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ABC LUNES 30 s 4 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA HABERLO, HAYLO AY proceso. Sin alharaca, lento, con poco ruido, casia cencerros tapados, pero el hilo de la negociación sigue adelante bajo la espuma de la política y en un estado de mutua desconfianza entre las partes. Zapatero ha aprendido la lección tras el atentado de Barajas y el caso De Juana y ha decidido hacer caso a quienes le aconsejaban huir de la publicidad de un diálogo retransmitido en directo. Aquella presuntuosa arrogancia con que, la víspera del bombazo en la T- 4, anunció tan ufano una inminente mejoría del problema se ha convertidoenelpuntodeinflexión táctica a partir del cual el Gobierno ha decretado la inmersión y apenas deja en la superficie de la opinión pública el periscoIGNACIO pio de su propia esperanza. CAMACHO El presidente casi ha abolido de su discurso electoral toda referencia al terrorismo, y se agarra a la ambigüedad dialéctica cuando alguien lo requiere de manera explícita: no hay proceso porque ETA no quiere Pero haberlo haylo. Es más: no existe ya otra prioridad política en este mandato. Y sigue su curso. Quizá el objetivo sea ahora menos ambicioso: el mantenimiento de un statu quo provisional, sin atentados. Cumplida la primera condición de ETA- -el alivio de pena de De Juana Chaos- la segunda está en vías de arreglo. La asombrosa ingeniería electoral de Batasuna ha sembrado de listas los registros de la noche a la mañana, en una masiva maniobra de confusión destinada a proporcionarle al Gobierno la necesaria coartada exculpatoria. Garzón ha hecho su parte del trabajo a costa de desdecirse por enésima vez asímismo, laFiscalía salvaelexpedientedesperdigando recursos a voleo y las fuerzas del orden, desbordadaspor lavertiginosaproliferación de candidaturas como hongos, evacuan informes abiertos a cualquier criterio judicial. Al final ocurrirá lo previsible, o tal vez, lo previsto: caerán las listas visiblementecontaminadas y pasarán las suficientes para que se cumpla el requisito exigido. Esto es, que Batasuna vuelva a las instituciones y se enchufe de manera inmediata- -previo allanamiento procedimental en la flamante ley de financiación de partidos- -a la teta de las subvenciones del Estado. Por si acaso, el Gobierno aprieta las tuercas a los comandos que puede cazar, en prevención de otra jugada desleal de ETA. Pero Moncloa sabe que la llave de su tranquilidad está en el cumplimiento de una secreta hoja de ruta cuyos tiempos y condiciones se ha dejado marcar. El paso de Batasuna por los filtroselectorales lepermitiríallegarsin atentados al 27- M y esperar el siguiente movimiento de la compleja partida. Esta vez en silencio, mirando al tendido, caminando por el filo de la ley con una flaca voluntad política que destejepor vía de hecho laespesa trama legalque había achicado el campo a los terroristas. Ya sólo queda el Supremo. La Sala del 61, porfiada a conciencia por el ministro Bermejo en los últimos meses, se perfila como el último diqueante la torticera irrupción del terrorismo en la legalidad política. Pero no será un puñado de jueces el responsable de lo que ocurra. El precedente de 2003, cuando se cerró la puerta a toda infiltración batasuna, deja bien claro que si el Gobierno estuviese realmente dispuesto no habría nadiecapaz dedesatornillar el perno de la resistencia del Estado. H SECTAS EVANGÉLICAS LEVO casi un par de semanas por tierras hispanoamericanas, en una gira de promoción de mi última novela. Me está causando una hondísima impresión el auge de las sectas evangélicas por estas tierras; un auge que, según me cuentan diversos amigos, se ha producido en unos pocos años y que registra un crecimiento de adeptos en progresión geométrica. Algunas de estas sectas cuentan, incluso, con canales televisivos volcados en el proselitismo. Cuando vuelvo al hotel, busco estos canales, para poner a prueba mi capacidad de asombro. Aparecen en la pantalla unos sedicentes pastores híbridos de orate y vendedor de crecepelos, que enardecen a sus auditorios con una retórica de parvulario, aderezada de apóstrofes que los adeptos a la secta jalean con entusiasmo. La Biblia es usada en estas alocuciones como una especie de manual de autoayuda; la exégesis que se hace de ella es de una zafiedad tergiversadora que causa grima. Tarde o temprano, el sedicente pastor acaba llevando el agua a su molino: ofrece su prédica como una vía de éxito profesional; pero enseguida liga esa JUAN MANUEL promesa de prosperidad a la satisfacDE PRADA ción de un diezmo. Para legitimar la exacción, el sedicente pastor invoca citas cogidas por los pelos de los Proverbios o de Malaquías en las que Dios reclama a los creyentes las primicias de su trabajo. La prédica alcanza hacia su desenlace un clímax lisérgico: el sedicente pastor lanza proclamas rescatadas del repertorio de un charlatán de feria; los adeptos asienten, se entregan al llanto, se desgañitan, gritan alabanzas que más bien parecen imprecaciones. Al sedicente pastor le brilla el rostro con un sudorcillo atocinado y risueño. Tras la prédica se suceden unos anuncios con estética de teletienda en los que se ofrecen recetarios para la sanación del alma, colgantes con propiedades de talismán, zarandajas y bisuterías varias a las que se atribuyen poderes sobrenaturales. No faltan tampoco los llamamientos a quienes se sienten solos, incomprendidos, desahuciados; la propaganda de estas sec- L tas evangélicas se dirige muy especialmente a las mujeres, a quienes seduce con promesas de plenitud espiritual entreveradas de morralla feministoide. Aparecen también un par de individuos ataviados con una indumentaria que se pretende similar a la de los sacerdotes, invitando a los espectadores a participar de no sé qué ceremonia que parodia la Eucaristía. Según me cuentan, una de las estrategias más empleadas por estos sacaperras consiste en infundir el espejismo de que sus celebraciones son aproximadamente católicas; de este modo, muchos neófitos ni siquiera tienen conciencia de haber abandonado la Iglesia. Le pregunto a mis amigos si entre los medios de comunicación pretendidamente serios y entre las élites intelectuales no han surgido muestras de alarma ante el auge de estas sectas. Me sonríen sarcásticos: los medios de comunicación pretendidamente serios y las élites intelectuales están demasiado ocupados arremetiendo contra la Iglesia católica. Aunque, por supuesto, contemplan con desdén el fenómeno, con ese tibio desdén que se destina a las faunas infrahumanas, lo toleran; y justifican esa tolerancia amparándose en la libertad de culto. Pero la razón verdadera de su transigencia es mucho más artera: de un modo retorcido, han hallado en el auge de las sectas evangélicas un formidable aliado en su designio de destrucción, que dirige su artillería contra la Iglesia católica. Durante siglos, el combate contra la Iglesia se presentó como una lucha contra el oscurantismo; ahora ya sabemos que el propósito de ese combate era muy diverso: se trataba de derrotar una fe religiosa sustentada sobre dos mil años de sabiduría acumulada, sustentada sobre una tradición cultural que ofrecía una visión concertada del mundo. Estas nuevas expresiones seudorreligiosas carecen de esa tradición, se alimentan del caos y actúan como arietes contra los baluartes culturales tan costosamente erigidos a lo largo de los siglos, dejando que sus adeptos chapoteen en un cenagal de ignorancia. Las sectas evangélicas se convierten, de este modo, en un instrumento más de ese designio de destrucción que guía a quienes desean instaurar una nueva forma de esclavitud.