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ABC SÁBADO 21 s 4 s 2007 CULTURAyESPECTÁCULOS 87 TEATRO ÓPERA PARA NIÑOS Splendid s Autor: Jean Genet. Traducción: Mauro Armiño. Dirección: José Carlos Plaza. Escenografía: Ricardo Sánchez Cuerda. Vestuario: Pedro Moreno. Iluminación: Francisco Leal y Óscar Sainz. Intérpretes: Helio Pedregal, Joseba Pinela, Antonio Zabalburu, Daniel Ortiz, Alberto Berzal, Patxi Freytez, Israel Frías, Carlos Martínez- Abarca y Sergio Otegui. Lugar: Teatro Valle- Inclán. Madrid. El gato con botas Montsalvatge: El gato con botas Int. M. Martins, Ma. L. Martínez, D. Menéndez, E. Martínez- Castignani, F. Bou. Orquesta- Escuela de la Orq. Sinf. de Madrid. Dir. escena: E. Sagi. Esc. y fig. A. Ruiz de la Prada. Dir. J. Vicent. Lugar: Teatro Real. El señor don Gato A. G. L. Se ha vuelto a ver a El gato con botas merodeando por el Teatro Real. Hay que estar precavidos. Los niños de antes sabían que es un ser sibilino, astuto, ingeniosamente pícaro, que sirvió a su amo y le puso en bandeja a su princesita querida, aquella con la que acabó comiendo perdices a falta de una dieta más elaborada. Eran otros tiempos. Sería interesante saber si los pequeños de ahora están enterados de estas sutilezas zoogastronómicas o si ellos prefieren entretenerse con otros animalitos, también de imaginaria creación, como los Pokémon. Aquellos a los que, a falta de un ratón corredor, les atosigan las pokebol. Dicho esto, que no es más que una curiosidad sin malicia, merece la pena reseñar que, enterados o no, todos los niños que ya han pasado este año por el Teatro Real (y que también podrán hacerlo por el auditorio de la Universidad Carlos III) se divierten cantidad con esta operita multicolor. Algo de culpa tiene la paleta sicodélica y seudoconceptual de Ágata Ruiz de la Prada, llena de imaginación en la escena y los vestidos. Su trabajo se adivina bien inspirado por la dirección de Emilio Sagi, quien de la mejor forma posible mueve el entramado y hasta lo anuncia con enormes letras que indican el paso por el palacio real, el río (movido con ingenioso oleaje, que aquí no hay descanso) la casa del ogro y hasta la casa mía, es decir la del señor don Gato. Para que de todo haya, conviene también señalar que cantarse, lo que se dice cantarse, se canta lo justo, salvo en alguna y muy honrosa excepción. Pero a cambio se actúa y toca con gran entusiasmo la Orquesta- Escuela de la Orquesta Sinfónica de Madrid. La dirige Josep Vicent que va a más, que mete caña, vamos. Y por si alguien no lo sabe, que debería saberlo, hay que añadir que la música es obra de ese hombre de bien que fue Xavier Montsalvatge. Basta oír el tierno final para entenderlo. Justo antes de que todos los niños se pongan a aplaudir muy contentos. El ruido y la furia JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN Una obra medio maldita del maldito Jean Genet (1910- 1986) rescatada del deseo del autor de hacerla añicos. Una pieza en la que, como en un tiovivo temático, desfilan algunas de las constantes del escritor francés: el fulgor de la marginalidad, el travestismo, el deseo de ser otro, el homoerotismo implícito en una caterva de hombres enfrentados, la fluida interconexión ambivalente entre virtud y crimen, una situación emponzoñada y claustrofóbica como caldera en la que se macera la catarsis, la violencia como valor estético... Como aclara Mauro Armiño, que firma la vigorosa traduccción del texto, hasta 1948 no aparece ninguna alusión a Splendid s en los escritos de Genet, quien, al parecer, se opuso denodadamente a su representación y se basó para elaborarla en un suceso real: la rendición nada heroica de una banda de gánsteres a la policía belga. Y ésta, por encima del resto de las esquirlas argumentales, es, a mi juicio, la espina dorsal de la obra: la dificultad (y el tedio) de responder a las exigen- Una escena de