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ABC LUNES 23 s 4 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA A PUERTA CERRADA A explicación de la escasa valoración que Mariano Rajoy recibe en la mayoría de los sondeos- -en torno al 4 sobre 10- -pese a una expectativa de voto de cerca del 40 por 100, es muy sencilla: lo puntúan muy bajo los votantes nacionalistas y de izquierda, que sin embargo están razonablemente contentos con un Zapatero volcado hacia sus reivindicaciones. Ahí reside también la esperanza fundamental del presidente, que confía en contar con el voto útil de muchos electores dispuestos a evitar que el PP frene la deriva confederal emprendida IGNACIO en esta legislatura. Las CAMACHO cuentas del PSOE para las generales pasan por recabar el apoyo de un millón de simpatizantes de los diversos nacionalismos que, enfrentados a la tesitura de permitir un vuelco electoral o impedirlo, se movilicen a su favor para compensar la manifiesta decepción de numerosos votantes habituales del centro- izquierda. La crispación está, pues, asegurada para lo que queda de mandato, porque el Gobierno necesita mantener al PP como un coco enfurecido y empeñado en acabar con su beatífico sueño de la España plural. La estrategia socialista va a ser la de la demonización de la alternativa, a sabiendas de que su propia gestión tiene una defensa más bien endeble. De ahí el rabioso desconcierto que ha causado en los ámbitos gubernamentales la reciente entrevista televisada de Rajoy con un racimo de ciudadanos que parecían, en su afán de acusarle de crispado, bastante más cabreados que él. El candidato del PP desactivó a conciencia la aureola de hombre airado con que le presenta la propaganda adversaria, aun a costa de rebajar sus críticas a la política gubernamental. Aquello fue la escenificación de una irrealidad, porque ni los entrevistadores reflejaban la España perpleja ante el zapaterismo ni el entrevistado mostraba asomo de su implacable estrategia de oposición. Pero funcionó a la medida del objetivo de Rajoy con gran contrariedad de sus rivales, que esperaban la ocasión de satanizarlo a escala masiva. Lo que nos espera es un juego táctico en el que todos van a huir de su propio reflejo mientras tratan de cazar al adversario en un espejo diseñado a la medida de sus defectos prefabricados como antídoto de los errores propios. En el Día del Libro que hoy se celebra, Zapatero y Rajoy deberían de leer A puerta cerrada el drama de Sartre en que unos personajes condenados al infierno descubren que su pena es la de permanecer siempre encerrados en una misma habitación, condenados a soportarse mutuamente. Al final, uno de ellos pronuncia la célebre sentencia existencialista de que el infierno son los otros que los estrategas de campaña parecen haber elegido como superficial lema de cabecera sin atender al verdadero significado de la frase: que la libertad de cada uno está presa de la de los demás y que el odio absoluto desemboca en el absoluto del fracaso. Por eso Sartre dice que no hace falta fuego: cualquiera puede arder entre sus propias llamas. L LOS VERSOS MÁS TRISTES C ADA ciudad nos reserva una bendición y una condena. Yo que he sido tan feliz en Buenos Aires, que he amado y he reído en sus boliches, que me he creído inmortal mientras rebuscaba en los cajones de saldos de sus librerías, mientras respiraba el perfume desvencijado de San Telmo, mientras tomaba un té en el Tortoni o me rendía a la algarabía de Boca; yo que he sido tan feliz paseando las veredas de Buenos Aires bajo un cielo ancho como el atlas, podría, como Neruda, escribir los versos más tristes esta noche. No ha dejado de llover sobre Buenos Aires desde que llegué; y en la monotonía de la lluvia que veo caer desde la ventana de mi habitación, en un hotel de Recoleta, parecen desaguarse los hombres que he sido, los hombres que ya no seré jamás, los hombres que se pudren borrosos en algún cementerio de las afueras. A oscuras en mi cuarto de hotel oigo la letanía de la lluvia, su escritura cursiva, oigo la noche inmensa, y se agiganta mi soledad, como un pabellón lóbrego del que hubiese desertado el eco de los pasos, como una casa expoliada donde se hubieran detenido todos los relojes. Y entonces la memoJUAN MANUEL ria de los días luminosos cae sobre mí DE PRADA con un resplandor helado, me envuelve con su sudario, en el que aún acierto a distinguir, refugiada entre sus pliegues, la fiebre que un día me alumbró. Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido Los versos de Neruda, que aprendí en la adolescencia, vuelven a mí de repente, como restos de un naufragio empujados por las olas, como una música de herrumbre que la lluvia de Buenos Aires deletrea. En otro tiempo los recité para imbuirme de su tristeza, porque la literatura puede ser un fingimiento, una voluptuosa impostura; pero ahora vienen a mí para nombrar mi dolor, vienen a buscarme como si hubiesen sido escritos para mí, como si me hubiesen elegido, entre todos los hombres de la tierra, entre todos los cadáveres de la tierra, para desposarse conmigo, para infiltrarme su cadencia y quedarse a vivir dentro de mí. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Buenos Aires fue mi tálamo y ahora es mi mortaja. Salgo a la noche, en busca de un kiosco abierto donde comprar tabaco. La lluvia me acuchilla, como un ladrón despechado; la lluvia me empapa la camisa y me apelmaza el cabello, pero apenas la siento. Sólo soy un fantasma sonámbulo, habitado de recuerdos, un tumulto de recuerdos que aletean despavoridos, murciélagos encerrados en una cueva. Yo la quise, y a veces ella también me quiso. Me quiso a unas pocas cuadras de aquí, me quiso en cada portal y en cada esquina, me quiso a la puerta del cementerio que asoma las cruces de sus mausoleos por encima de la tapia, me quiso bajo la luna que hoy ha enviudado de repente. En noches como ésta la tuve entre mis brazos. Mis brazos buscaban su cintura, como se buscan la mano y el guante, el perno y la bisagra, la piedra y el liquen; mis brazos se apretaban contra ella como el escultor se aprieta a la estatua que está esculpiendo, para contagiarle su misma temperatura, para fundirse en su mármol y hacerse carne de su misma carne. Ella me quiso, a veces yo también la quería. Pero de todo aquel amor que movía los engranajes del mundo, que incendiaba las noches de Buenos Aires, que expiraba entre las sábanas para resucitar un instante después, como un ave fénix ansiosa de brindarse, ya sólo quedan escombros, ruinas de un palacio demolido donde se aparean los lagartos del dolor, donde crece una hiedra venenosa que infecta la noche con su brisa. Encuentro al fin un kiosco abierto, pero he olvidado la razón por la que lo buscaba. La lluvia cae sobre mí, funeraria y antiquísima. Yo que he sido tan feliz en Buenos Aires. Cada ciudad nos reserva una bendición y una condena. Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.