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4 OPINIÓN MARTES 17 s 4 s 2007 ABC DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA DIRECTOR GENERAL: JOSÉ LUIS ROMERO Área Financiera: Jorge Ortega Área de Márketing: Javier Caballero Área Técnica: José Cañizares Área de Recursos Humanos: Raquel Herrera DIRECTOR GENERAL DE DESARROLLO: EMILIO YBARRA PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO LUCA DE TENA Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Fernando R. Lafuente, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de Área: Jaime González (Opinión) J. L. Jaraba (España) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Juan Cierco (Cultura, Ciencia y Deportes) Mayte Alcaraz (Fin de Semana) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego y Ángel Collado Redactores jefes: V. A. Pérez (Continuidad) A. Martínez (Política) M. Erice (Internacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura y Espectáculos) J. M. Mata (Deportes) F. Álvarez (Comunicación- TV) A. Sotillo (S 6 y D 7) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) y S. Guijarro EL CHANTAJE DE SADR A LOS IRAQUÍES L estrambótico dirigente chií Moqtada Sadr, que no ha sido visto en público desde el pasado mes de octubre, ha lanzado un desafío al Gobierno iraquí al retirar a los seis ministros de su partido que formaban parte del Ejecutivo de coalición. Tras exigir que el primer ministro Nuri Maliki acepte sus exigencias de fijar una fecha para la retirada militar norteamericana, Sadr ha plantado al Ejecutivo y, aunque no parezca estar intentando derribarlo, ya que sugiere que los cargos abandonados sean atribuidos a tecnócratas no partidistas, contribuye a generar una tensión innecesaria en momentos muy delicados. En efecto, la nueva estrategia de seguridad ha sido contestada por un encarnizamiento de las ofensivas terroristas- -hasta el punto de que en los últimos días los asesinos suicidas han llegado a introducirse en el interior de la archiprotegida zona verde de Bagdad- -y, aunque la estadística revele que el número de muertos por atentados y asesinatos sectarios ha disminuido sensiblemente, las cifras siguen en niveles inaceptables para cualquier sensibilidad. Sadr era parte del problema cuando en el mes de agosto de 2004 sus bandoleros armados, miembros del Ejército del Mahdi se enfrentaron abiertamente a las tropas norteamericanas, e hizo pensar más delante que podía ser parte de la solución al aceptar formar parte del Gobierno de coalición, controlado por la mayoría chií. En estos momentos vuelve a ser parte del problema, buscando mejorar sus posiciones de cara a una futura retirada norteamericana y comportándose muy lejos de cualquier disposición patriótica o integradora. Ya se ha enfrentado con sus hombres a los militares iraquíes, sabe que no podría resistir otro embate contra los norteamericanos, y se supone que lo que pretende es reforzarse de cara al futuro, quién sabe si para imponerse por la fuerza. Lo que desde luego no hay detrás de este hosco gesto de abandonar el Gobierno son mensajes de aliento a las pocas fuerzas políticas que aún creen en que se puede mantener la unidad del país. Por desgracia, son aquéllos que apuestan por su destrucción, incluyendo los extremistas del régimen iraní que apoyan a Sadr, los que deben estar frotándose las manos, con el aliciente de que en la opinión pública mundial siempre se culpará de todo a Estados Unidos. Sin embargo, de Sadr no se puede decir que lo hayan creado los norteamericanos- -surgió a la sombra del extraordinario prestigio de su padre, asesinado por Sadam Husein- -y en realidad para Washington lo más fácil sería hacerle caso y retirarse sin demora. Pero lo razonable sigue siendo apoyar al Gobierno de Maliki, a pesar de los costes políticos y humanos que ello conlleva, hasta que las Fuerzas de Seguridad iraquíes puedan hacerse cargo del país. Vista la situación en Irak, no sería el Ejército del Mahdi el que podría garantizar la seguridad, sino todo lo contrario. E LA AUTOCOMPLACENCIA DEL PRESIDENTE OSÉ Luis Rodríguez Zapatero dijo ayer que el futuro no llega, sino que se construye durante la presentación, en el edificio de la Bolsa de Madrid, de El informe económico del presidente una iniciativa interesante, si no se quedara en la retórica que compromete un discurso anual del jefe del Ejecutivo sobre el estado de la economía, adicional al de la presentación de la ley de Presupuestos en otoño y al del debate sobre el Estado de la Nación. Zapatero se limitó a leer durante 35 minutos un discurso de 4.500 palabras preparado por los servicios de La Moncloa y en el que no avanzó ni un solo proyecto de futuro, ninguna promesa y ninguna pretensión- -ni sugestiva, ni indicativa- menos aún que lo anunciado como aperitivo por el asesor económico del presidente el pasado viernes tras el Consejo de Ministros. El objetivo esencial del informe- -aseguró el presidente al acabar su lectura- -es promover el debate, pero sus palabras fueron el reflejo de una autocomplacencia condensada en un catálogo de alabanzas a su gestión, todas ellas de sobra conocidas y buena parte con matices y notas a pie de página, como para poner sordina, aunque las grandes cifras macroeconómicas dibujen un escenario positivo en líneas generales. En la primera página del informe se afirma, sin rubor, que 2006 fue el mejor año económico de la democracia, una aseveración no sustentada ni acreditada con datos y que, además, no es cierta, pues el bienio 