Splendid s en el montaje de José Carlos Plaza cias de la propia imagen, de no defraudar las expectativas del personaje asumido, de encajar hasta el final en el aura del ángel sombrío. Hay un policía que en Splendid s se suma a los criminales fascinado por el contraespejo en el que se ve reflejado, y no entiende que, en un determinado momento, los malhechores puedan acogerse al lujo de la cobardía o, dicho de otro modo, puedan aceptar la perspectiva de ser uno y ser otro al tiempo, al margen de su leyenda canalla y desafiante. El punto del partida de la pieza es un callejón sin salida: una banda de criminales que ha secuestrado a la hija de un magnate norteamericano se encuentra cercada por la policía en la planta séptima de un hotel de lujo, un no lugar entre el cielo y el suelo; la joven ha muerto y ellos están divididos: disputan, bailan, disparan, escuchan los noticiarios radiofónicos que informan del suceso, dejan pasar el tiempo que resta hasta lo inevitable en un escenario devastado por los tiroteos, con mármoles astillados ABC La espina dorsal de la obra es la dificultad (y el tedio) de responder a las exigencias de la propia imagen y cristaleras hechas añicos. La escenografía de Sánchez Cuerda recrea de forma espléndida ese paisaje de esplendor y ruinas, fantasmagórico, como subraya la adecuadamente tenebrosa iluminación de Leal y Sainz. José Carlos Plaza ha optado por una puesta en escena aturdidora, llena de ruido y furia, en la que gritos, tiros, explosiones y diálogos exasperados emborronan la intensidad de la situación: no necesariamente el caos- -creo- -exige ser reflejado de forma caótica. Algo que se extiende al desigual apartado interpretativo, en el que sobresalen la sabiduría de gesto y voz de Helio Pedregal, y la entrega física de Daniel Ortiz. Lubitsch y el ocaso del matrimonio POR LUIS CONDE- SALAZAR Pocos directores han sabido tratar tan bien y con tan sofisticada sutileza humorística las relaciones de pareja o, mejor dicho, las relaciones que se establecen entre la pareja cuando aparece en escena el demonio de la rutina, como Ernest Lubitsch (1892- 1947) El genial realizador alemán, que llegó a Estados Unidos cumplidas ya sus 30 primaveras, maestro de maestros (como Billy Wilder, por ejemplo) rodó en 1941, un año antes de la insuperable Ser o no ser To be or not to be 1942) y uno después de la maravillosa Ninotchka (1940) Lo que piensan las mujeres The uncertain feeling adaptación cinematográfica de la comedia de enredo francesa del siglo XIX Divorçons ¡Divorciémonos! Para esta versión sonora (ya había rodado otra en su etapa muda) contó con tres actores principales de verdadero lujo: la exótica Estelle Merle O Brien, más conocida como Merle Oberon, nacida en 1911 en Bombay (India) hija de un emigrante irlandés y una joven hindú, Melvyn Edward Hesselberg, de nombre artístico Melvyn Douglas (1901- 1981) que ya había participado en Ninotchka y Burgess Meredith. Lubitsch, con el apoyo impagable de sus guionistas Donald Ogden Stewart Historias de Filadelfia 1940) y Walter Reisch Ninotchka supo tejer con hilo fino el argumento de un enredo cómico que tiene como protagonistas al aburrido y hogareño agente de negocios Larry Baker (Douglas) y a su esposa Jill (Oberon) aquejada de hastio, insomnio e hipo nervioso. Jill acude, por consejo de unas amigas, a la consulta de un psicólogo de la escuela freudiana y, allí, conoce a un mediocre pianista, el excéntrico y carismático Alexander Sebastian (Meredith) La atractiva señora de Baker ve como irremisiblemente se siente imantada hacia la persona del músico y el modus vivendi bohemio que le rodea y del que no deja de hacer gala. Para ella, aquel escenario es una vía de escape con la que hacer frente a un existencia podríamos decir que modélica con triunfos en lo económico, pero que esconde tras de sí el fracaso en las relaciones personales.