Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC LUNES 16 s 4 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA POBRE POLISARIO RES años han pasado desde que el ministro Moratinos, entregado a ese irresponsable optimismo de su jefe que con certera objetividad describe Javier Valenzuela en Viajando con ZP anunciase que el conflicto del Sáhara iba a quedar resuelto en nueve meses. Tres años en los que sólo han quedado claras dos cosas: que España sigue pintando más bien poco en los eternos procesos negociadores de la zona, y que Zapatero ha decidido abandonar al Polisario como apaciguadora moneda decambio para obtener una cierta benevolencia del régiIGNACIO men marroquí. CAMACHO Pobre Polisario. Qué lejos quedan ya aquellos años en que las banderas saharauis ondeaban en los congresos del PSOE, confiados sus portadores en la hermandad de un socialismo español cuyo líder no tardó en dedicarse a hacer negocios y lobby con el majzén alauita, instalado en el Mirage tangerino que sus dueños le abrían sólo para él fuera de temporada. Pero al menos Felipe se las apañaba para mantener el diálogo a los dos lados del muro de ladrillo y cemento del desierto; su mano izquierda nunca preguntó lo que hacía la derecha. Zapatero ha optado con una claridad tan pragmática como vergonzante; simplemente les ha dado con la puerta en las narices a sus antiguos aliados históricos para que Mohamed VI conceda unas cuantas licencias de pesca y se permita magnánimos compases de freno en la presión migratoria. Provisionales, claro, porque si algo sabe Marruecos es cómo administrar con España la política de palo y zanahoria. Poco precio para una traición tan moralmente deshonrosa. El denostado Aznar siempre pensó que el Sáhara era la forma de mantener el pulso tenso con los vecinos de la chilaba. Los polisarios le importaban un bledo, pero le proporcionaban una pragmática herramienta con la que administrar el antipático toma y daca marroquí. Cuando Mohamed galvanizaba a sus inquietos súbditos con proclamas sobre Ceuta y Melilla, España apostaba por la autodeterminación saharaui y apretaba las tuercas en la ONU. Era un quid pro quo incómodo que hizo crisis en Perejil, pero servía para mantener las espadas en alto y hacer sentir al sultán una cierta inquietud en su retaguardia. Ahora, España ha echado al Polisario a los leones, provocando de paso el malestar argelino en un momento especialmentedelicado por la presión terrorista del integrismo. Marruecos deja pescar a unos cuantos barquitos, pero Argelia nos ha subido el gas y desconfía de nosotros como interlocutores de mediación. Hemos torpedeado el plan Baker y optado por una de las partes en discordia, que tarde o temprano acabará volviendo a presionar a su conveniencia. El maldito apaciguamiento como doctrina de corto plazo. Y en medio se han quedado los perdedores históricos de una descolonización apresurada cuyo drama fue siempre una deuda moral para España. Zapatero la está saldando con la entrega de los acreedores a sus enemigos. Esa conducta desaprensiva también debe de formar parte de la superioridad ética de la izquierda. T EL DÍA QUE ME FUSILEN NVITADO por el Consejo Escolar de la Comunidad de Madrid, pronuncié el sábado una conferencia sobre educación. Las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan ya conocen sobradamente mi preocupación por este asunto, que juzgo primordial. Me había precedido en el uso de la palabra la viceconsejera de Educación, doña Carmen González, que en un determinado momento de su discurso se había referido de pasada a los valores tradicionales como algo sometido a revisión. Fuera por esta mención, o bien porque me presentaba Fernando Jiménez Guijarro, un querido profesor de Latín, decidí vertebrar mi conferencia sobre la defensa del concepto de tradición que como todos sabemos significa entrega o transmisión No existen otros valores, en el estricto sentido de la palabra, sino los tradicionales, los que entregamos a quienes vienen detrás de nosotros como llave para interpretar la realidad, para responder a los retos que la realidad nos plantea. La educación, a fin de cuentas, es la expresión máxima de la tradición: el maestro entrega a su discípulo un criterio para enjuiciar la realidad, JUAN MANUEL una estructura de valores y significaDE PRADA dos que lo protege de la intemperie. Sólo cuando al discípulo se le ha hecho esa entrega es posible acicatear su libertad de juicio, para que luego él pueda someter los valores que le han sido entregados a inquisición y controversia, incluso a negación; cuando, por el contrario, no se le entrega ningún criterio ni valor, o los que se le entregan son contradictorios, se le condena al caos y a la desorientación. Acto seguido, hilvané un alegato a favor de las Humanidades, que son las disciplinas que, al vincularnos con el pasado, nos enseñan a descifrar el presente. Cuando un joven no conoce su propia historia, cuando ignora la genealogía de su propio idioma, cuando le han sido escamoteadas las disciplinas que le muestran la filiación de las arduas conquistas sociales, morales o jurídicas que adornan su cultura, se le está usurpando el derecho a saber quién es; y cuando uno no sabe quién es ya se ha convertido en víctima potencial de cualquier I adoctrinamiento político travestido de educación para la ciudadanía Completada mi vindicación de la traditio, no me recaté de hacer un alegato a favor de la auctoritas (del supino del verbo augere, que significa hacer crecer no existe educación posible sin reconocimiento de la autoridad del maestro; y ese reconocimiento actúa como un acicate para el discípulo, que sólo cuando siente que alguien le hace crecer halla en el proceso educativo una vocación de exigencia y esfuerzo. Por supuesto, sabía que mi conferencia era sumamente provocadora. Hablar de tradición y autoridad constituye una herejía inadmisible para quienes han convertido la educación en una charca de ranas que ha desgraciado ya a varias generaciones; para quienes, embriagados por un apetito de destrucción, aspiran a arrasar el cuerpo social desde sus cimientos, fabricando remesas de jóvenes aturdidos por el relativismo y la banalidad, carnaza para el adoctrinamiento. Estos concienzudos destructores sociales, amparados en delicuescentes teorías pedagógicas, han logrado, como aquellos sastres de la fábula, convencernos de que el rey está vestido; cuando aparece alguien que se atreve a burlarse de la desnudez del rey se revuelven como basiliscos, pues saben que el día en que por fin aceptemos que nos hemos equivocado se les habrá acabado el chollete. Pero el chollete no se les acaba de momento (quizá cuando por fin se les acabe ya habrán completado su designio destructivo) y cualquier voz que se atreva a exponer desnudamente la magnitud del destrozo los enardece hasta el espumarajo. A esto ya estamos acostumbrados; y confesaremos que nada nos complace más que contemplar cómo algunos se transforman en la niña del exorcista, mientras nos oyen hablar. Pero el otro día, al acabar mi intervención, alguno me asaltó e increpó, con esa seguridad que otorga saberse el amo de la finca; con escasas razones y una infinita munición de odio. Supe que, si hubiesen podido fusilarme, lo habrían hecho; sé que lo harán en cuanto puedan. Sólo ruego que, llegado ese trance, un segundo antes de recibir la descarga del plomo, tenga el valor de dispensarles la misma sonrisa irónica que el otro día engalanaba mis labios.