1987 88 y el trienio 1998 00 registraron tasas de mayor crecimiento y modificaciones sustanciales superiores a las del pasado ejercicio. Zapatero concretó más adelante algunos problemas evidentes: la productividad, el desequilibrio del sector exterior y el fortalecimiento del estado del bienestar. Acertó en señalar los auténticos puntos negros pero no propuso objetivos, alternativas ni estrategias, más allá de las ya conocidas y formuladas, cuya eficacia está aún por ver. El presidente aludió, tímidamente, a la Seguridad Social y al sistema de pensiones, para despacharlo con un tibio ...si fueran necesarias nuevas reformas trasladadas J éstas al resultado del diálogo social. Poca cosa como para presumir de haber profundizado en la reforma del mercado laboral y solventado el gravísimo problema de competitividad de una economía de estructuras excesivamente rígidas y que necesitan flexibilizarse con urgencia. Zapatero destiló optimismo y recurrió a The Economist imparable economía española y a Financial Times el país preferido para trabajar, aparte del propio para apoyar su argumento, pero olvidó otros comentarios bastante menos favorables de los mismos medios, publicados en fechas recientes y que califican de insostenible el crecimiento español, especialmente el que proviene del sector inmobiliario, y critican severamente las deficiencias del sistema institucional, más en concreto de la supervisión de los mercados de valores puesta en evidencia por los avatares de la opa sobre Endesa. Sobre esta materia, que asombra en los mercados financieros internacionales, el presidente prefirió guardar silencio. Tampoco se pronunció sobre los problemas de dependencia energética que amenazan a la economía española, para dedicar un párrafo al cambio climático que, según él, es nuestro mayor desafío contemporáneo Se felicitó el presidente del Gobierno de la reforma de Radiotelevisión Española, cuyo eficacia está aún por demostrar, y aludió a la llegada de mujeres- -hasta un 12 por ciento, dijo- -a los consejos de administración de las grandes empresas, como si se tratara de un avance social. En resumen, un discurso fallido, que no plantea problemas, ni alude a las alternativas y soluciones a los mismos. Una oportunidad perdida para proponer a la sociedad española objetivos posibles y deseables, porque en lo que sí tiene razón Zapatero es en su afirmación de que el avance de nuestra economía es mérito fundamentalmente de la madurez que ha alcanzado la sociedad española, del dinamismo de sus agentes económicos y de los frutos del clima de dialogo social entre empresas y trabajadores Y ello a pesar del intervencionismo de los gobiernos, especialmente el actual, reñido con la autocrítica. EL AGUA, PROYECTO NACIONAL AS imágenes del agua desperdiciada, sin utilidad para nadie, son fiel reflejo del fracaso al que conduce una política estrecha y localista. En muy pocos días, la crecida del Ebro arrojó al mar el agua necesaria para dos años en las regiones levantinas. Hay otros datos contundentes: sólo se consiguió almacenar el 10 por ciento de la riada y se perdió más agua de la que Murcia podría desalinizar en un año entero. En estas circunstancias, no debe extrañar la reapertura del debate sobre el trasvase del Ebro y la comparación entre el Plan Hidrológico Nacional aprobado por el PP y el fallido Proyecto Agua del Ejecutivo actual, que descarta dicho trasvase. España necesita un pacto nacional en esta decisiva materia, inspirado por un proyecto común y solidario frente a los intereses partidistas de corto alcance. El agua enfrenta hoy día a regiones como Murcia y Castilla- La Mancha, unidas por todo género de vínculos sociales y afectivos; en Aragón, algunos políticos transmiten una visión sesgada de la política hidráulica que sólo atiende a ventajas coyunturales, y las tesis nacionalistas sobre este asunto han generado en Cataluña un enfoque insolidario y particularista. Las cosas no pueden seguir así. Entre unos y otros, el trasvase del Ebro ha quedado para mejor ocasión, mientras las lluvias de Semana Santa provocaban inundaciones, campos anegados y una triste sensación de L haber dilapidado un caudal imprescindible para atender necesidades acuciantes. En nuestro país, el agua es un bien escaso y muy mal repartido por la naturaleza. Por tanto, es imprescindible desarrollar las infraestructuras necesarias para aprovechar hasta la última gota y para distribuirla con criterios racionales. Es decir, todo lo contrario de lo que viene haciendo el Ministerio de Medio Ambiente, atado por compromisos partidistas y que se limita a poner parches y a anunciar proyectos que nunca se cumplen. Trasvases, pantanos y obras hidráulicas de diversos niveles deben contemplarse como soluciones a medio y largo plazo, que no pueden quedar al arbitrio de un cambio de mayorías. Las nuevas necesidades de uso y consumo, los efectos del cambio climático y la degradación de las cuencas por el impacto de algunas industrias son fenómenos que agravan un problema ya de por sí complejo. También en esta materia el Gobierno ha demostrado su incapacidad para plantear proyectos nacionales de largo alcance más allá de las estrategias oportunistas. Sin embargo, España no puede afrontar el siglo XXI sin luchar contra la amenaza de una sequía que puede llevar al colapso a determinadas zonas de nuestro territorio. Todo ello, sin vencedores ni vencidos y sin agravios para nadie, sino buscando una compensación razonable entre los equilibrios regionales.