bre la insinuación rastreCAMACHO ra de la calumnia y el bulo, y consiguió de sí mismo un retrato para la historia universal de la infamia que horroriza de vergüenza y estupor a las personas decentes de su propio partido, espantadas por la salpicadura de este oprobio de rufianes. Condenado a perder por incomparecencia en el anonimato de un empeño estéril, aplastado por el aluvión de obras que Gallardón ha alzado sobre el mapa de la capital con la ambición de un césar, la fantasía de un visionario y la precisión orgullosa de un ingeniero, Sebastián trató en vano de abrazarse a la intimidad de su rival para arrastrarlo a un combate de guerra sucia en el barro. Quizá buscaba para victimarse una respuesta de similar jaez corralero, pero topó con una muralla de elegancia moral demasiado alta para su mezquino horizonte de inferioridad acomplejada. Y no sólo se estrelló ante el soberbio desprecio de un oponente capaz de mirar por encima de su hombro sin encontrarle a su altura, sino que tiró por el sumidero de la respetabilidad cualquier posibilidad futura de acceder a un empeño político honorable. El fracaso de Zapatero en Madrid alcanzó en ese debate su expresión más patética y desconsoladora. Incapaz de convencer a De la Vega, Borrell y Bono para que fuesen al desolladero de una derrota digna, el presidente envió al frente de la capital a un escudero de confianza, al tipo que le diseñaba en un despacho vecino operaciones de intriga financiera contra sus adversarios y tramaba torticeras revanchas personales al amparo de una oficina siniestra de conspiraciones pretorianas. No se le requería que ganase, sino que mantuviese el tipo e hiciese méritos para alguna responsabilidad de mayor calado. Pero Sebastián, desesperado por la terca inanidad de su torpe discurso, ha tirado cualquier atisbo de futuro por la alcantarilla de una miseria moral sonrojante ante la que alguien debería pedir disculpas. Lo que le faltaba a la política española, envilecida por el sectarismo, el trincherismo y el encono, era convertirse en un patio de vecindonas o un plató acanallado de chismes de peluquería. Si Sebastián quería obtener con su felonía una migaja de notoriedad, lo ha conseguido. Antes era un vulgar desconocido- ¿Miguel Qué? -bajo el beneficio de la duda; ahora ya todo el mundo sabe la clase de persona que es. C EN FIN ZAPATERO Y EL BARÇA N hilo invisible parece haber cosido el destino de los dos grandes partidos españoles al de los dos clubes más laureados de nuestro fútbol. Al menos en la última década. Determinados paralelismos resultan realmente sorprendentes. Y, aunque tal vez nos encontremos en el campo de la pura superstición, o en el de los augures de la telerrealidad, los estrategas electorales del partido socialista harían bien en prestar atención especial a los resultados del Barça de las próximas jornadas. Por si acaso. Rebobinemos. Jornada 27 de la Liga de 2003- 2004. El Real Madrid encabezaba la clasificación con seis puntos de ventaja sobre el Valencia, diez sobre el Depor y once sobre el Barcelona (al que había llegado a sacar 18 puntos en la primera vuelta) Era el 7 de marzo y faltaban once jornadas para el final del campeonato. Todo iba sobre ruedas. También para el PP, que había ganado dos elecciones y tenía todos los sondeos a favor para ganar una tercera vez. Las mismas que el Real Madrid había levantado la Copa de Europa en ese periodo. A Aznar no se le veía mucho por el palco del Bernabéu, pero EDUARDO era notoria su preferencia por el club. SAN MARTÍN Atentado del 11 de marzo. Dos días después, el Real Madrid recibe al Zaragoza en un Chamartín conmovido por la tragedia. Son unas vísperas electorales enfangadas por el juego sucio. Resultado: un empate ramplón. Cuatro días más tarde, pierde la final de la Copa ante el mismo Zaragoza. En Barcelona, para más inri. El domingo anterior, el PSOE había ganado y su presidente electo no ocultaba, sino todo lo contrario, su predilección por el Barça. A partir de ese momento, el Real cae en picado. En las diez jornadas restantes sólo suma diez puntos, por 23 del Valencia y del Barcelona, y 21 del Depor. Cuatro derrotas consecutivas en el Bernabéu, una de ellas ante el propio Barça, y concluye la Liga en un cuarto puesto infamante, a siete puntos del Valencia, que ganó el campeonato. En el sprint final, incluso el Barcelona le su- U pera. Desde entonces, el equipo de Madrid no ha levantado cabeza. Hasta hace unas semanas. Y eso, sin jugar bien. La primera legislatura de Zapatero ha estado dominada por una superioridad insultante del Barcelona. Ha ganado dos Ligas y una Copa de Europa y ha obtenido el reconocimiento casi unánime de los aficionados. Zapatero ganó como ganó, y no esperó demasiado para presentar su empresa de demoliciones, pero probablemente no haya habido en los últimos lustros ningún presidente de Gobierno español que, sin haber siquiera sometido a prueba su mandato, haya gozado de mayor reconocimiento social y de mejor valoración política. Y así ha venido ocurriendo durante muchos meses, jornada tras jornada, a pesar de haber acumulado un error después de otro y de haber practicado un juego espeso que ha desengañado incluso a sus seguidores. Sólo la decepcionante primera vuelta de la Liga que venían jugando sus rivales le ha permitido seguir encabezando la competición en esas condiciones. Nos acercamos, sin embargo, al final del campeonato. Zapatero ha malgastado gran parte de su ventaja y afronta los meses que faltan hasta las elecciones generales (las del próximo 27 decidirán poco) con enormes dudas sobre su juego y grandes incertidumbres sobre los resultados. Como el Barça. Y, en cambio, el PP recupera el resuello y está en disposición de ganar la competición. Como el Madrid. Hasta aquí, un divertido juego de analogías para mentes traviesas. Pero no todo es charada. Algunos paralelismos sí son pertinentes: que, en política, como en el fútbol, las buenas rachas no duran siempre y los equipos deben renovarse poco a poco y con tino porque, si no, lo harán de forma catártica después de un solemne batacazo; que la soberbia y el menosprecio del contrario nublan el sentido de la realidad; y que son los errores propios, más que los aciertos del contrario, los que deciden casi siempre los resultados. Nos esperan unas últimas jornadas apasionantes. En la Liga y en la legislatura.