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ABC LUNES 7 s 5 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA (E) LECCIÓN FRANCESA ESDE que Nicolas Baverez denunció en La France que tombe la decadencia del modelo francés, anquilosado en el narcisismo de un viejo Estado de bienestar que distribuye más riqueza de la que crea, la idea del declive de la potencia gala se ha extendido como un nuevo tópico de la política europea, y ha inspirado en la propia Francia un discurso regeneracionista capaz de proyectar la campaña triunfal de Sarkozy. Pero incluso en plena decadencia de su liderazgo, en la cuesta abajo de una crisis moral, educativa, institucional y social, la nación IGNACIO vecina aún está en condiCAMACHO ciones de impartir algunas lecciones ejemplares de comportamiento colectivo, que rescatan su gloriosa tradición de inventora de la ciencia política y la identifican como orgullosa depositaria de un sentido democrático con el que los ciudadanos se implican en el debate cívico como dueños soberanos de su futuro común. Para empezar, el propio sistema electoral, la doble vuelta que elimina bisagras oportunistas y cercena de raíz cualquier resquicio para el mercado negro de votos, otorgando al presidente electo el impecable respaldo de una clara y explícita mayoría. Luego está el alto compromiso popular, expreso en una intensa participación que ahuyenta los fantasmas de endogamia de la clase dirigente, y que aún hace brotar en la sociedad civil una fuerte vis política patente en un activo debate público. Desde los intelectuales- -rodeados de un honorable respeto hijo de la orgullosa vocación cultural del país- -hasta los inmigrantes, desde los funcionarios hasta los agricultores, la población francesa se moviliza en torno al hecho político con una formidable energía; no hay en Europa una sociedad tan profundamente imbricada en la polémica democrática. Y además, lo hace desde una vehemente conciencia nacional, heredera del republicanismo revolucionario, que impregna de patriotismo la esfera política sin asomo de vergüenza ni rendija de desdoro. Con ese capital participativo, el nuevo presidente no tendrá excusas para incumplir su proyecto de abanderar una reforma imprescindible, que abarca desde la renovación de la estructura política- -acaso incluyendo una refundación de la V República- -hasta la liquidación del burocratismo estatalista y la implantación de una cultura del esfuerzo basada en la mejor tradición del pensamiento liberal. La victoria de Sarko representa el éxito de una esperanzadora apuesta por la ética del deber frente al relativismo indoloro, demagógico y nihilista del tardosesentayochismo, y obliga al candidato victorioso a una ruptura incluso con su propio pasado gaullista para dar paso a un impulso de regeneración renovadora. Ahora se va a ver si ese discurso enérgico y vibrante respondía a una verdadera voluntad de cambio o era tan sólo una táctica al servicio de la conquista del poder. El anhelado sueño europeo de una sociedad abierta, dinámica y fuerte merecería que este enjuto líder carismático y emergente fuese fiel a su prometedor compromiso de rigor, pujanza, ímpetu y coraje. D EL RECUADRO LA MÁS HERMOSA EPOPEYA MPLEO mi último día en la ciudad de México para visitar la parroquia de San Cayetano, en la colonia Lindavista, al norte de la capital. Como su nombre permite suponer, la regentan padres teatinos; alguien me advirtió que entre ellos se contaban dos zamoranos que, treinta y cinco años atrás, dejaron la seguridad de su patria chica para instalarse en estos pagos. No son los únicos sacerdotes zamoranos que lo hicieron; y, desde luego, son sólo unos pocos entre los muchos sacerdotes españoles que se animaron a ejercer su ministerio allá donde más se les necesitaba. Para mí, estos curas aguerridos y generosos son los últimos mohicanos de una raza de españoles ya desgraciadamente en vías de extinción (o quizá lo que esté en vías de extinción sea la propia España) hombres y mujeres que completaron la más hermosa epopeya que se haya escrito jamás; una epopeya que hoy se juzga políticamente incorrecto invocar, pero como a mí me la suda toda esa cochambre que corroe los muros de la patria mía, la evoco y la ensalzo en este rincón de papel y tinta. Hablo, naturalmente, de la epopeya de la evangelización; la epopeya de tantos hombres y mujeres que enJUAN MANUEL tregaron su vida para salvar la vida de DE PRADA otros hombres y mujeres, para llevarles una esperanza en la tierra y en el cielo, para enseñarles que había un Dios que los quería con un amor insomne. El padre Alonso, de Santibáñez de Tera, acaba de cumplir los ochenta años, pero conserva una prestancia que sólo perjudica la cadera de titanio que tuvieron que ponerle en el quirófano, después de que se pegase un trompazo bajando unas escaleras. Irradia esa paz interior de las criaturas que hacen de la santidad una forma de tranquila alegría y es hombre más bien lacónico, pudoroso de adquirir protagonismo en la conversación. El padre Argimiro, de Sitrama de Tera, tiene ocho años menos, y es por el contrario locuaz e inquisitivo; a diferencia del padre Alonso, conserva todavía la modulación del castellano que se habla en nuestra tierra. Ambos llegaron a México a principios de los setenta, en una época en que E no estaba permitida la entrada en el país a sacerdotes extranjeros; durante cinco o seis años permanecieron indocumentados, viviendo como las aves del cielo y los lirios del campo, mientras organizaban los oficios religiosos en la parroquia recién erigida, cuya construcción se sufragó con las aportaciones de los feligreses. En la parroquia de San Cayetano, ancha como una plaza de luz, llegan a celebrarse los domingos hasta nueve misas, a las que asisten cerca de cinco mil vecinos; a la hora de mi visita, en los salones parroquiales está a punto de empezar la catequesis para los niños. No están solos en su labor estos buenos curas zamoranos. Los acompañan tres sacerdotes mexicanos a los que conozco en el curso de un almuerzo frugal y fraterno. El más veterano, el padre Bernardo, es un cincuentón jocundo que exhibe el escudo del Necaxa en la correa de su reloj; le pregunto si no teme que, en el momento de la consagración, al alzar los brazos, los fieles de la parroquia menos partidarios de este equipo se enfaden y apostaten. El padre Rogelio es el más joven de los cinco; acaba de regresar de Roma, tras completar sus estudios, y todavía trae en las retinas la luz sagrada de aquel abril de hace dos años, cuando la órbita de los planetas se detuvo para escoltar la muerte de Juan Pablo II. A la hora de los postres, el padre Argimiro me enseña a pelar un mango con destreza; me fijo en sus ojos zarcos, que guardan un rescoldo de vitalidad, el mismo que debió de alumbrarlo cuando tomó la decisión de dejar su tierra y emprender una aventura ignota. El padre Alonso, entretanto, me sonríe despaciosamente, como si adivinara los secretos mejor custodiados de mi corazón; se ha puesto una corbata que le da un aspecto de ángel que hubiese bajado a la tierra de incógnito, como aquel Henry Travers de ¡Qué bello es vivir! Le devuelvo la sonrisa, mientras agradezco al padre Argimiro su ayuda con el mango. Pienso entonces que quizás ambos mueran con las botas puestas, como murió san Andrés Avelino, mientras ofician misa, a miles de leguas del pueblo en el que nacieron. Y me invade el orgullo de ser paisano de este par de curas generosos y aguerridos, últimos mohicanos de la más hermosa epopeya que se haya escrito jamás.