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86 CULTURAyESPECTÁCULOS DOMINGO 22 s 4 s 2007 ABC Su horario, de diez a dos, y su sueldo, ciento cincuenta pesetas a la semana Antonio Mingote y su mujer, Isabel Vigiola, se conocieron en casa de Edgar Neville. Ella, que fue durante veinte años la secretaria del escritor, le recuerda al cumplirse cuarenta años de su muerte POR JULIO BRAVO FOTO: JAIME GARCÍA MADRID. El 23 de abril de 1967, mañana hará cuarenta años, fue sábado. Aquel día, ya entrada la noche, murió Edgar Neville, una de las figuras de lo que José López Rubio definió como la otra generación del 27 dramaturgo, cineasta, humorista... Junto a Neville vivieron sus últimos momentos tan sólo unos pocos amigos: allí estaban Tono, Antonio Mingote y su mujer, Isabel Vigiola, que era, además, la secretaria de Neville desde hacía casi veinte años. Empecé a trabajar con Edgar con diecisiete años- -recuerda Isabel- tuve que fingir que era mayor, porque él quería alguien con experiencia como secretaria. Me hizo unas pruebas de taquigrafía y mecanografía, y empecé. Fue, lo recuerdo muy bien, el día en que murió Manolete. Y estuve con Edgar desde el 1 de septiembre de 1947 hasta aquel 23 de abril de 1967. Me dijo: su horario será de diez a dos y su sueldo ciento cincuenta pesetas a la semana que era una buena cantidad Isabel es un torrente de recuerdos. Habla de Edgar Neville con devoción desbordante; lo quiere contar todo, lo quiere recordar todo. Tiene una memoria extraordinaria, pero es que además yo escribía un diario, y le llevaba también las cuentas, la agenda... He leído y he escuchado a menudo muchas inexactitudes sobre Edgar Neville... Incluso me han contado a mí tantas mentiras. tar contestar a todo. Algún día tendría que ordenarlo todo y escribir su historia... Edgar Neville fue, reconoce ella, decisivo en su vida. Me cambió la vida. Estuve veinte años sin tomarme vacaciones, pero porque no quería. Lo pasaba tan bien en ese mundo; un mundo que ya no existe. Mis padres protestaban porque decían que Edgar me explotaba, Pero yo era feliz. Prefería estar allí que con otras chicas y chicos de mi edad. Incluso había quien decía que ese trabajo me iba a costar quedarme soltera Pero se equivocaban, porque Isabel encontró el amor en casa de Edgar Neville. Allí conocí a Antonio en el año 1966- -recuerda- yo ya admiraba su trabajo desde su época de La codorniz Edgar adoraba a Antonio, y él venía a su casa a menudo. Incluso en una ocasión le llamé para felicitarle por un dibujo en ABC. ¿Te acuerdas? -se dirige Isabel a su marido, que le mira atento y silencioso- un día, Antonio Edgar Neville, en su despacho Recuerdo que alguien, una vez, me contaba que Edgar, que era un gran comilón, en una ocasión, se había quedado con hambre y sacó del bolsillo un bocadillo de chorizo... ¡Imposible! Sí es verdad que él comía ABC mucho, pero no era panero, y además era mucho más exquisito. Le gustaba mucho la comida francesa. No creo que nunca comiera un bocadillo de chorizo. Se han dicho tantas cosas. Pero ya he desistido de inten-