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ABC MARTES 24- -4- -2007 Fallece el primer presidente democrático de Rusia INTERNACIONAL 37 Sintonía con EE. UU. y el presidente Bill Clinton. Bajo el mandato de Yeltsin las buenas relaciones con Washington iniciadas con Mijail Gorbachov se consolidaron y registraron un gran avance. La imagen del presidente ruso y Bill Clinton presos de un irreprimible ataque de risa en la Casa Blanca dieron la vuelta al mundo y pusieron de manifiesto la buena sintonía personal de ambos líderes Difícil relación con Gorbachov. Aunque el padre de la perestroika le promovió, Yeltsin le criticó y le arrebató el poder tras el intento de golpe de 1991 Declive y sucesión. En 1995, Yeltsin sufrió dos nuevos infartos, pero se presentó a las presidenciales de julio de 1996 y fue reelegido. En noviembre de ese año fue sometido a un quíntuple by- pass coronario. Su declive físico e intelectual fue evidente. Cambió cuatro veces de primer ministro, en busca de sucesor, hasta que en 1999 dimitió y nombró a Vladímir Putin. Demasiado humano En Rusia ya no quedan políticos como él. Impulsivo, bebedor, desmadrado y ansioso de occidentalizar su país por más que él suscitase pavor en Occidente. Un filón para la Prensa. Un personaje de uno de esos cuentos tristes y divertidos de Chejov ALBERTO SOTILLO MADRID. Boris Nikoláievitch Yeltsin siempre inspiró una visceral desconfianza en Occidente por su tosquedad, sus maneras un tanto campesinas y sus desmadres. Los politólogos occidentales nunca le perdonaron que apartase del timón a Gorbachov, por quien sentían una infinita simpatía. Pero, por esos mismos motivos, contó con el incondicional respaldo de sus compatriotas durante el desmoronamiento de la URSS. Porque era uno de ellos, un ruso de su tiempo, un Iván Ivánovich metido en política: un poco bruto, buen bebedor, excesivo, con muchas ganas de occidentalizar a su país y dispuesto a mandar a la URSS al basurero de la historia en dos patadas. Su desmadrada humanidad dio pie a las más rocambolescas crónicas. Fue un filón inagotable para quienes por entonces éramos corresponsales en Moscú. Una mañana amanecimos con la noticia de que Boris Nikoláievich fue rescatado por la policía de las aguas del río Moskva a las que había caído con un ramo de flores en la mano. Su honor de caballero, dijo después, le impedía dar explicaciones sobre lo ocurrido. Naturalmente, se sospechó que acudía a una cita galante. Pero lo cierto es que, en sus relaciones con las mujeres, no volvió a dar que hablar más que cuando, en cierta ocasión, mientras las cámaras filmaban su entrada al despacho, se acercó sigilosamente a la secretaria y la pellizcó por la espalda. La mujer pegó un salto del susto mientras él hacía un pícaro guiño a las cámaras. En cambio, lo que cada vez dio más que hablar fue su inclinación por la bebida. Los suyos lo negaban, pero lo cierto es que, cada vez que descendía del avión, el hombre se tambaleaba escandalosamente. Efecto de los farmacos, decían sus ayudantes. A sus compatriotas nunca les cupo duda del tipo de medicina que tomaba. Tal vez su imagen más penosa fue cuando, de gira por Alemania y ante la solemne orquesta sinfónica que le esperaba, arrebató la varita al director de orquesta e hizo el intento de dirigirla mientras perdía el equilibrio. Con la economía de su país en caída libre, el caos cirniéndose sobre el viejo imperio y el recuerdo de la sangre derramada en Chechenia aquella imagen parecía la patética ilustración de cómo había perdido las riendas de la historia. Sin embargo, sus ansias democratizadoras fueron muy sinceras. Gorbachov sólo quiso reformar el Partido; Yeltsin se propuso acabar con la URSS y occidentalizar a Rusia, él precisamente, tan chocante en Occidente. El imperio se le cayó encima, el proceso se le desmadró. Aquello fue un carajal. Pero lo cierto también es que muchos temíamos que la tragedia que finalmente se cebó con Yugoslavia fuese un guión escrito para la URSS. No fue así, aunque la Unión Soviética tenía muchas más papeletas que los Balcanes para degenerar en guerra civil. Su página más sombría fue la carnicería de Chechenia. Pero aquel ejercicio de brutalidad no fue el zarpazo de un Estado autocrático, como se dijo muy a la ligera. Al contrario, fue la reacción de pánico de un Estado muy frágil, muy debilitado en el cambio acelerado que vivía. Yeltsin era bruto, pero no sanguinario. Recuerdo que, antes de que fuese diputado, todavía en tiempos soviéticos, el ultra Yirinovski se coló en el Soviet Supremo y se puso a gritar como un energúmeno que había que aplastar como fuese la rebelión independentista de las repúblicas bálticas. Y Boris Nikoláievitch, que se fajaba con cualquiera, también a los gritos le contestó que lo principal era evitar el derramamiento de sangre. Su mayor fracaso fue el baño de sangre sin paliativos de Chechenia. Los rusos no tienen ninguna nostalgia de los tiempos de desmadre de Yeltsin. No deja de ser ilustrativo de la evolución del país que sus compatriotas ya no se identifiquen con aquel Boris impulsivo, bebedor, demasiado humano y dispuesto a democratizar su país aunque fuese a puñetazo limpio. Ahora prefieren al kagebista frío, karateka, abstemio y garante de la estabilidad de Putin. Aunque un mérito nadie le va a negar: él fue el primer líder de Rusia que se retiró voluntariamente del poder y, por bebedor que fuese, desde entonces nunca tuvo síndrome de abstinencia del mando. Cuando perdió el equilibrio AP aplastamiento a cañonazos de la revuelta parlamentaria de octubre de 1993 y la guerra en Chechenia, fueron minando su popularidad. Su afición al alcohol le hizo perder muchas veces la compostura, avergonzando al país ante el mundo, y arruinó su salud. El colapso del sistema bancario y el hundimiento del rublo, en 1998, le pusieron definitivamente entre la espada y la pared. Presiona- do por su entorno, dimitió antes de que expirase su mandato y entregó el poder a Putin. Los pocos que todavía le aprecian sostienen que sólo con él los rusos gozaron de autentica libertad y democracia. ABC. es Vídeo y fotos del ex presidente de Rusia en: abc. es internacional Boris Nikoláievich fue rescatado de las aguas del río a las que había caído con un ramo de flores en la mano