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ABC MARTES 8 s 5 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA ESTIGMA DE DERROTA M AFRANCESAMIENTO O ANEMIA PASAJERA L cotejo de algunos aspectos del proceso electoral francés ha levantado en España una breve ola de emulación y de envidia explícita. El ballotage el centrismo de Bayrou, el debate televisivo Sarkozy- Royal o la alta participación fueron provocando la admiración incondicional de no pocos analistas a derecha e izquierda. Seguramente no era por falta de un conocimiento previo del sistema político francés, pero sí parecía concedérsele un aura de perfección que hasta ahora quedaba eclipsada por la tradicional animadversión al país vecino. Individualmente, somos un país de anglófilos y de francófilos, aunque lo que priva es el antiamericanismo. Lo que ocurre entre francófilos es que no siempre se admira lo más digno de admiración, sobre todo por parte de los intelectuales, un grupo social siempre muy propenso al mimetismo. De París se importaron el existencialismo, el marxismo, el estructuralismo y la hipertrofia conceptual. Sobre todo el marxismo. La imitación del precepto que invocaba a equivocarse con Sartre y a no acertar con Aron fue perfecta. Lo que ha ocurrido en estas elecciones es distinto. Más que mimetismo o VALENTÍ una forma actualizada de afrancesaPUIG miento, el origen de esas manifestaciones espontáneas de admiración por la política francesa procede del malestar con que llevamos un tiempo viviendo la política española, y no es por azar que eso venga sucediendo desde que Rodríguez Zapatero llegó a La Moncloa. De otro modo es inexplicable que de repente rindamos tributo a un sistema que en manos de Mitterrand y luego de Chirac ha llevado a un gran país como Francia a una situación de declive. Teniendo Francia un poso de riqueza mucho más que envidiable, ¿es que su actual crecimiento económico resulta modélico para España? Lo mismo consiste, a sensu contrario en alabar las virtudes de Francia como nación literaria y negarle los laureles a la literatura de España. Es ilustrativa la descarga de añoranzas centristas que generó en España la aparición del centrista Bayrou en la primera vuelta. Así comenzó, linterna en mano, la E búsqueda y captura del Bayrou español. El prolongado choque entre PSOE y PP parecía obligar a esos suspiros de inspiración centrista, pero no todo en el centro fue como ahora se añora. Eran de alto voltaje los ataques socialistas contra la UCD y, especialmente, contra Adolfo Suárez. A la derecha de UCD estaría Alianza Popular. Se disuelve UCD y AP inicia una larga asimilación de sus votos, hasta llegar a ser el PP que con Aznar arribó a la Moncloa. En el entreacto, desde la derecha se conspiró- -y mucho- -para acabar con la UCD. Banqueros y democristianos estaban por la labor todos los días. Al final, Suárez fundó el Centro Democrático y Social. Otra iniciativa fue el Partido Reformista, liberado por Miquel Roca, con buena financiación. Llegaron las elecciones de 1986. En realidad, lo que se llamó Operación Roca sólo sirvió para que Pujol pasase de doce a dieciocho escaños en Cataluña mientras que en toda España el centrismo de Roca no obtenía ni un solo escaño. El partido centrista de Suárez obtuvo diecinueve escaños. Esas son las leyendas centristas que hay más a mano. El centroderecha, renovado por Aznar, no llegó al poder hasta 1996. La nostalgia inspirada por Bayrou no dejó tiempo para ponerse a pensar lo que en realidad significaría, de ser posible, la aparición de un partido centrista en el mapa político de España. La verdad es que a menudo anteponemos la comparación instintiva al análisis en frío. Los que habitualmente critican a Francia con cualquier pretexto de repente se han dedicado a anteponer la Francia civilizada a una España poco menos que rupestre y cainita. Todo lo que hacía Francia era una lección a aprender; todo lo que se haga en España estará mal hecho. Extraña pero no ilógica conclusión de tanto contradecirse. Practicamos la comparación cuando nos da ventaja; la negamos cuando perjudica los intereses de nuestro argumento. Debilitados por las incertidumbres del zapaterismo, hemos acariciado transitoriamente las voluptuosidades del afrancesamiento. Tal vez, en fase creciente o menguante, estábamos compartiendo con Francia aquella crisis de confianza que- -según Le Débat -instala una distancia duradera entre la democracia gobernada y la democracia gobernante ENUDA puntería tiene. Donde pone el ojo de sus complacencias pone la bala... en la frente de su aliado. Mientras Ségolène Royal- -que tuvo el privilegio nunca visto por estos pagos de contemplarlo en un mitin ante una bandera española- -selame como puede las heridas de su flamante barquinazo, por los estados mayores de la izquierda internacional empieza a correr la consigna de huir de los abrazos de Zapatero, que acaban convirtiéndose en el estigma de la derrota. Y no es que sea gafe ni cenizo, no; esas cosas pertenecen a un confuso arcano impropio del positivismo conIGNACIO temporáneo. Simplemente, CAMACHO lo que le pasa es que, imbuido de autocomplacencia, ha desarrollado una asombrosa querencia para apostar por los perdedores. Primero eligió a Kerry. Acababa de llegar al poder y vendía su pronóstico como el ungüento infalibledeléxito y labaraka. Todos los problemas con Estados Unidos iban a desaparecer por ensalmo en virtud de la victoria ineludible del candidato demócrata. El viento de la Historia soplaba en las velas del progresismorampante. Perolos ciudadanos norteamericanos no se habían acabado de enterar, y el amortizado Bush cosechó una aplastante mayoría. Luego le tocó el turno a Schroëder. Hasta Alemania se fue nuestro profeta, en uno de sus raros viajes, para apoyar la segura causa triunfal de la socialdemocracia. Le faltaron unos votitos de nada para alcanzar a Angela Merkel, y ZP henchido de optimismo antropo, lógico, setiróen plancha paraconsolara la derrotada aspirante del centroderecha. Merkel formó gobierno y jubiló a Schroëder nombrándole presidente de un consorcio energético. El primer ministro español había ganado otra amiga influyente. El siguiente era Romano Prodi, hombre prudente y cauto, que prefirió agradecerle su apoyo y evitar que se personase a expresárselo en carne mortal. Ganólas elecciones. Ségolène Royal no tuvo esa suerte. Sus adversarios la bautizaron como la zapatera quenoeraexactamente un piropo: aludía el remoquete a su oquedad política, a su vacua superficialidad envuelta en un atractivo celofán de sonriente y cercana apariencia. Se juntaron ambos, la Zapatera y Zapatero propiamentedicho, en un cálido mitin al compás de la Marsellesa y el pitoniso profetizó que sobraría la segunda vuelta. Batacazo al canto; los elefantes del socialismo francés afilan estos días sus colmillos para cobrarse la factura. En algún lugar de Londres, Gordon Brown tiembla, y no de frío. La próxima apuesta es doméstica. Se llama Miguel Sebastián, fue elegido personalmente por alumbrado designio del oráculo infalible, y anda por Madrid como alma en pena camino del desolladero, con la camisa desabrochada en un poco verosímil gesto populista. Finalmente, el hombre de la baraka tendrá que patrocinarse a sí mismo en un último envite. Por un inescrutable guiño del destino parte con ciertaventaja en el desafío, perohastala desgana inicial de su oponente Rajoy está empezando a convertirse en optimismo, y ya contempla con los ojos inyectados en hambre de triunfo a estevendedordemilagros queavanzadederrota en derrota hasta la apoteosis del éxito.