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ABC MARTES 1 s 5 s 2007 Tribuna abierta OPINIÓN 9 Eugenio Nasarre Diputado del Partido Popular Pocos meses antes de las elecciones de 1999, las autoridades autonómicas de Castilla- La Mancha hicieron estallar lo que se llamó la trama del lino Fue un escándalo de mayúsculas proporciones. Se hicieron públicas listas de cultivadores y transformadores del lino, tildándoles de sinvergüenzas, aprovechados, falsificadores y delincuentes E leído de un tirón la sentencia de la Sala Primera de la Audiencia Nacional sobre el famoso caso del lino Es una sentencia ejemplar, diáfana, contundente y sobrecogedora. Su lectura, al mismo tiempo que reconfortarme, me ha provocado una profunda amargura. Porque, a medida que la iba leyendo, se me hacía más vivo el recuerdo de ese hombre bueno que fue Carlos Moro, literalmente destruido por el escándalo del lino Carlos Moro era el Delegado del Gobierno en Castilla- La Mancha, cuando estalló el escándalo, a finales de los noventa. Quienes lo conocieron y trataron sabían la ilusión y la entrega con la que trabajaba al servicio de las gentes de la tierra que le vio nacer. Sabían que su vocación política era en él un afán para ayudar a los demás, servirles y mejorar sus condiciones de vida. Como delegado del Gobierno era el mejor abogado de la Comunidad en la que ejercía sus funciones. Quería más escuelas, mejores hospitales; luchaba por la redención del campo y soñaba con una España que atendiera con mayor justicia las necesidades del mundo rural. arlos Moro poseía unas tierras, patrimonio familiar, en su pueblo, en el que su padre había ejercido la profesión de médico. Era el hijo de un médico rural, con todo lo que ello significa. Y, como tantos agricultores- -la sentencia lo relata muy bien- -plantó lino en unas circunstancias en las que multitud de viñedos se habían tenido que arrancar por exigencia de la política agraria comunitaria. Pocos meses antes de las elecciones de 1999, las autoridades autonómicas de Castilla- La Mancha hicieron estallar lo que se llamó la trama del lino Fue un escándalo de mayúsculas proporciones. Se hicieron públicas listas de cultivadores y transformadores del lino, tildándoles de sinvergüenzas, aprovechados, falsificadores y delincuentes. Bono acuñó para ellos la expresión caza primas como si de cuatreros se tratase. Y, con la ayuda de poderosas fuerzas mediáticas, se produjo un auténtico linchamiento, en especial de las personas con notoriedad política. No funcionó la presunción de inocencia. La operación de acoso y derribo hábilmente urdida en los despachos del Gobierno castellano- manchego, tuvo éxito. Claro está que no habría podido triunfar sin la LA HONRA Y LA POLÍTICA H clamación es tan patente que debe ser reconocida por quien la ejercita e dicho antes que a aquel linchamiento en la plaza pública contribuyeron algunos medios de comunicación con sus altavoces vociferantes. Pero más inquietante aún fue el comportamiento del Juzgado de instrucción n 5 de la Audiencia Nacional, cuyo titular es el magistrado Baltasar Garzón. Más de tres años duró la instrucción, que literalmente queda hecha añicos en la sentencia. No hay en el sumario la mínima consistencia exigible en la averiguación de los hechos presuntamente constitutivos de delito, en que debe consistir su tarea. Y ello, por una sencilla razón: porque, como demuestra la sentencia, las administraciones autonómicas denunciadoras poseían toda la documentación, cuya lectura y análisis era suficiente para invalidar sus pretensiones por infundadas. Hubiera bastado, pues, haber examinado, con un mínimo de atención, la documentación en posesión de las administraciones autonómicas como para haber sobreseído la causa, sin dañar la reputación de los encausados. H C colaboración eficaz de medios de comunicación que se arrogaron el poder de condenar en la plaza pública en juicios sumarísimos. L as víctimas fueron una larga lista, empezando por Loyola de Palacio, a la que se acusaba de autora intelectual e instigadora de la trama Cada una de ellas vivió su drama personal. Yo sólo quiero, ahora, dar el testimonio de Carlos Moro. Carlos Moro fue expulsado de la política. La avalancha difamatoria fue irresistible para él. Pero eso no fue lo que más le dolió. Se sintió deshonrado y su fama mancillada. Para muchos, gracias a Dios, la honra es lo que más cuenta, es el más valioso patrimonio que se posee. Era lo más importante para Carlos, un político honrado, hijo del médico de su pueblo. Y sufrió mucho en los pocos años que le quedaron de vida, pues, al poco tiempo, le sobrevino una cruel enfermedad, que supo llevar con admirable dignidad, entereza y esperanza cristiana. Ahora, ocho años más tarde de aquel linchamiento, ha llegado la sentencia de la Audiencia Nacional, que, aunque tarde, hace justicia. No sólo absuelve a todos los procesados con todos los pronunciamientos favorables. Lo más importante en ella es el relato de los hechos. Desmonta, punto por punto, con una claridad meridiana, todas las acusaciones sobre la presunta trama, sin que se observe- -llega a decir textualmente- -el menor dato que permita deducir algún tipo de actuación delictiva Y no sólo eso, sino que, en virtud del artículo 240 de la ley de Enjuiciamiento Criminal, ha impuesto las costas procesales a la Junta de la Comunidad de Castilla- La Mancha, al apreciar en sus acusaciones temeridad y mala fe aclarando que tales conceptos existen cuando las pretensiones que se ejercitan carecen de consistencia y la injusticia de su re- l caso del lino nos debería mover a la reflexión. Nos revela las grandes debilidades de la democracia mediática en que vivimos. Porque pone de manifiesto que, mediante una campaña bien orquestada con la colusión entre un poder político y algún poderoso medio de comunicación, no resulta especialmente oneroso la destrucción del adversario político con el sencillo recurso de las prácticas difamatorias. La víctima no tiene armas con qué defenderse. La reparación a posteriori del daño causado nunca es completa ni satisfactoria, teniendo en cuenta los tiempos en que se desarrolla la vida democrática. El problema radica en que una acusación infundada, así como su difusión a través de los amplificadores mediáticos, a veces ensordecedores, sale casi gratis. En el caso del lino al menos han tenido que asumir el pago de las costas procesales. ¿No es éste un problema grave que debemos afrontar para evitar que nuestra vida democrática se deslice por la pendiente del cainismo, en la que gentes sin escrúpulos puedan fácilmente destruir a quienes aprecian la honra propia y ajena como el patrimonio del alma y, por eso, el más valioso? ¿Queremos una democracia en que imperen los primeros sobre los segundos? ¿Dónde están ahora los acusadores y sus altavoces? E