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ABC SÁBADO 5 s 5 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA CONNIVENCIA INOCULTABLE P LAS MISSES TAMBIÉN LLORAN IENTRAS me inscribo en la recepción del hotel Camino Real, en México, resacoso de tantas horas de vuelo, cruza el lobby una muchacha rubia, delicada como un búcaro, con el pelo recogido en un moño y la mirada peligrosa de las razas eslavas. Cruza su torso una banda en la que puede leerse, en letras de molde: POLAND. De camino a mi habitación, Carlos, el mozo que me ayuda a cargar con el equipaje, me pone en antecedentes: Tenemos alojadas en el hotel hasta el día 28 de mayo a todas las misses del mundo, señor No salgo de mi perplejidad: ¿A todas las misses del mundo? ¿Hasta el 28 de mayo? Carlos me explica que en dicha fecha se celebrará en la ciudad de México el certamen Miss Universo; hasta entonces, las concursantes emplearán su tiempo compareciendo en decenas de ruedas de prensa y visitando los parajes más pintorescos de la ciudad, mientras se someten a mil pruebas preparatorias para la gala final. Claro que la prueba más difícil nos toca a nosotros, señor- -concluye Carlos, con un mohín compungido- ¿Usted se ha parado a pensar cómo se sufre atendiendo a semejantes mujeres? JUAN MANUEL Puedo imaginar que Apolo no suDE PRADA frió tanto cuando trataba de dar alcance a Dafne. Después de deshacer el equipaje, salgo otra vez al lobby para darme un taco de ojo que es como los mejicanos designan al atracón visual que provoca la contemplación de las mujeres hermosas. Un enjambre de misses aguarda la llegada de los autobuses que las trasladarán hasta uno de los restaurantes más empingorotados de la ciudad. En su derredor, como edecanes ajetreados, se mueven hasta una docena de guardaespaldas; aunque todos ellos son tipos fornidos que revientan las costuras del traje, la proximidad de las misses les otorga un aspecto grotesco de eunucos en un serrallo. Desafiando las miradas desaprobatorias de los gorilas, me entrego al turismo voyeur: contemplar de golpe y porrazo a las ochenta mujeres más hermosas del planeta es como estar encerrado en una sala en cuyas paredes se mostrasen los M ochenta cuadros más primorosos de la historia de la pintura; a la impresión primera de deslumbramiento se sucede otra de empacho o mareo. Uno no sabe dónde poner los ojos; y la acumulación de tanta belleza repetida acaba provocando cierta sensación de aturdimiento. Es algo así como una variante erótica del síndrome de Stendhal Al cuarto de hora de sostener este ejercicio contemplativo, con esa impunidad que proporciona saberse anónimo en una ciudad extranjera, el lobby empieza a girar, como si las misses se hubiesen montado en un carrusel de vértigo. Las misses ríen con el mismo timbre, hacen los mismos melindres y cruzan entre sí los mismos comentarios triviales, en un idéntico inglés macarrónico; casi todas ellas comparten también unas mismas circunstancias fisionómicas y una delgadez excesiva que parece calculada para que luego, con los cuatro o cinco kilos virtuales que pone la televisión, alcancen el peso perfecto. Antes de que el taco de ojo degenere en pesadilla clónica me encierro en la habitación y me pongo a leer las Geórgicas de Virgilio, que es remedio infalible contra los pensamientos turbios. Dos o tres horas más tarde, llega hasta mí el rumor de enjambre de las misses, de vuelta ya de su excursión gastronómica. Asomo la cabeza al pasillo a través de la puerta entornada y veo caminar hacia mí a Miss Corea, que ocupa la habitación contigua. Es menuda y me sonríe muy timídamente, como si se avergonzara del rastro de tristeza que anida en su mirada, un rastro en el que se funden el cansancio, una inconcreta melancolía, tal vez el miedo a la soledad. Cruza conmigo un saludo protocolario y se encierra en su habitación: la oigo manipular los grifos, abrir y cerrar armarios, mantener una conversación telefónica en su idioma remotísimo y ancestral. Y cuando ya pienso que se ha quedado dormida llega hasta mí, a través de la pared medianera, el eco amortiguado de su llanto, un llanto menudo como su figura, tímido como su sonrisa, que parece susurrado en un idioma universal, el mismo idioma que hablamos todos los seres desdichados del mundo, el mismo idioma que puebla el ancho universo. Las misses, como los escritores en gira trasatlántica, también lloran. ARA demostrar su absoluta inocencia política en los escándalos de corrupción de Marbella, el PSOE andaluz acaba de vetar una comisión de investigación en el Parlamento autonómico. Un gesto de prístina transparencia con el que Manuel Chaves ha bajado de forma desdeñosa su pulgar de virrey para imponer su aplastante mayoría absoluta frente a las peticiones de una oposición que no hace sino preguntarse por algo que el juez Torres, instructor de la operación Malaya ha puesto negro sobre blanco en el texto del sumario: que la IGNACIO Junta se benefició duranCAMACHO te años de las operaciones inmobiliarias bajo sospecha al cobrar sin objeciones su parte correspondiente de tasas y tributos. Afirmación que molesta sobremanera al presidente andaluz, pero que constituye sólo una modesta evidencia frente a la incontrastable certeza de la tolerancia complaciente con que su Gobierno consintió el florecimiento de una auténtica república bananera en la Costa del Sol, pese a las voces que por todas partes advertían, incluso dentro del Partido Socialista y de la administración regional, contra el alarmante desarrollo de un sistema de extorsiones y cohechos al amparo de una ficticia legalidad municipal. La connivencia pasiva del PSOE y la Junta con la corrupción marbellí es una realidad flagrante que ni siquiera Chaves puede soslayar desde la omnipotencia de su régimen. Puede lograr que la noticia del vergonzoso veto a la investigación parlamentaria pase inadvertida en la opinión pública nacional y ocupe pocas líneas en la prensa andaluza, diluidas en medio de la alharaca demagógica del pantojazo pero ni siquiera su abrumador manejo de los resortes de comunicación es capaz de poner sordina al común conocimiento de los tejemanejes que miembros del Gobierno autonómico se traían con la propia Pantoja, ni de las concomitancias manifiestas con un Gil al que yo mismo vi recorrer ufano el palacio de San Telmo como invitado de honor en un ágape oficial de medallas y homenajes. Ni puede borrar de la memoria pública el escándalo de los cheques que el difunto ex alcalde y ex presidiario sacó a la luz para mostrar cómo hasta él había sido objeto de un cohecho por parte de intermediarios vinculados a la organización socialista y a la propia Junta. Ni sacudirse la sospecha de pacto de no agresión que desde entonces el propio Gil se encargó de expandir para blindarse ante eventuales injerencias políticas. Y aunque pudiera, no lograría jamás explicar de manera coherente la fehaciente certidumbre de que la gigantesca mangancia del gilismo se desarrolló a plena luz y sin cortapisa alguna bajo las narices de una administración autonómica con recursos y competencias más que sobrados para controlar, como de hecho hace, hasta los más nimios detalles de la vida andaluza. Todo eso no lo va a tapar ni siquiera el humo de la cortina de confusión y demagogia tejida, al pairo de conveniencia de unas elecciones, con la bata ardiente de la Pantoja y su negro toro de pena.