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ABC SÁBADO 21 s 4 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA OVACIÓN Y VUELTA UIZÁ lo más importante que le ha ocurrido en los últimos tiempos a Mariano Rajoy es que ha empezado a sentirse cómodo consigo mismo. En algún momento, que coincide con la evidencia del rápido desgaste de Zapatero, se ha creído de verdad que puede ganar las elecciones y se siente seguro en sus zapatos, con una confianza que proyecta de modo perceptible pese a tratarse de un tipo de naturaleza tan poco entusiasta. Otra cosa es que eso le alcance para conformar una mayoría, pero los sociólogos sostienen que en política, salvo algún caso de proIGNACIO digio carismático, lo que CAMACHO importa no es tanto caer bien como no caer mal, no provocar rechazo. Y en esa tarea se asienta el esfuerzo actual delcandidato delPP: en convencer alosespañoles de que un hombre normal, prudente y sensato, es preferible como gobernante a un aventurero iluminado por la autoconvicción de que está reinventando el universo. Por eso el entorno del líder del PP vive en una discreta euforia desde la noche del jueves, cuando un Rajoy moderado, cercano y cabal toreó con manifiesta soltura en una plazatelevisivadifícily abarrotadadeun público que quería calibrarle como candidato. Sietemillonesy medio deespañoles sesentaron dispuestos a evaluar si el hombre que tenían delante merece un depósito de confianza, y ese dato ya es en sí mismo una expectativa muy cualificada porque demuestra que en la ciudadanía laten deseos perceptibles dealternancia. Las preguntasdel públicosalían como miuras corniveletos, buscando la femoral del torero con muy malas ideas, pero el diestro las lidió con finura, midió bien las distancias y no se dejó cornear. Poco a poco fue asentando la faena, se permitió adornos y acabó arrancando los aplausos del respetable en una simbólica vuelta al ruedo. Le atacaron con fiereza por la guerra de Irak, la crispación, el Prestige, el terrorismo y el 11- M, y lo trataron como si aún tuviese que pedir perdón por los errores de Aznar, pero Rajoy contestó con elegancia, discreción, fairplay y bastante serenidad, como un político centrado, un liberal de buena planta y discurso mesurado y razonable. Le faltó ambicióny vueloparalevantar unapropuesta vigorosa y renovadora, pero su prioridad consistía en no cometer errores. Los asesores le habían dicho que la tele no está para lanzar mensajes sino para quedar bien, y que lo esencial era evitar los resbalones. En ese sentido cumplió de sobra y salió triunfante, aunque se echó de menos más presencia de esa ironía bienhumorada que le da un palmo de ventaja sobre el resto. Alfin y alcabo, estehombrees un conservador genético, y fue bastante fiel a sí mismo. No quería tomar riesgos, sino despejar dudas. Arrinconó con eficacia la imagen de ceñudo comeniños y anticuado burgués en que trata de encasillarle la izquierda, y se mostró abierto, dialogante, cauto y juicioso. Ésaes su apuesta: sensatezfrenteaaventurerismo, consenso frente a ruptura, cordura frente a incertidumbre. El entusiasmo, por ahora, no está en el menú, pero él confía en que, visto lo visto, a mucha gente se le hayan indigestado ciertas emociones. Q EL ALCALDE DE MADRID E acuerdo, ha puesto la ciudad patas arriba y ha sido mortificante. Uno bajaba al Manzanares y se acongojaba con aquel espectáculo dantesco de tierra socavada y desmontes; aquello parecía una ciudad campamental, asediada por la guerra. Pero tras la mortificación ya podemos disfrutar del resultado. Y el resultado es una de las obras de ingeniería pública más impresionantes que se recuerden. Es la pasión política puesta al servicio del bien común; es la realización de un sueño que provoca pasmo. Cuando Gallardón decidió poner en marcha esta obra ciclópea pensé que su carrera quedaría sepultada entre el laberinto de túneles que se disponía a excavar; sepultada para siempre entre los escombros de su propia desmesura. En realidad, su proyecto parecía el proyecto de un visionario; pero el mundo lo mueven los visionarios, lo mueven quienes están dispuestos a calcinarse en la culminación de un loco empeño. Gallardón lo ha culminado, contra viento y marea; ha hecho de su deseo un motor de salvación para una ciudad que estaba condenada al caos y la asfixia. El soterramiento de la M- 30 es una obra de JUAN MANUEL titanes; es la plasmación más evidente DE PRADA de cómo la ambición humana puede remover obstáculos y contrariedades para realizarse plenamente, frente a la desconfianza de los escépticos y las zancadillas de los mezquinos. Cuando uno recorre en coche los túneles que acaban de ser abiertos en el subsuelo de Madrid siente una emoción de la misma índole que Patricia Neal en el plano final de El manantial cuando el ascensor la conduce hasta la azotea del edificio donde la aguarda el arquitecto Roark, interpretado por Gary Cooper. Gallardón, en honor a la verdad, no está tan bueno como Gary Cooper (o al menos a mí no me lo parece) pero la pasión que lo incendia es de una naturaleza similar a la que abrasa al personaje que Gary Cooper encarnaba en la película de King Vidor. Es la pasión del hombre dispuesto a transformar el mundo, dispuesto a remover los cimientos del mundo, D con tal de imponer su sueño. Ante una obra de ingeniería pública de semejante magnitud sólo nos resta rendirnos, apabullados. Gallardón ha salvado Madrid, ha devuelto recién estrenada a los madrileños una parte de su ciudad que estaba arrasada por el feísmo, ha demostrado que la política también puede ser una vocación volcada hacia el futuro, anhelosa de ensartarse en el futuro. ¿Qué pueden oponer sus adversarios ante un logro de semejante envergadura? Mientras ellos se entretenían removiendo de su pedestal estatuas ecuestres de Franco, Gallardón se afanaba salvando Madrid del desahucio; mientras ellos chapoteaban en las cloacas del pasado, Gallardón enfilaba la proa hacia un océano de horizontes más anchos, hambriento de porvenir. Hay quienes entienden la política como una cicatera navegación de cabotaje; y quienes, como Gallardón, levan anclas en pos de continentes que no figuran en el atlas, porque creen que basta imaginarlos para que dichos continentes existan. Quienes abogan por esa cicatera navegación de cabotaje cuentan con un aliado impagable. Se trata de cierta derecha enfangada en un energumenismo con densidad de mugre que lanza sus diatribas contra el alcalde de Madrid, incitando a la abstención en las próximas elecciones municipales. En esas diatribas se funden la mentira con espumarajos, la calumnia aderezada con sus ribetes de pringue, la zafiedad y el vilipendio. Imagino que toda esa cochambre le resbalará a Gallardón, como al mármol le resbalan las salpicaduras del cieno. Pero hay algo obsceno en ese intento de destruir al alcalde de Madrid; hay algo enanoide, sórdido, infrahumano, que repugna. En Gallardón puede haber muchas cosas que no nos gustan, o que sólo nos gustan a medias; pero un hombre a quien anima una tan ilusionante pasión política merece seguir trabajando por el bien común, merece seguir soñando desmesuras. Y sólo conseguiremos que las cosas que no nos gustan de Gallardón, o que sólo nos gustan a medias, se corrijan o atemperen si apostamos por el futuro. Dejemos que otros sigan chapoteando en las cloacas del pasado.