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ABC VIERNES 20 s 4 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA MARÍA IEMPRE que bajo la basura al contenedor del portal me acuerdo inevitablemente de María San Gil, que un día, en el más duro apogeo de los años de plomo, me contó con la naturalidad de su dulce templanza cómo se había tenido que resignar a no poder hacerlo. Simplemente, prefería renunciar a un acto de tan sencilla cotidianidad antes que humillarse bajando con las bolsas de desperdicios junto a dos escoltas armados y en estado de alerta. Su vida corría peligro por el simple hecho de asomarse a una ventana, y nuestros más elementales ritos diarios eran para ella una especie de excursión por el borde del abismo. Nunca he visto ni oído una metáIGNACIO fora tan efectiva del seCAMACHO cuestro de la libertad en el País Vasco, ese territorio en que miles de personas viven bajo un auténtico estado de excepción, privadas bajo amenaza de muerte de sus más primordiales derechos ante la indiferencia complaciente de la mayoría de sus conciudadanos. Desde aquel maldito día en que, sentada junto a Gregorio Ordóñez en un bar donostiarra, vio muy de cerca cómo Txapote le volaba la cabeza a su amigo y jefe de un tiro a cañón tocante en la nuca, la vida de María transita por un paisaje de horror que nunca nadie podrá describir con palabras lo bastante certeras. Como tantos otros hombres y mujeres vascos situados bajo la diana del delirio de los asesinos, jamás ha hecho de su heroica resistencia otra ostentación que la del testimonio de una plaga, un holocausto civil ante el que se ha negado a claudicar ni a huir pese a haber inmolado en él nada menos que la normalidad de su existencia. Y lo más asombroso es que no ha permitido una sola rendija a la amargura; se ha acostumbrado a plantarle cara al sufrimiento desde la bondad, bajándole las persianas a la aflicción, a la angustia y al miedo para poder seguir siendo una madre, una esposa, una amiga. Ahora que el cáncer le ha obligado a enfrentarse también a la amenaza interior de la enfermedad, acaso pasándole a su organismo la factura del silencioso desgaste moral sufrido, cualquiera tendría la tentación de aprovechar para ceder el relevo de la resistencia. Vencido el pulso con sus células rebeldes, se abre ante ella la posibilidad de agarrarse sin un solo reproche al pálpito de una vida que hasta ahora le ha sido negada. Pero María San Gil es de otra pasta, y quiere volver cuando los médicos le den el alta para enfrentarse de nuevo al duelo con una muerte a la que se ha acostumbrado a mirar de cara. No desea enunciar, ni delegar, ni declinar, ni rendirse mientras sepa que hay gente en su país que no puede bajar la basura a la acera. Y lo hará probablemente con más fuerza y más coraje, arrancados del drama íntimo de soledad que en los últimos meses se ha sumado a la tragedia colectiva de los suyos. Porque ahora sabe que si con el cáncer no vale otra estrategia que luchar con él a brazo partido hasta su derrota, en el desafío con la sinrazón terrorista tampoco va a encontrar otro camino decoroso que la lucha sin pactos, ni diálogos, ni armisticios, ni treguas. S CRISPACIÓN Y SECTARISMO P ASA por ser una de las mejores cabezas de la izquierda española y muchos de los devotos de esa feligresía aún lamentan su prematuro abandono de la política en favor de la academia. Pero, el miércoles, José María Maravall estuvo muy en político de partido y mucho menos en académico escrupuloso. Puso todo los huevos de la culpa por la crispación en el mismo cesto, el del PP naturalmente. Y es verdad que formuló algún reproche de tono menor a Gobierno y PSOE (Endesa, haber perdido la iniciativa) pero, en conclusión, su sentencia era inequívoca: existe una estrategia premeditada de crispación para asaltar el poder y en su diseño nada tienen que ver los errores que haya podido cometer el Gobierno en asuntos tan vidriosos como el debate territorial y las alianzas del PSOE con los nacionalismos, o el fracaso de la aventura equinoccial de Zapatero en busca de la paz perdida en el País Vasco. En ese sentido fue más allá que el informe de la Fundación Alternativas, cuya presentación daba pie a su reaparición política. No acreditado para glosar su intervención en el lugar y fecha de autos, me permito expresar aquí algunas observaciones a un discurso que no es sólo suyo, siEDUARDO no de gran parte de la izquierda españoSAN MARTÍN la: 1. Maravall exhibió como pieza de convicción del sectarismo de nuestra derecha política ya nos gustaría tener otra dijo) la lista de insultos dedicados a Zapatero, algunos de los cuales, como el de cómplice de ETA suponen, es cierto, un menosprecio injustificable en el debate político. Olvidó, sin embargo, mencionar los epítetos que la oposición dela época dedicó al predecesor de Zapatero en el cargo asesino dictador lacayo mafioso Podemos consumir más energías en rastrear hemerotecas, pero no parece que la cantidad o calidad de los insultos que los políticos se dedican entre sí sea la medida más exacta para calibrar responsabilidades por la crispación. En el mejor de los casos, nos daría un resultado próximo al empate. 2. Nunca hasta el Pacto del Tinell, ningún grupo o partido había acordado por escrito la muerte política de otro. Eso sí es un comportamiento sectario. Y ocurrió cinco meses antes de que el PP perdiera el poder, es decir cuando aún no se vislumbraba estrategia de la crispación alguna. Escamotear del análisis de la polarización actual la pretensión de una cierta izquierda de mandar a nuestra derecha política extramuros del sistema revela un propósito escasamente riguroso. 3. ¿Zapatero, un moderado? Si por ello se entiende lo melifluo de sus maneras, se puede estar de acuerdo. Entiendo, en todo caso, que el profesor formula una opinión y no una constatación, difícil de defender en un campo minado por las afinidades y las posiciones relativas. Por lo que, con la misma certidumbre, se puede opinar exactamente lo contrario. Y eso es lo que hacen, creo yo, amplios sectores de la sociedad española, y no sólo en la derecha. Pero afirmar que el PP se comporta como un energúmeno a pesar de que Zapatero es un moderado me parece un argumento rayano en la ironía, que, todo hay que decirlo, Maravall maneja con soltura envidiable. 4. Sostuvo el orador que, en el fondo del comportamiento del PP late la convicción de que la izquierda es usurpa, dora de un poder que correspondería de forma natural a la derecha. Se asombraría el profesor de cuántos de sus colegas defienden exactamente lo contrario: que, en el imaginario de gran parte de nuestra izquierda, el pasado franquista de la derecha le inhabilita para detentar un poder que sólo pertenecería a quienes lucharon por la democracia No es una suposición: lo dio a entender él mismo cuando aseguró que la sociedad española simpatiza dos o tres veces más con la izquierda que con la derecha. ¿Cómo no ser considerado un intruso cuando se ocupa el poder en contra de afectos tan rotundos? Y de ahí, una inferencia sutil que contiene una tremenda carga de profundidad: la derecha tiene que recurrir a la crispación porque sólo puede ganar las elecciones de esa manera. Una observación final: para Maravall, la equidistancia denota pereza intelectual Y cosas mucho peores, diría yo. Pero me temo que confunde equidistancia y ecuanimidad. En el mismo acto, José Antonio Zarzalejos, sin asumir ninguna equidistancia, trató de ser ecuánime. Maravall, ni lo intentó.