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ABC SÁBADO 5 s 5 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA MÁS ACÁ DE LEPANTO Entre las fintas, o maniobras de diversión, que por acá se estilan para distraer la atención de los problemas centrales que Turquía plantea, entre frivolidad, sensiblería e ignorancia de políticos prestos a lo que sea se blanden chuscadas como la Alianza de Civilizaciones o se enredan sus apóstoles en panegíricos a la tolerancia del islam en Córdoba, en épocas lejanas... OMO Castelao con los paisajes de Galicia, nunca renunciaremos a glorias pasadas, pero no podemos comer de ellas. Y menos adormecernos con el grato susurro de sus evocaciones. La Historia y sus recuerdos deben ocupar un espacio en el imaginario de todo español culto, mas sin maniatar o condicionar nuestras ideas y actos. Sin embargo, en lo referente a Turquía no huelga tener presente una larga secuencia histórica que duró tres siglos como mínimo (para los griegos y eslavos balcánicos mucho más) y en la cual el enfrentamiento crudísimo fue la tónica: pugna de centurias en el Mediterráneo con España, Venecia y el Papado; dos intentos de asalto a Viena (1529 y 1683) por fortuna fallidos; aplastamiento e islamización forzada de albaneses, bosnios, búlgaros... sembrando la cizaña que en otros tiempos, los nuestros, habría de fructificar en guerras y exterminios entre grupos étnicos y culturales, como resultado de la imposibilidad de convivir en condiciones aceptables para todos. Y fue una escapatoria cómoda para la Unión Europea encontrar un culpable único en el nacionalismo serbio, cuando el conflicto surgía de la historia misma del dominio otomano y de la separación hostil y agresiva de las comunidades: voluntarismo bien intencionado (cuando lo hay) frente a testarudez de los hechos. Los recientes disturbios habidos en Turquía entre una parte de la población que no se resigna a regresar a la Edad Media y el gobierno islamista, cuyos actos desmienten de continuo sus palabras, sitúan a la Unión Europea de nuevo (otro caso fue Argelia) ante un dilema de alcance paradójico: preservar la pureza teórica de las formas democráticas y apoyar a quienes pretenden- -y en la práctica van consiguiendo- -una involución en la forma de vida de los turcos y la supresión de la democracia, o inclinarse, más o menos discretamente, por el poder militar, con el débil sustento de los llamados turcos blancos pues sólo estos últimos (militares y clase media ilustrada) garantizan a largo plazo un avance hacia la modernidad y la sociedad abierta. Largo me lo fiáis: tras 83 años de república kemalista la endeblez del sistema es tal que precisa del sostén castrense y, de no existir éste, haría tiempo que el país entero se hallaría sometido nuevamente a la barbarie. o cierto es que Turquía, para lograr la superación del pasado, sufre una pelea consigo misma desde mucho antes de Atatürk. Ya hacia 1855, el firmán imperial que pretendía abolir la trata de esclavos negros (la de blancos se había visto muy mermada por los avances rusos en el Cáucaso) levantar la obligación del velo para las mujeres, otorgar a éstas la capacidad de pedir el divorcio, autorizar los matrimonios mixtos de musulmanas (es decir, romper la endogamia que sostiene todo el tinglado musulmán) o permitir a cristianos residir en la muy sacrosanta tierra de Arabia, chocaron con la ortodoxia islámica, que condenó la prohibición de la esclavitud como un atentado contra las esencias del islam y todo acabó en agua de borrajas: de hecho, la esclavitud, legalmente, ha subsistido en la Península hasta hace escasas dé- C cadas y sobrevive peor que mejor encubierta. El mérito indiscutible de Atatürk- -a quien los islamistas odian cordialmente- -consistió en retomar ideas que venían de muy atrás y llevarlas a la práctica en la medida de sus posibilidades que, a la vista de los resultados tantos años después, se comprende no fueron muchas. El interior y el este de Anatolia se encuentran en grados de subdesarrollo económico, cultural y social verdaderamente dramáticos y constituyen- -más que el peligro de irrupción masiva de musulmanes en Europa- -el fondo de las reticencias a admitir a Turquía en la UE. Si los fondos estructurales de cohesión ya volaron de España