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ABC DOMINGO 22- -4- -2007 CULTURAyESPECTÁCULOS 87 Antonio Mingote y su mujer, Isabel Vigiola, ante el boceto de un retrato de Edgar Neville realizado por José Caballero me preguntó si podía ir por las tardes a trabajar a su casa, a ordenarle los papeles. Se lo consulté a Edgar y como le tenía tanto cariño a Antonio me dio permiso. El trabajo duró una semana sólo, porque enseguida nos dimos cuenta de que conectábamos A Isabel le desbordan los recuerdos, que fluyen nítidos y desordenados, Están teñidos de cariño y de admiración; las suyas son palabras rendidas y entregadas. Con todo lo que decían de él, aceptaba la crítica estupendamente; yo trabajé como script en sus películas, y a pesar de tener treinta años menos que él le regañaba cuando creía que no hacía las cosas con suficiente rigor. Y él se reía. A veces era muy chapucero. Los sábados, como tenía partida de cartas, que era una de sus pasiones, aligeraba el rodaje para poder irse, y daba el visto bueno a tomas imposibles Más anécdotas. Edgar era un genio con una gran inspiración. La expresión locos bajitos para referirse a los niños se la inventó él... Me acuerdo- -sonríe Isabel- -de que tenía un perro, un boxer, al que llamaba Morrito; estábamos en Marbella, en Malibú -la casa que tenía en la localidad malagueña- y sus nietos se ponían a jugar con el perro. Y él rar y tuve que dejar de tomar notas; y eso le gustó, no tanto porque tuviera en cuenta mi criterio sino porque en mí veía la reacción del público Tenía Neville fama de mujeriego. Pero no ligaba nada, estaba muy gordo. A Malibú iban muchas invitadas, y él siempre intentaba que alguna durmiera con él. Les decía que no pasaría nada, que no quería dormir solo porque tenía problemas de respiración. Pero ninguna quería, y se venían a mi habitación, donde yo tenía dos camas Antonio Mingote ha asistido callado a la conversación. Antonio, ¿y usted qué recuerda de Neville? le pregunto. Se lo piensa unos segundos: Como el resto de los miembros de esa otra generación del 27 había disfrutado del ocaso de la belle époque. Era un hedonista, que quería disfrutar de la vida y sacarle todo el jugo. Un tipo fantástico, con una gran curiosidad intelectual y una gran cultura. También un humorista excepcional, que podía haber sido un escritor costumbrista extraordinario. Su serie de La familia Mínguez en La codorniz era fantástica. Y era un aristócrata con afición a lo popular, a esa originalidad y esa finura intelectual del pueblo llano No he conocido a nadie igual; me dictó los tres actos de El baile en tres mañanas, todo de un tirón Él creó la expresión locos bajitos cuando estaban sus nietos les decía que no mordieran a su perro Era un hedonista que quería disfrutar de la vida- -dice Mingote- Un tipo fantástico con una gran cultura decía: tened cuidado de que no vayan a morder los niños a Morrito A Edgar Neville le gustaba vivir bien. Vivía por encima de sus posibilidades. Era un dandy con mucho gusto por el lujo. Cuando se hizo popular el Aston Martin de 007 él ya lo tenía; incluso cuando viajamos a Londres, para el estreno de El baile que hizo la propia Conchita en inglés, lo llevó en avión; cuando apareció el primer magnetófono de bobinas, él se compró uno... A Isabel le sigue admirando la capacidad intelectual de Edgar Neville. No he conocido a nadie igual. El guión de El último caballo me lo dictó una mañana porque lo había soñado mientras dormía. El baile me lo dictó en tres mañanas, de un tirón. Y le gustaba que le admiraran. Le halagaban mis reacciones. Cuando me estaba dictando el segundo acto de El baile yo le pedí que parara, porque me puse a llo- Un amor crepuscular de adolescente Conchita Montes fue el gran amor de Edgar Neville. Pero aunque estuvieron juntos (vivían en el mismo portal, aunque en pisos separados) hasta la muerte del dramaturgo y cineasta, éste falleció, recuerda Isabel Vigiola, enamorado de otra mujer. Se llamaba Julita Altuna, y cuando Neville la conoció acababa de separarse de su marido. Fue- -explica Isabel Vigiola- -durante una feria de agosto de Málaga, en el hotel Miramar. Le habían contado su historia y le había intrigado. Julita Altuna apareció con su pelo negro magnífico, un moño italiano, vestida de malva. Y Edgar se enamoró inmediatamente de ella. Desde entoces y hasta su muerte estuvo enamorado, la cosa más preciosa que yo he visto nunca. Fue sólo platónico, nunca llegó a nada. Una Nochebuena se fue en coche hasta Torremolinos sólo para mirar la ventana iluminada de la casa de Julita Le había fascinado primero físicamente, recuerda Isabel, pero después le cautivó su clase, su elegancia. Y estaba obsesionado, hasta el punto de que ella ya se alejó cuando se sentía agobiada Ya moribundo, relata Isabel, Neville le pidió que llamara a Julita Altuna. Sólo quiero que me diga hola le decía.