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ABC VIERNES 11 s 5 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA UN HASTA LUEGO DE TONY BLAIR Respecto a Irlanda del Norte, la lección a asumir es que el proceso ya comenzó con gobiernos conservadores y que finalmente ha desembocado en esa última etapa de Blair. La idea de continuidad rigió el comportamiento de los dos grandes partidos, con un sentido de la lealtad que se hace encomiable por mucho que a veces tories y laboristas entren en confrontaciones de pantomima parlamentaria... L joven actor aficionado que fue Tony Blair acaba de representar el papel más largo y elocuente de su vida. Pronto tuvo la pieza teatral que un profesor llamado Anthony Giddens le escribió para estrenarla como Tercera Vía Blair había comenzado con vuelos de Peter Pan hasta llegar a creerse el papel de Winston Churchill. Quiso tener unas horas de grandeza en un mundo que confunde la serenidad con los efectos de un tratamiento ansiolítico. Se marcha con cierta impopularidad, descalabrado por las elecciones municipales pero con la tarta de celebración de un acuerdo en el Ulster. Predecesores suyos en el liderato laborista- -Kinnock, Smith- -le allanaron el camino para quitarse de encima el lastre sindicalista y los vestigios de un neutralismo que durante tiempo incapacitó para ejercer el poder a los herederos del fabianismo. Blair llegó mucho más lejos: alentó la intervención en los Balcanes y luego estuvo junto a Bush Jr. a la hora de plantar las tropas en Irak. Eso le ha costado bastante caro. Habrá rebobinado una y otra vez aquellas jornadas, cuando el armamento de destrucción masiva que se suponía en manos de Saddam Hussein llevó al encuentro premioso de las Azores. lair se va en virtud de un penumbroso pacto de sucesión con Gordon Brown, el eficiente ministro de economía y hacienda, el canciller del Exchequer. Quizás pensó que Brown no echaría las cuentas de tal pacto. Aceptó las condiciones drásticas que Brown- -además de dar feliz autonomía al Banco de Inglaterra- -le puso para el ingreso del Reino Unido en la eurozona: en realidad, eran condiciones de imposible cumplimiento. Así el Blair europeista tuvo que plegar velas y no pudo maniobrar a gusto en el corazón de Europa, ni practicar a sus anchas la sustitución del eje franco- alemán- -hoy fácilmente reconstruible con Merkel y Sarkozy en el poder- -por algo distinto. Hubiese sido una variable creíble de euroatlantismo, pero al final quedó en poco. Lo que hizo fue personalizar las relaciones entre el Reino Unido y sus primos de América del Norte. Habrá que dejar pasar el tiempo por las dunas y torreones de Escocia para saber en qué quedan las reformas institucionales que tanto impulso han dado al nacionalismo escocés. Tal vez vayan a significar un mayor aliciente para cierto patriotismo inglés, una combinación de euro- escepticismo y del espíritu siempre presente de la Little England Tampoco la reforma de la cámara de los Lores tiene peso específico para dejar una huella en la historia institucional británica. E No es descartable que el mérito principal de Tony Blair haya sido dar continuidad al thatcherismo envolviéndolo en el celofán de algo nuevo y moderno. Blair no contrarrestó las privatizaciones con políticas de nacionalización, ni desmintió las propuestas meritocráticas, ni renegó de la idea de orden público ni devolvió poder a las trade unions En su estilo, perseveró en las políticas económicas del thatcherismo: el resultado ha sido pleno empleo, menos inflación, muy bajos tipos de interés. Lo que sí le tentó fue un cierto sentimentalismo, cuya eclosión colectiva tuvo lugar con la muerte de Lady Di. Entonces Blair se encaramó en la oleada emotiva, con tal intuición que le imitó la Familia Real británica. Ahí estaba el Blair actor, el de sus mejores discursos, el líder con ganas de pedir sangre, sudor y lágrimas a un pueblo más interesado por acudir a las casas de apuestas, a dedicarse a la jardinería o a seguir las sesiones descaradas del Gran Hermano e todo ello ha tomado nota el nuevo líder tory David Cameron, con ventaja eventual en las encuestas sin que parezca que Gordon Brown disponga del glamour necesario para seducir y fidelizar, por mucho que la City esté marchando de verdad a cien por hora. Con sarcasmo, el escritor británico A. N. Wilson escribió ayer en The New York Times que Blair ha sido un actor que nunca dio con el escenario adecuado. Lo cierto es que nadie lo hubiera dicho hace unos años, D B cuando paseaba su buena estrella por el mundo globalizado, dando lecciones a todos al margen de que su país ya no fuera un imperio. Lo que hubiese hecho Blair con un imperio en sus manos. Tal vez ese era su escenario ansiado porque terciar entre Gerry Adams y Ian Paisley no deja de ser una jugada local. Como Margaret Thatcher le dijo a Bush padre lo que debía hacer cuando Saddam Hussein invadió Kuwait, Blair quiso ser la conciencia de Bush hijo en la segunda Guerra del Golfo. Ahí deja jirones de su biografía política, un caudal de energía que ahora sospechamos más merecedor de otros destinos. Blair prometió una Nueva Gran Bretaña pero lo que más ha funcionado ha sido la economía controlada por Gordon Brown, sin mejoras tangibles en los servicios públicos. Aún así, los laboristas todavía podrían ganar las próximas elecciones. Para entonces, Blair habrá hallado acomodo en alguna hornacina internacional, al frente de alguna causa digna de sus esfuerzos y de su pasión retórica. A lo mejor decide solventar los problemas infinitos del África negra. Necesitaremos un tiempo para discernir entre un Blair profundamente superficial y un Blair más dado a escenificar dilemas históricos que en hacer funcionar los trenes. Quién sabe si ha sido el último político de convicciones en Europa- -como dice The Wall Street Journal -o el más capaz de teatralizar sus propensiones. Lo cierto es que, si lo comparamos con el Chirac que también se va, Blair tuvo casi siempre un cierto sentido de la higiene pública. Así pudo ser la voz que desde este lado del Atlántico dio la mejor respuesta a la barbarie del 11- S en Nueva York. especto a Irlanda del Norte, la lección a asumir es que el proceso ya comenzó con gobiernos conservadores y que finalmente ha desembocado en esa última etapa de Blair. La idea de continuidad rigió el comportamiento de los dos grandes partidos, con un sentido de la lealtad que se hace encomiable por mucho que a veces tories y laboristas entren en confrontaciones de pantomima parlamentaria. Han sido para Blair más de diez años en Downing Street, con tres sucesivas victorias electorales. Es consustancial con la política que quienes se arrimaron a su sombra para tener un lugar en la cumbre sean ahora los que más pronto le abandonan. En el reparto de papeles que más le ilusionaba seguramente echó en falta algo semejante a la guerra de las Malvinas. R vpuig abc. es VALENTÍ PUIG