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ABC MARTES 1 s 5 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL LOGOTIPO este Gobierno tan escrupuloso soi disant se le va a colar un camello batasuno someramente disfrazado por el ojo de la aguja de la Ley de Partidos, pero en materia de revisionismo y simbología mantiene una asombrosa atención a los detalles y no da puntada sin hilo. Todo lo que signifique reinvención de la política o ruptura con el pasado inmediato excita su imaginación con una creatividad cargada de matices, y le provoca un activismo de alta productividad para el que no hay elemento de menor cuantía. Nada escapa, por nimio que parezca, a este compulsivo afán de reescritura histórica. Ni siquiera un simple logotipo. IGNACIO En los periódicos ha CAMACHO aparecido con letra pequeña la convocatoria de un concurso para elegir un nuevo logo gubernamental. Ya saben, un dibujito, un pictograma, un emblema con el que representar la identidad corporativa en membretes, cartelería, papeles y demás soportes de comunicación oficial. Un sello, un distintivo de la Administración del Estado. Nada raro... salvo que ese logotipo ya existe, y lo que en realidad se va a hacer es sustituirlo. Porque se trata, ni más de menos que del escudo constitucional de España. Sí, sí, el escudo. Con sus corona, sus dos columnas, su castillo, su león, sus barras aragonesas, sus cadenas navarras y su granadina granada. El blasón histórico del Reino de reinos que es España. Ése es el emblema, potente, explícito e inconfundible, que encabeza e identifica desde hace años la papelería y la publicidad del Gobierno, y que a alguien debe de haberle parecido una antigualla impropia de la rutilante modernidad zapaterista, una rancia reliquia anacrónica y políticamente incorrecta para la plural nación de naciones del nuevo edén del confederalismo. A la basura con él, pues; paso libre a la abstracción icónica que eluda cualquier motivo de agravio de los nacionalismos y diluya entre novedosos y vanguardistas diseños de colores las referencias explícitas del pasado nacional. Están en todo. A un Estado débil, vaporoso, fragmentado e impreciso, con competencias cada vez más escasas y menos integradoras, le corresponde una identidad visual abstracta, banal, genérica, como la de una marca comercial de vago contenido nominalista. Nada de referencias históricas a conceptos discutidos y discutibles Un simbolito trivial, un ideograma ligero, una insignia escueta y descomprometida que desasocie al Gobierno de toda connotación de arraigo histórico, de compromiso nacional o de proyecto colectivo y lo relacione con la idea indolora de una empresa de prestación de servicios. Y aún habrá que dar las gracias porque, entre las condiciones del concurso, figure la presencia de la palabra España y la obligatoriedad de inspirarse en los colores de la bandera nacional. Porque, tal como están las cosas, tal como sopla el viento deconstructivista y tal como discurre el proceso de reinvención adánica, podrían haber aceptado el morado republicano en el código cromático y sustituido el nombre de la nación por el de este país A LAS POLÍTICAS DE SENTIMENTALIDAD A contención emotiva que era en el pasado un elemento del comportamiento público ha sido sustituida por el emocionalismo, el masaje emotivo de los lenguajes corporales y esa suerte de fusión comunitaria que usamos cada vez más para expresar en conjunto más sentimientos que ideas. Eso ya cuenta mucho en política. Está el homo videns en empatía total con las vicisitudes del Gran Hermano y al otro extremo se expresan los nuevos narcisismos, el lifting y la democracia epidérmica. Transversalmente tenemos el buenismo, la Alianza de Civilizaciones y la idea de que los poderes oscuros del planeta provocan el cambio climático. En Gran Bretaña, al príncipe Harry no le dejan ir a la línea de combate por razones de seguridad, pero también por ese clima de sentimentalidad. El yo elige en todo, sustituyendo la liturgia por una canción de John Lennon. Donde estuvo Séneca hoy cotiza el Prozac. En lugar de incitarnos a emular la solidez y la fortaleza ante la desgracia, se premia la fragilidad y el hecho de exhibirla. Entrevistado en Le Monde el historiador Christophe VALENTÍ Prochasson dice que en la vida polítiPUIG ca, las pasiones- -todo lo que revela psicología y afectos- -predominan sobre las ideas. Más que pasiones, veleidades del yo Es decir: ya no se habla de clase social- -desde la izquierda, por ejemplo- -sino de sufrimiento, de víctimas. Lo que se pide al político es que sienta empatía antropológica por esas víctimas. Puesto que nadie es responsable de nada, la culpa la tiene aquello de lo que dependemos: sea el Estado, un sistema asistencial, la política de afirmación positiva. Traspasada al campo político, toda catástrofe personal tiene unas causas que nos hacen irresponsables e inocentes: en fin, nos extralimitan, nos eximen de ser origen de nuestros propios males. Alterados por ese sesgo, los sistemas de protección social acaban por ser lógicamente incapaces de abarcar todas las expectativas o de asumir de forma realista cuotas de aplicación plausible. Siempre serán insuficientes, ineficaces y, en definitiva, uno de tantos L elementos de la injusticia como componente universal de la vida social. Un ser humano invariablemente bueno acaba pagando siempre por las faltas de un mundo invariablemente imperfecto e insatisfactorio. De tales imperfecciones insatisfactorias, la culpa es usualmente de otro, a fin de que nos quede el recurso de sentirnos maltrechos, con derecho irrenunciable a alguna reclamación social o metafísica. Ocurre ya sea en el sistema educativo, sanitario o judicial: sentirse mal ante sus disfunciones da derecho a algo más. Así derivamos a una consideración superficial sobre la naturaleza de las instituciones. La política se simplifica, se fragmenta y se hace más pueril. Lo importante es sentirse bien y no la satisfacción de hacer las cosas según lo debido. Ese es uno de los fundamentos más obvios del buenismo: lo bueno alcanzable por derecho adquirido, sin necesidad de esfuerzo, espontáneamente. No pocas formas de ingeniería social de nuestros días- -como son las ramificaciones de la idea del Estado de bienestar- -tienen por origen esa sentimentalidad. Al Estado le corresponde protegernos en todo y bajo cualquier concepto desde la cuna hasta la tumba: nada concierne a nuestra responsabilidad individual. Todo va bien si nos sentimos bien, algo es injusto si nos sentimos mal. Lo que nos cure naturalmente es bueno, mientras que toda imperfección en un tratamiento corresponde a lo que en la medicina es convencional y no natural. La terapia que sustituya la aspirina por unas algas consuma el retorno a lo puro frente a la impureza de la ciencia sospechosa. Lo que acaba por suceder es que la sentimentalidad sólo puede instalarse en el intercambio social si de una vez niega lo que es real: es decir, que las cosas requieren de una u otra forma de esfuerzo, que todo logro humano tiene un poso de imperfección y que sustituir el reconocimiento de la realidad por la apoteosis de lo emotivo ni cura, ni libera, ni exime. Pero un masajeo del ego tiene hoy más valor que un acto de voluntad. Las políticas de sentimentalidad pretenden haber erradicado de la vida colectiva toda contingencia trágica. La catástrofe de Darfur se debe a una perversa distribución de vitaminas. vpuig abc. es