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ABC DOMINGO 22 s 4 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL SALARIO DEL PODER A eterna polémica sobre los sueldos de los políticos sólo conduce a la confusióny a lademagogiaporquetiende a eludir el verdadero problema, que es el de la profesionalización de una clase dirigente en general muy poco cualificada que ha encontrado en la política unos niveles salariales mucho más altos de los que disfrutaría de mediaen elmercadodetrabajo. A la gente le da mucho morbo saber lo que cobran sus gobernantes, el presidente del Gobierno tiene un salario francamente bajo en relaIGNACIO ción consualtaresponsabiCAMACHO lidad- -alrededor de 14 millones anuales de las extintas pesetas- y los ministros algo menos, mientras existen virreyes autonómicos, como los de Cataluña y el País Vasco, que les doblan la soldada en flagrante contradicción con la importancia de sus atribuciones. El debate no consiste, pues, en que Pepe Blanco cobre 6.000 euros al mes por insultar cada mañana a la oposición, sino en saber quiénlepagaríaesedinero, vistosu brevecurrículum vitae, fuera de la política. En cambio, es bastante improbable que Rajoy gane más como líder del PP que como registrador de la propiedad. Cientos de diputados, alcaldes yconcejalespercibencantidadesmuysuperiores a las medias de sus profesiones civiles, y disfrutan innumerables privilegios, mientras al otro lado del poder les esperan aulasconflictivas, hospitales saturados orutinarias oficinas. Sensu contrario, hay abogados de prestigio, médicos relevantes o prósperos empresarios que pierden ingresos por dedicarse al servicio público, y encimaquedanrodeadosdelasospechageneralizada de abuso. Unos empobrecen la política para medrar ellos y otros a la inversa pero, siendo realistas, es menester convenir que hay muchos más de los primeros que de los segundos. Durante la Transición cayó en olvido una propuesta comunista que hubiese garantizado una cierta homogeneidad relativa. Se trataba del sueldo histórico: pagarle a cada político un ligero porcentajesobreelsalario de su trabajo de origen, con un tope mínimo y otro máximo para evitar agravios y descompensaciones, y una escala decomplementos según las diferentes responsabilidades. El objetivo era evitar que nadie hiciera de la política un modo de vida ni temiese el momento de abandonarla. En vez de eso, la clase dirigente española ha acumulado prebendas, pensiones de lujo y privilegios varios, hasta convertirse en una casta de chamanes objeto de la desconfianza de los ciudadanos, que ven menguar su poderadquisitivo mientras sufrenlos problemas que sus bien retribuidos representantes se olvidan de resolver. Para recuperar la idea de servicio público hay que volver al espíritu delos senadoresromanos, queabandonaban el arado para enfundarse la túnica yalcesarretornabansin desdoroalalabranza. Aquí, por el contrario, la mayoría cree queun actadediputadooconcejales elsalvoconducto para olvidarse para siempre de la tizaodela batablanca. Y eso, en elcasodelos que tienen una licenciatura... o un empleo. L EL RECUADRO EL TELEVISOR COMO URNA Q UE inventen ellos, no: aquí inventamos nosotros, y no hay más que hablar. A lo tonto, a lo tonto, nos acabamos de inventar un nuevo sistema electoral. El Mienmano de Mercedes Milá debe patentarlo urgentemente, que puede hacerse rico. Más todavía. Trátase del televisor como urna. De caja tonta, nada. Caja listísima. Marca nuestras vidas. Rige costumbres, usos y mentalidades, de un modo que para sí hubieran querido los confesores de las novelitas del Padre Coloma. El televisor es el causante del derribo de la frontera entre el bien y el mal, demolición mucho más importante que la del muro de Berlín. Dicta las nuevas tablas de la ley, los mandamientos del Todo Vale, del No Passsa Nada, del Cuestionarás Padre y Madre, del Fornicarás Todo Lo Que Puedas, del Que No Farte De Ná, del Dóblala Lo Menos Posible. Y el supremo mandamiento del santo temor a lo Políticamente Correcto, ni se te ocurra pensar por tu cuenta o atente a las consecuencias. Dadme una televisión, dicen los políticos, y moveré el mundo. Y ahí tienen el televisor, para ellos solitos, con el programa de las 100 preguntas peor contadas del mundo. A las ANTONIO 100 preguntas del programa del MienBURGOS mano de la Milá les pasa como a los seises de Sevilla, que son diez, pero al revés. Las 100 preguntas son todo lo mas 68 ó 70. Como un anticipo de las votaciones, en esta España donde siempre estamos en campaña electoral, mantienen que Rajoy ha vencido a Zapatero en ese programa, porque ha tenido medio millón más de espectadores. La dictadura del share En las televisiones se mata y se muere por la audiencia. La audiencia es la verdadera jefa de programación de las televisiones. De la papela matinal con los porcentajes de espectadores de cada programa depende el pan de muchos padres de familia. ¿Quién manda en las televisiones? ¿Los presidentes, los directores generales, los jefes de informativos? No, unos señores que no conoce nadie: los que tienen el audímetro puesto en el televisor de su casa y haciendo zapeo mandan al paro (y al carajo) a cuadrillas enteras de presentadores, guionistas y actores, o los hacen directamente ricos potricos. En esta sociedad laica, nadie cree en nada, salvo en el supremo Credo del Share. Y nadie nunca en ningún sitio de España ha conocido a un solo tío que tenga colocado en su casa ese archiperre. Eso es mentira. Los audímetros no existen. Más creo yo en la cigüeña de París o en el Ratoncito Pérez que en los audímetros. No existen. Son lo que ahora se llama una leyenda urbana. Y esos audímetros que nadie sabe dónde están, que nadie controla, que nadie ha visto, pero que todos admitimos como dogma de fe mientras sometemos a revisión cuanto dice el Papa, han determinado que Rajoy le ha ganado a Zapatero. ¿Para qué nos gastamos entonces estas millonadas en elecciones y en campañas? Si tanto valor tiene la audiencia de un vivo y directo, ¿para qué celebramos las elecciones y hacemos el canelo yendo a votar? ¿No sería mejor convertir directamente los televisores en urnas, y que los resultados los proclamara la Junta Electoral del Share? Nos evitaríamos molestias, rollos de censo, pejigueras de componentes de mesas, la incomodidad de buscar la nuestra en un instituto. Y ahorraríamos dinero, mucho dinero, en carteles, folletos, mítines, autobuses de adictos, interventores, apoderados, dietas, bolsas de bocadillos y fondos de reptiles. Y así, además, podrían todos los rocieros disfrutar tranquilamente del Pentecostés en la marisma almonteña el 27 de mayo, sin abstencionismo. Que ya es puntería, con la de días que hay en el año para poner las elecciones municipales, convocarlas precisamente el Domingo del Rocío. Aplicando la teoría de la victoria de Rajoy por medio millón de espectadores, se coge a los candidatos a alcalde de toda España, se les mete sucesivamente en un plató con el tío del café de 80 céntimos y con el otro que le pregunta el sueldo a la gente, se hartan de preguntarles cosas y al final el audímetro dice quién ha tenido más espectadores. Y a ése lo ponemos de alcalde, y listo. Y si de paso, por el medio millón de votos de más, ponen ya de presidente a Rajoy, pues antes pararemos el proceso. De destrucción de España, claro.