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6- 7 S 6 LOS SÁBADOS DE DÍAS DE JÚBILO La hora más gloriosa l señor Johann Wolfgang von Goethe- -era un colega: se ganaba la vida escribiendo- -dijo alguna vez que, al repasar los más recientes cuarenta años de su existencia, sólo encontraba en ellos quince días felices. Goethe, sin duda, fue muy exigente y tenía derecho a serlo. Era Goethe. Tú, lector, lectora, al igual que yo, somos más modestos. No me pondré confidencial y no contaré mis momentos de mayor felicidad... Tampoco lo hagas tú, al menos hoy. Esas imágenes suelen ser privadísimas de tan íntimas y ya sabemos que cuando uno da publicidad a lo íntimo, deja de serlo. Esto va a misa, por más que lo contradigan tantos programas de televisión destinados a sostener lo contrario. Si pienso en mi momento de gloria- -que se pueda contar, insisto- -debo ir bastante atrás en el tiempo, allá por 1950, y lejos en el espacio, a Buenos Aires. Más concretamente, al teatro Avenida, dedicado, por entonces, exclusivamente a espectáculos españoles: zarzuelas, revistas, prosa, variedades. Soy un niño, estoy sentado con mi familia en una de las primeras filas. Sale a escena una vedette cómica llamada Margarita Padín. Está vestida de nena, toda de amarillo limón porque, justamente, va cantando aquello de A la lima y al limón, solterita yo no me quedo. Salta a la cuerda, lleva un lazo gigantesco de papel crepé en la cabeza y a cada salto muestra las enaguas y los muslos. Sus calcetines blancos se pierden en inmensos zapatones. Al fondo, un jardín de colores que chillan, verdes y amarillos. Me causa gracia aquella aparición y me río a carcajadas. Ella me oye, se vuelve hacia mí y me saca la lengua. Siento que todo el teatro, lleno de gente, deja de mirarla y me contempla con admiración. He sido capaz de interrumpir el espectáculo y de merecer la atención exclusiva de la vedette. Te parecerá pueril lo relatado. Estoy de acuerdo. Le ocurrió a un niño, es pueril de necesidad. Pero aquella gloria es la máxima porque fue la primera y lo primero siempre es único. En mi memoria no sólo hay mil personas que me rinden homenaje, es toda la ciudad que ellas representan, la noticia en los periódicos, la radio (no había tele todavía) y en los noticiarios del cine. Nada de esto último sucedió realmente pero cada vez que lo rememoro me confundo con la memoria de aquel pibe que vivió su hora más gloriosa. E Blas Matamoro La cava en la que se ha instalado el museo aporta un entorno tan original como la obra de Manuel Piña ña y las aportaciones de particulares, Serna se encontró al final con unas ciento setenta piezas entre las que elegir para montar esta primera versión del museo. Lo expuesto, algo menos de la mitad de lo que hay, era lo necesario. Defiendo un concepto minimalista del espacio El resto del material (parte de la obra del creador se ha perdido) se está etiquetando y restaurando, con la pretensión de organizar exposiciones temporales o colaborar con otras instituciones, como el museo Balenciaga en Guetaria (Guipúzcoa) Había muchos trajes en muy mal estado- -continúa Alex Serna- porque han pasado muchos años y, como es lógico, un Ayuntamiento no es un especialista en conservar ropa. Han trabajado muy duramente las monjas de Manzanares, que hacen pasteles y cosen como nadie, y, en la fase final, Carmen Pérez de Andrés, subdirectora del Museo del Traje Manuel Piña tuvo una relación con Manzanares de huida y vuelta. Mi pueblo era rudo, crítico, cargante escribió en 1991. Aquí vivió hasta los diecinueve años. Un paisaje llano, llano, sin apenas árboles, sin ríos, sin montañas para poder soñar de niño con ¿qué habrá detrás de las montañas? Y, sin embargo, aquí regresó cuando el sida empezaba a matarle. Se le recuerda con su perro, Oto, con su aspecto de pirata, subrayado por el parche que disimulaba su enfermedad. Aquí quiso también que estuviera su museo, su memoria. Volver llamaría más tarde al proceso su amigo Almodóvar, otro manchego cuya madre vestía de negro. Descenso a los ochenta Traje en punto de seda negro Falda corta de charol rojo Para entrar al museo recién abierto (se inaugurará oficialmente después de las elecciones) hay que bajar unas escaleras, hasta las cavas restauradas con esfuerzo y 600.000 euros. Y ese descenso a otro espacio y otra temperatura es clave para trasladarnos durante unos minutos a otra época. Vemos los vestidos de retor crudo que pintó Juan Gomila en 1984, un curioso experimento del comienzo. O su colección de palabras de honor inspirados en los insectos, tan llenos de color, de 1990. Y esos tejidos metálicos de aspecto futurista de los que se encaprichó al final de la escapada. En la última parte del recorrido por las cavas de la antigua casona de la familia Merino (hoy, centro cultural) Alex Serna ha creado un panel con los nombres de los amigos de Piña. Fotógrafos, modistas, su madre, periodistas... Hasta su perro, Oto. En ese friso se resume aquella época, desde García Alix a Montesinos, desde Sybilla a Pérez Mínguez, el grupo que cambió la forma de entender y vender la moda, subidos al primer escalón de la pasarela Cibeles. Desafortunadamente, la escapada de Piña duró un suspiro, tan poco...