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ABC VIERNES 20- -4- -2007 TOROS www. abc. es toros 101 Puerta del Príncipe para la suprema compenetración de El Cid con Victorino FERIA DE ABRIL Real Maestranza de Sevilla. Jueves, 19 de abril de 2007. Séptima corrida. Lleno (14.000 espectadores) Toros de Victorino Martín, de distinta presentación y desigual juego; excepcional el 2 -premiado con la vuelta al ruedo- -y encastado el 5 duros y malos 1 y 4 Pepín Liria, de agua de mar y oro. Pinchazo y media baja (saludos) En el cuarto, estocada corta tendida (saludos) El Cid, de malva y oro. Media desprendida y atravesada (dos orejas) En el quinto, estocada desprendida (oreja) Salió por la Puerta del Príncipe. Salvador Cortés, de azul pavo y oro. Dos pinchazos y estocada (saludos) En el sexto, estocada desprendida (silencio) ZABALA DE LA SERNA SEVILLA. Como guante a la mano, y qué mano la de El Cid, así le cae el encaste de Victorino al torero de Salteras. O viceversa. Tan suprema compenetración, como la del Beluga al Möet, se precipitó por la Puerta del Príncipe en esa hora mágica cuando la tarde se asoma a la noche. El Cid y Victorino, Victorino y El Cid, son pareja de hecho inseparable desde que hace un lustro se volvieron locos de pasión en las arenas de Bayona. Ayer acapararon juntos absolutamente todas las cartas. Desde que Bordoñez pisó el albero, lo aró tras el templado capote de El Cid, con el hocico por los suelos y una bravura excelsa. Qué manera de humillar, de hoyar la arena, la de este toro de nombre rotundamente sonoro. La tierra se abrió para que Cid pusiera su semilla. No sé si sacó toda la nota el victorino en el caballo- -el segundo puyazo fue mínimo- -como para luego subirse en el podio de los toros de vuelta al ruedo en la Maestranza, pero, por si alguna duda quedó, la calidad desplegada en una continua catarata de embestidas superiores enalteció el hierro de la A coronada de los viejos albaserradas de Galapagar. El Cid le halló el punto con la mano derecha para torear en tres series tan limpio como largo y en línea, un tanto acelerado, listo para dejarle la muleta puesta e hilvanada, antes de que el hilván fuese ligazón y los dos pasos perdidos se convirtiesen en uno ganado. Describo todo este compendio técnico como táctica de perfecta compenetración, que fue a más sobre la izquierda, con la plaza bramando, temblando cuando se perfiló para hundir una estocada defectuosa que liberó la pañolada de las dos orejas y el exclusivo pañuelo azul de la vuelta al ruedo. El compendio de la tarde del Cid cobró verdadera importancia con el encastado quinto. Por no andar con muchos rodeos: a mí me gustó más El Cid entonces. Por hondura, poso, reposo y sentimiento. Porque la izquierda siendo la misma fue otra. El Cid se hundió. Torear es hundirse con el toro, fundirse. Hay quienes comparan el baile con el toreo, aunque haya una diferencia sustancial: la danza es hacia arriba, el toreo es hacia abajo. Y cuando El Cid hundió los talones y aplomó sobre el albero la naturaleza de su izquierda el ole adquirió otra dimensión, más ronca y profunda, como de eco en cueva atávica. El toro se había frenado en bande- El Cid abandona feliz la Maestranza por la Puerta del Príncipe rillas y el mismo toro había roto hacia delante en la muleta campeadora de un tío ya crecido en el triunfo. La estocada fue efectiva, un pelín desprendida, lo suficiente para la muerte, lo justo para no restarle un ápice de valor a la oreja que descerrajaba la Puerta del Príncipe. Todavía la jiribilla que revoloteaba en las entrañas del toro alzó el vuelo para cazar al puntillero por la corva y herirlo. De milagro se escapó Pepín Liria con un lote del averno, un manso y violento cuarto y un alto y serio cárdeno que saltaba como un tigre de Bengala en cada embestida. Batalla de cuerpo a cuerpo, de bayoneta calada, del Pepín, Pepín, aguerrido de Pamplona. La espera a portagayola fue de infarto, como todos los lances y muletazos que robó con astucia y resortes de soldado curtido. Mucho mérito el suyo y no menos redaños y reflejos. A veces uno no llega a comprender cómo se hacen los lotes, pero sin duda a Salvador Cortés le tocó el más ligero: un toro enano (y no sólo por contraste con la envergadura del diestro) y otro estrecho como una tabla de planchar. El enano tuvo media faena, aunque se volvía del revés, y el estrecho todo lo que mereció fue una muerte lenta, por cabrón. MILLÁN HERCE