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ABC SÁBADO 14 s 4 s 2007 Tribuna abierta Publicidad 7 Profesor de Ciencia Política de la Universidad de Murcia Miguel Ángel Quintanilla Navarro El problema no es que ETA sea minoritaria y por eso acude a la violencia para obtener lo que los votos no le dan; el problema es que los votos nunca pueden darle lo que pretende, por numerosos que sean ON motivo de la solicitud de registro en el Ministerio del Interior de Abertzale Sozialisten Batasuna, el presidente del Gobierno solicitó a ETA y a quienes la apoyan la renuncia a la violencia y la defensa de sus ideas por medio de la palabra y por vías democráticas. No era, desde luego, la primera vez que el Gobierno realizaba ese llamamiento, que fue respaldado por numerosos representantes políticos que, a veces mostrando aprecio- -aunque un conocimiento limitado al rechazo de la violencia, que es sólo uno de los requisitos que la actividad política debe satisfacer- -y a veces desprecio por la ley de Partidos, afirmaron la conveniencia de que la izquierda abertzale abandone el camino en el que se encuentra y transite por otro diferente para llegar al mismo lugar. La idea de que el terrorismo etarra es un problema de método y no de contenido se encuentra muy extendida y revela una percepción equivocada de la democracia liberal- -que es la que está vigente en Occidente- -y de lo que las mayorías pueden hacer sobre las minorías en caso de ganar unas elecciones. Lo que ETA pretende (privar de sus libertades a los disidentes, entre otras cosas) y no sólo el método mediante el que lo promueve, no cabe dentro de nuestro sistema político, y conviene empezar a dejarlo claro para que la confusión no vaya a más. Su método es el único que permite promover su programa. ETA: UNA VÍA MUERTA C ley de partidos, que exige mucho más que no ejercer o condenar la violencia. Salvo que nos rindamos a la pretensión última del terrorismo, que es que asumamos que la desaparición de la violencia nos importa tanto que estamos dispuestos a suprimir los límites y los fundamentos morales del sistema. N L a expulsión del discrepante, el enmudecimiento del disidente y el dominio totalitario sobre los derechos fundamentales de la gente no pueden ser defendidos por vías democráticas, porque la vía democrática no llega hasta esa estación. La democracia liberal, sistema en cuyo seno se solicita a ETA que se inserte, no admite el programa de la izquierda abertzale, independientemente del número de votos que lo respalde. Nadie tiene obligación de aceptar la supresión de sus derechos fundamentales por una mayoría de votos, aunque sea una mayoría de todos menos de uno mismo, porque eso no sale a concurso en las elecciones, no está a disposición de quien las pierde, claro, pero tampoco de quien las gana, que es lo que parece querer decirse a ETA: el problema no es que ETA sea minoritaria, y por eso acude a la violencia para obtener lo que los votos no le dan; el problema es que los votos nunca pueden darle lo o se puede defender el totalitarismo por vías democráticas liberales porque la gente se resiste a que la laminen, y, puestos a entablar conversación con ETA, aunque sea mediante declaraciones de prensa, conviene ajustar el mensaje para dejar de eludir lo que realmente sabemos, para que ETA o los suyos puedan estar dentro del sistema no sólo tienen que abandonar la violencia: tienen que abandonar su programa, tienen que dejar de pretender el dominio totalitario sobre la vida y la hacienda de los demás. Eduardo Uriarte ha explicado su abandono de ETA en una magnífica obra titulada Mirando atrás. De las filas de ETA a las listas del PSE El tránsito desde las filas hasta las listas se produjo mediante un simultáneo cambio de ideas que en esencia llevaron a Uriarte, en compañía de Mario Onaindía, entre otros, a comprender el valor de la democracia liberal, de la Constitución y del Estatuto, y, en último término, a convencerse de dos cosas: primero, que lo que ETA pretendía no debía ocurrir; segundo, que ETA no podía abandonar su método sin abandonar simultáneamente su programa, porque sólo mediante la violencia se podría dar cumplimiento a su ideal totalitario. que pretende, por numerosos que sean. Eso es lo que significa que un derecho es fundamental que nadie salvo su titular puede disponer de él. El sistema debe protegerse de los métodos que lo amenazan, y también de los contenidos que lo pueden erosionar. Hay muchas cosas que no caben en nuestro sistema, aunque el método mediante el que se reali- zan no sea violento: dejar de pagar impuestos, llevarse la propiedad de otro, incitar al delito, prevaricar, falsificar documentos, robar niños, comprar órganos vitales, mentir ante el juez, malversar, amañar elecciones, amenazar... Tampoco lo que ETA pretende, que atentaría contra los derechos de participación política aunque el método para darle cumplimiento fuera un boletín oficial. se límite es el que habitualmente trazan los jueces y el Tribunal Constitucional español, incluso contra leyes emanadas del Parlamento, y por supuesto deben trazarlo también frente los actos de cualquier órgano nacional o autonómico. No advertir de esto al mundo de ETA y dejarle suponer que el mero abandono de la violencia basta para que encaje en el sistema carece de sentido, y a medio plazo asegura el fracaso de la operación. Es una mutilación de la E Para que ETA o los suyos puedan estar dentro del sistema no sólo tienen que abandonar la violencia: tienen que abandonar su programa, dejar de pretender el dominio totalitario sobre la vida y la hacienda de los demás E sa obra, y especialmente su último capítulo, es extraordinariamente valiosa porque muestra el vínculo indisoluble entre el destino que ETA trata de alcanzar y el método que ha dispuesto para alcanzarlo. Se abandona la violencia en la medida en que se abandona la idea de imponer un dominio totalitario, y se persevera en ella en la medida en que se persevera en ese mismo objetivo. La democracia liberal es el método de la convivencia, palabra especialmente apreciada por Uriarte, y es incompatible con el totalitarismo; y carece de sentido solicitar a un totalitario que promueva su delirio mediante la democracia, y aún más resignarse a ser totalizado si esa agresión es validada en las urnas. No puede haber cambio de método si antes no hay cambio de ideas, y esta conversión es siempre un proceso personal, no grupal. Y no lo hay, que se sepa.