gracias a Rodríguez, rumanos, búlgaros, polacos, húngaros, temen con razón perderlos antes de haberlos disfrutado, por el lastre enorme del oriente turco, esponja que chuparía con su pobreza y sus excedentes de población hasta el último euro. Si a esto añadimos que un país con cien millones de habitantes tendría más peso- -y votos- -que Alemania, el panorama puede calificarse con razón de inquietante. ntre las fintas, o maniobras de diversión, que por acá se estilan para distraer la atención de los problemas centrales que Turquía plantea, entre frivolidad, sensiblería e ignorancia de políticos prestos a lo que sea se blanden chuscadas como la Alianza de Civilizaciones o se enredan sus apóstoles, con amor de ciegos voluntarios, en panegíricos a la tolerancia del islam en Córdoba, en épocas lejanas y, por tanto, imposible de rebatir con la evidencia de los hechos visibles en directo. Por suerte, los islamistas de hoy día nos refrescan la memoria ilustrando la realidad de la subsistencia en una sociedad represiva y hermética como ellos pretenden instaurar. Y en algunos lugares han conseguido. Schroeder y Chirac decidieron abrir negociaciones para la adhesión de Turquía en diciembre de 2004, tal vez en el marco de una estrategia multiculturalista, euro- árabe- islámica, antiatlántica y, E en definitiva, antiamericana. Un ciempiés de paso indefinido y patitas nada armónicas, cuya cabeza más significativa lucía el rostro de Erdogan, siempre al asalto de los bastiones institucionales de laicidad que sobrevivían en el país, una vez tomado el parlamento: el Tribunal Constitucional, la Presidencia y el Estado Mayor del Ejército. Pero los movimientos de tal escolopendra no son uniformes ni coherentes, estertores de ultranacionalismo entrecruzados con la marea islámica y en ocasiones en abierto choque con la misma. Pero la ocupación y saqueo del norte de Chipre; la persecución, todavía, de armenios y kurdos; el aplastamiento de las minorías griega o aleví; o la huida de Orhan Pamuk para salvar la vida- -y cuyo Premio Nobel habían exhibido a bombo y platillo los multiculturalistas de acá como prueba de los avances de Turquía- -son todos ingredientes de una situación que exige, al menos, prudencia antes de llegar a ningún acuerdo, de cualquier tipo, no ya de ingreso formal en la UE. No dudamos de los sinceros deseos de un sector de la sociedad turca- -temo que muy minoritario- -por alcanzar y mantener una modernidad a la que tienen derecho, dentro del concepto de Atatürk (y que podría rastrearse hasta Averroes y Platón) de que Turquía, en su totalidad, no podrá avanzar y desarrollarse si se condena a la mitad de la población- -las mujeres, obviamente- -al oscurantismo y los faldomentos. Otra cuestión es que ese desarrollo deba suceder, necesariamente, dentro de la UE, como miembro de pleno derecho y muy por encima de España que, paradójicamente, habría de correr con parte de los gastos de su modernización. Mientras en Ankara, con el apoyo mayoritario de los turcos, perviva un gobierno de islamistas, persuadido de tener a Allah de su parte y por tanto con capacidad de espera eterna, Turquía, país asiático de hoz y coz, no es fiable. Q L ue el más bobo de la clase se apunte invariablemente a fijarnos en lo que nos une y no en lo que nos separa entra en la lógica de quienes viven de tópicos baratos y temen problematizarse nada, pero ése es un juego peligroso y sin ventaja alguna de nuestro lado, porque en tan filantrópica tesitura mientras nosotros corremos con todo el gasto, de la otra orilla se limitan a recibir sin dar nada, excepto la mano con la palma hacia arriba. Por supuesto, no me refiero sólo a dinero ni sólo a Turquía. Queremos saber cuándo va a existir libertad religiosa efectiva en todos y cada uno de los países musulmanes o, al menos, cuándo terminarán los asesinatos de monjas, curas católicos y pastores protestantes; cuándo acabará la feroz endogamia que padecen las mujeres musulmanas y cualquier hombre no musulmán que se les acerque; o cuándo la integración en nuestros países dejará de ser una aburrida mestura de halagos, lloriqueos y amenazas envueltos en el empalagoso hojaldre de las Tres Culturas, la Alianza de Civilizaciones o el espíritu de Córdoba SERAFÍN FANJUL Catedrático de la UAM