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26 ESPAÑA DOMINGO 15 s 4 s 2007 ABC ESPAÑA SIN BRÚJULA Álvaro Delgado- Gal control sobre la inmigración. La rectificación más obvia, habría afectado al disenso territorial interno: no tiene perdón de Dios desangrarse en peleas de patio de vecinos, cuando el conjunto está amenazado por peligros graves e inmediatos. ¿Se ha hecho lo que se debía hacer? No. Después de unas horas de azoramiento, se ha recuperado el 11- M para reavivar una pendencia... que no guarda relación alguna con nuestros problemas reales. La tragedia de Atocha insiste en desbordar el perímetro inicial de las doscientas víctimas inocentes y está infectando irreversiblemente al sistema. El PP se ha equivocado al no desmarcarse lo suficiente de la explotación del atentado por medios periodísticos poco escrupulosos. Esos medios han puesto más empeño en desacreditar peligrosamente el resultado de las elecciones, que en investigar la verdad con rigor. Y el PSOE parece haber perdido por entero el sentido de las proporciones. Raya con lo inaudito la pretensión de que Aznar y compañía sean sometidos a un proceso político por sus presuntas mentiras tras la matanza. No se mintió, por cierto: más justo sería decir que se procuró reinterpretar, de modo inverosímil, una información oficiosamente aprontada desde el propio Gobierno en la convicción errónea de que el atentado acrecía las expectativas de partido al que representaba. Peroesto no es lo que verdaderamente me abruma. Lo que me produce, lo confieso, una suerte de agobio insoportable, es que el flasback nos retrotrae a uno de los peores momentos morales de la sociedad española desde que se instauró la democracia. Los españoles desafectos a la intervención en Irak, tenían todo el derecho del mundo a castigar mediante el voto la aventura en solitario del último Aznar. Pero no sucedió, por desgracia, sólo esto. Ocurrió a la vez un desdichado cruce de cables: muchos ciudadanos identificaron al enemigo, no con los asesinos, sino con su presidente. Es lamentable que, después de lo que ha llovi- os hemos convertido, por así decirlo, en un caso de laboratorio: empezamos a constituir un ejemplo elocuente de cómo no deben funcionar las cosas en un país serio. El miércoles pasado, en Argel, Al Qaida causó una masacre y reivindicó, de paso, el Ándalus para la fe musulmana. ¿Qué habría hecho una nación discretamente preocupada por su propio futuro? Pues acelerar medidas que deberían haberse iniciado tiempo atrás, incluso antes del 11- M. Lo normal habría sido que las medidas comprendieran dos capítulos, uno de carácter positivo, y otro de índole rectificativa. Por lo primero entiendo cosas tales como dotarse de una defensa operativa, proteger Ceuta y Melilla, afianzar lazos con los Estados Unidos, única potencia militar capaz a escala mundial, o apurar al límite el N Después de unas horas de azoramiento, se ha recuperado el 11- M para reavivar una pendencia do, se siga hurgando en la herida, con el pretexto que sea. Una reflexión honrada, digo más, una reflexión patriótica, obligaría a recuperar el episodio introduciendo los innúmeros elementos que en él intervinieron. Es verdad que el protagonismo de Aznar en los meses anteriores a la invasión de Irak, favoreció que los terroristas islámicos nos colocaran en su punto de mira. Ahora bien, las conexiones causales que finalmente concurrieron en la masacre, trazan un mapa laberíntico, y exceden de los contornos simplones en que quieren encerrarlas los testigos de parte. España estaba ya en lista de Al Qaida, como consta fehacientemente. Y la propia división de los españoles alentó, por desgracia, a los terroristas, quienes obtuvieron lo que perseguían: influir en el resultado de las elecciones. Que el hecho no fuera tenido en cuenta por los votantes, de cuyo campo de visión desaparecieron las consecuencias que para la comunidad internacional suponía ceder al chantaje, es penoso, pero inseparable de la complejidad intrínseca a toda experiencia moral. Habría resultado abusivo, por ambiguo, exigir al ciudadano indignado que se abstuviera de castigar a un partido a partir de consideraciones importantes aunque, en ese instante, percibidas por él como laterales o remotas. El asunto rodó, en fin, como rodó, a lo largo de tres días turbulentos y terriblemente gestionados por las dos grandes formaciones partidarias. En una nación más disciplinada que la nuestra, se habría sabido conciliar el perdón recíproco con un examen sincero de los errores y fealdades cometidos. Y se habría adoptado, de consuno, una política funcional, esto es, adaptada a las dificultades en que se halla un país fronterizo y excepcionalmente expuesto a la crisis gigantesca en que han ingresado casi todos los países de mayoría musulmana. Es ingenuo esperar que esta política no sólo funcional, sino necesaria, vaya a instarse desde las bases sociales. El pueblo, el buen pueblo, sólo hace política en el imaginario de los demócratas de manual. En la práctica, el pueblo se limita, cada cuatro años, a quitar y poner gobiernos. La misión de colocar los puntos sobre las íes corresponde a las instituciones en sentido amplio, y especialmente a los partidos. Que los últimos, en vez de tomarse a pecho un asunto vital para los intereses generales, persistan en agitar espantajos con el propósito de ganar dos palmos de terreno de cara a las elecciones, revela el grado de enajenación profunda a que progresivamente hemos llegado.