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ABC VIERNES 27 s 4 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA ENFRIAMIENTO PROVISIONAL A palabra es hartazgo. Los sociólogos de cabecera de los grandes partidos, los que indican a los estados mayores el estado real de la opinión pública, han detectado con claridad un notable cansancio ante la política de garrotazo y tentetieso y han empezado a aconsejar moderación y recato. Durante meses han estado atizando el fuego de la crispación, convencidos de que servía para movilizar a unos ciudadanos reactivos ante la oferta política, pero ahora empiezan a darse cuenta de que el recalentamiento ha alcanzado la temperatura a partir IGNACIO de la que se torrefacta en CAMACHO exceso el clima social, y proponen recetas de enfriamiento y cortesía. La gente se ha hartado de confrontaciones, y en las encuestas de referencia surge la tendencia a echar de menos un partido que bascule entre los dos grandes y acolche las polémicas con un eje de centralidad. A un mes de las elecciones locales y autonómicas, esta flamante voluntad moderantista se percibe ya con trazos gruesos en el escenario de la campaña, donde el perfil agresivo ha quedado relegado con claridad a un segundo plano. Zapatero vuelve a poner carita de no romper un plato y promete convocar a Rajoy mientras insiste en el cierre del proceso El líder del PP feliz tras su paso por la encerrona de TVE, parece encantado de hablar de problemas sociales y delega en su muy quemado escalafón inmediato- -Acebes y Zaplana- -la confrontación sobre la estrategia antiterrorista. En un estudiado y eficaz gesto de fair play zalamero, ayer incluso se fue a cenar en Barcelona con la ciudadana que le reprochó en la tele animadversión por ese Estatuto del que, por cierto, acaba de renegar Maragall en su enésimo bandazo errático. Pepe Blanco tasca el freno de su máquina de insultar para enfriar el ambiente, y hasta Josu Jon Imaz propone pactos transversales y llama al consenso nacional para prevenir un eventual regreso asesino de ETA. No hay duda: las elecciones están encima, y sólo el más que probable paso de Batasuna, con la connivencia del Gobierno, por los filtros de la Ley de Partidos puede romper esta inédita mesura que domina de repente la atmósfera política. La pregunta que cabe hacerse es si se trata de una táctica de coyuntura provisional o esta especie de general galantería sobrevenida puede trascender al 27 de mayo. Improbable. Los partidos sólo aceptan treguas cuando se ventilan votos a corto plazo y el empate de los sondeos ofrece un pronóstico incierto en el que resulta imprescindible cortejar a los electores más templados. En cuanto acabe el recuento, la receta de los perdedores será meter la máxima leña posible en la caldera y embestir a toda presión en un último envite. Nuestra dirigencia pública no cree, en el fondo, en otra estrategia que la del abordaje por las bravas. Pero ojo, que algunos no van a contar en mayo los votos, sino las abstenciones. Si son tantas como ahora mismo se presume, se pondrá en marcha una operación para encauzar esa decepción hacia una tercera vía. La vía Bayrou. L EN FIN CUANDO LOS PUEBLOS SE MATAN RANCISCO Fernández Ordóñez fue un político camaleónico. Lo que, en su caso, no tiene por qué interpretarse necesariamente en sentido peyorativo. Contravino la recomendación de San Ignacio y sí hizo mudanza en tiempos de tribulaciones, pero ni a él, ni a la política española, les fue mal con los cambios. Sirvió al Estado en los últimos tiempos del franquismo; encarnó el pariente socialdemócrata de aquella extraña familia llamada UCD, que, como toda parentela de conveniencia, acabó desuncida por las intrigas de pasillo, a las que nuestro personaje no fue ajeno; y, finalmente, hasta su muerte prematura en 1992, formó parte de sucesivos gobiernos socialistas de Felipe González como ministro de Asuntos Exteriores. Sea cual sea el juicio que a algunos les haya merecido ese trasiego, Pacordóñez ha dejado inscrito su nombre en dos hitos legislativos de la Transición: la primera gran reforma fiscal y la aprobación de divorcio. Una vida política tan diversa y trashumante tenía por fuerza que fraguar en un carácter escéptico, especialmente en sus últimos años, cuando oteaba la escena internacional más con la curiosiEDUARDO SAN dad del paisajista que con la vehemenMARTÍN cia militante de un profesional como, digamos, Miguel Ángel Moratinos. Poco tiempo antes o después de la Conferencia de Madrid sobre el conflicto israelo- palestino (otoño de 1991) Fernández Ordóñez me transmitía la siguiente reflexión: Cuando dos pueblos se empeñan en matarse, nada se puede hacer desde fuera Escribo de memoria, y probablemente lo que dijo es mejor no hacer nada pero, como no puedo asegurarlo, elijo la versión menos malévola. Conviene recordar en todo caso que aún no había comenzado la carnicería de los Balcanes, aunque ya se presagiaba. Me viene a la memoria esta frase, ahora que el stablishment político norteamericano, y el de medio mundo con él, debate sobre la mejor salida a la ocupación militar de Irak, y qué puede hacer la comunidad internacional para impedir una catástrofe aún mayor de la que se está produciendo. F Hace ya tiempo que el conflicto iraquí ha dejado de ser básicamente una batalla contra el terrorismo internacional, aunque pudo haberlo sido en un principio. De hecho, la presencia de Al Qaida en el país es contestada, y no sólo dialécticamente, por grupos de la insurgencia suní. También es cada vez menos una lucha contra el invasor. Y a lo que más se parece, en estos momentos, es a una guerra civil de carácter étnico- religioso. ¿Tiene sentido, pues, mantener una ocupación militar que se justificó con el primero de los escenarios y que más tarde fue avalada por la ONU con el objeto de reconstruir el estado y el país? ¿O deberíamos caer en la tentación que nos ofrecía Fernández Ordóñez? ¿Debemos dejar que dos pueblos se maten si ese es su empeño? No tendríamos por qué escandalizarnos. Lo estamos haciendo todos los días, en África sobre todo. Naciones Unidas, o cualquier país por su cuenta, exhiben sus credenciales samaritanas sólo cuando están en juego intereses muy próximos (en el caso de la ONU, los de algunos de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad; esa es, hablando en plata, la sustancia de la pretendida legalidad internacional) Darfur, Ruanda, Somalia... nos recuerdan la injusta y desigual vara con la que se mide la necesidad de intervenciones militares internacionales. A pesar de todo, en contra del criterio de Pacordóñez y por más que haya que taparse las narices en tantas ocasiones, el ejemplo a seguir no es Ruanda, sino Kosovo. Las implicaciones de Irak en la estabilidad política de una región progresivamente nuclearizada (Israel, Irán, Pakistán) y en la seguridad energética del mundo (no sólo de Estados Unidos) son enormes. Dos condiciones serían necesarias para que una intervención renovada levantara menos ronchas y fuera más eficaz: que la ONU realizara una formulación distinta de la misión internacional, adaptándola a la nueva realidad bélica; y que se implicara en la solución a las dos potencias regionales (Arabia Saudí e Irán) que actúan como referencia de las dos comunidades religiosas enfrentadas en Irak. Dicho sea con toda la ingenuidad de quien piensa que escabullirse es la peor de las alternativas.