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ABC SÁBADO 28 s 4 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL SÍNDROME MARINALEDA ÓLO Esperanza Aguirre, que gusta de ejercer de ocasional outsider para pisar terrenos políticamente incorrectos, ha dicho en voz alta lo que todo el PP piensa y calla: que la entrevista televisada de Rajoy con cien ciudadanos fue una encerrona. Que le preguntaron con inusitado encono, sobre todo en comparación con Zapatero, y le buscaron las cosquillas con poco imparcial denuedo. Como el candidato salió de la emboscada incólume, victorioso y con el prestigio reforzado- -misterios de la política, porque no formuló una sola propuesta y se limitó a IGNACIO torear con temple pregunCAMACHO tas envenenadas- la cúpula popular ha preferido disfrutar del éxito y dejar correr el episodio; cuando ganas no resulta elegante quejarse del árbitro ni de las patadas. Pero las cosas son como son: aquello fue una cruda escenificación de la intensa soledad con que el PP se mueve en una política hostil, diseñada desde el Gobierno para aislar al centro derecha con una especie de culpabilización masiva y un negativo proceso de intenciones y prejuicios. Días atrás, Javier Arenas lo resumía en privado con una frase certera: Parecía que Mariano estaba en Marinaleda A mediados de los 90, en una campaña electoral, Arenas decidió ir a Marinaleda, el feudo del sindicato de jornaleros, el corazón rojo de la Sierra Sur sevillana. Con Amalia Gómez y un breve séquito de periodistas, se presentó a la hora convenida en un pueblo que le recibió con las calles desiertas como el de Gary Cooper en Solo ante el peligro Tras dar varias vueltas, la comitiva sólo encontró allí alguna mirada furtiva tras los visillos, así que ante el evidente boicot Arenas decidió tomar un café antes de irse de vacío. En la puerta del único bar visible se interpuso un tipo con la expresión malencarada: Está cerrado El candidato pepero no se quiso arrugar. ¿A qué hora abre? El hombre miró el reloj con mucha cachaza y respondió sin cortarse un pelo: Para ustedes, a las ocho Eran las seis y cuarto: Arenas entendió el mensaje, dio media vuelta, se subió al coche y salió pitando. Bajo ese síndrome de rechazo que con notable éxito ha construido la izquierda, ha de vivaquear el PP con un cuarenta por ciento de respaldo electoral en la mochila; casi media España excluida de cualquier atisbo de consenso. Rajoy ha optado con mucha paciencia por cargarse a la espalda la misión de desatar a base de delicadeza ese nudo gordiano de obstruccionismo y recelo, ante la desazón de quienes en su propio bando preferirían liarse a navajazos con la soga. No lo tiene fácil, y ha de tragarse sapos como el de esa entrevista en la que no salía la España cabreada con el Gobierno, sino sólo un montón de ciudadanos dispuestos a procesar moralmente a la oposición. Ése es el juego planteado; en campo ajeno, con el público en contra y un adversario marrullero protegido por un árbitro favorable. Si se defiende con leña, le pitan penalti, y si juega mejor, ha de procurar que no se note demasiado. En ese escenario tan desequilibrado, lo difícil no es sólo ganar, sino salir indemne de la victoria. S LA TERCERA ESPAÑA NTRE las patrañas consagradas por el pensamiento dominante en torno al exilio provocado por la Guerra Civil quizá no sea la más nimia hacernos creer que fue el levantamiento militar y la posterior victoria de Franco la causa única de que miles de españoles pertenecientes a las élites intelectuales y políticas abandonaran el país. Se nos escamotea que hubo un primer exilio compuesto por no pocos dirigentes políticos de línea centrista, distinguidos oficiales del ejército que habían servido lealmente al gobierno de Madrid durante las primeras semanas de la guerra y cientos de intelectuales que profesaban un ideario republicano moderado. La razón por la que todas estas personas tan valiosas deciden exiliarse no es el temor a las represalias de los rebeldes, sino por el contrario el horror que les provoca el proceso revolucionario que se desata en la zona controlada por el gobierno republicano, la repulsa que les producía el espectáculo de una España radicalizada donde cada día se perpetraban de forma casi aleatoria los crímenes más abyectos, sin que las autoridades hiciesen nada por evitarlo. Resulta muy interesante, por ejemJUAN MANUEL plo, analizar la heterogeneidad ideológiDE PRADA ca existente entre los asilados en las embajadas de Madrid durante la Guerra Civil. Las colonias de asilados no las componían tan sólo desafectos al Gobierno, sino también militares leales como el general Castelló, primer ministro de la guerra al producirse el levantamiento militar, que sufrió un derrumbamiento cuando supo que su hermano había sido asesinado en Badajoz por elementos frentepopulistas; o como el general Castro Girona, que rechazó por repugnancia moral la Jefatura del Estado Mayor que le ofreció Largo Caballero; o como el capitán Fernández Castañeda, miembro del Estado Mayor del general Miaja. También se contaron entre los refugiados en las embajadas diputados y ex ministros republicanos como Diego Hidalgo, del partido radical, así como Francisco Morayta, que había sido gobernador civil de Madrid con el gobierno de Martínez Barrio, o Pedro Rico, E primer alcalde de Madrid durante la Segunda República. Ninguno de estos personajes de limpia ejecutoria republicana era partidario de la sublevación militar; abominaban, simplemente, de la orgía de sangre que los elementos revolucionarios habían desatado en el seno de la España republicana. ¿Y qué decir de intelectuales como Gregorio Marañón, Salvador de Madariaga o Ramón Gómez de la Serna, por citar tan sólo a tres entre los muchos cientos que abandonaron España, temerosos de su vida? ¿También habremos de admitir que eran lacayos de Franco? En una emocionante carta que, en enero de 1937 (apenas un mes después de exiliarse en Francia) el doctor Marañón dirige al embajador chileno Agustín Edwards, delegado de la Sociedad de Naciones, leemos: Yo no puedo darle a usted los nombres de las personas de izquierdas, absolutamente neutras, que han tenido que esconderse por el justificado temor de perder su vida: ya por haber sido directamente perseguidos, ya por haber visto de cerca la persecución de los suyos. Como la tolerancia era el ideal fundamento de muchos de nosotros, ahora nos duele con dolor de tragedia el ver que el negarle se considera como una cosa natural. Por eso están voluntariamente desterrados la casi totalidad de los hombres de izquierda española, cuyo izquierdismo no iba a cruzarse de brazos ante el crimen. Tiene usted dónde escoger entre las docenas y docenas de profesores de la Universidad española, en su mayoría liberales y republicanos, que viven ahora en Francia y en otros países, y más aún, a los ex ministros republicanos; todavía más: a los propios ex ministros del Frente Popular que con distintos pretextos están ausentes de la República democrática y parlamentaria, a la que no quieren volver. Piense usted que no le habla un renegado de sus ideas de siempre, si bien por ser ahora, como siempre, fiel a ellas no puede convertirlas en tapadera de la violencia, de la arbitrariedad y el fanatismo; de todo aquello que he combatido siempre y combatiré mientras viva El fanatismo, la arbitrariedad y la violencia que denunciaba Marañón vuelven a triunfar en nuestros días. Por eso nunca se habla de los exiliados de la tercera España.