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ABC SÁBADO 14 s 4 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA FANTASMAS RES años de mal gobierno después de su sorpresiva y accidentada victoria, el mejor argumento electoral del PSOE, la única arma con la que se siente protegido, continúa siendo el 11- M. No se mueve de ahí, no encuentra otra idea, ni un proyecto, ni nada sólido que ofrecer a los ciudadanos más que el recuerdo de los días convulsos de las bombas de Atocha, en cuya atmósfera crispada por el miedo y la rabia pescó con desaprensivo oportunismo- -bien ayudado por los errores del Gobierno Aznar- -los votos de su inesperado vuelco histórico. Irak y Atocha: he ahí el programa de un partido que lleva tres años en el poder sin hacer otra cosa que enredarse en sus IGNACIO propios fracasos. CAMACHO Pero si los socialistas aún pueden agitar las aguas revueltas de la tragedia para tratar de salvarse del naufragio de su mala gobernanza es porque el PP se lo permite con una estrategia suicida que le enreda en su peor pesadilla política. En este trienio amargo de oposición, los populares han logrado reconstruirse a sí mismos, han superado la cruel estupefacción de una derrota capaz de triturar al más pintado, han mantenido la cohesión frente a una estrategia concertada de exclusión y de acoso, y han aguantado la movilización de sus electores con encomiable fortaleza y no poco desgaste. Pero no se pueden zafar del abrazo mortal de 11- M. No logran superarlo. No consiguen pasar la página de su momento más crítico. Cuando no se agarran a los fantasmas de la conspiración, dejan que les reboten los recuerdos de una actuación política manifiestamente incompetente, o se enredan a sí mismos- -caso Díaz de Mera- -en la confusa red de testimonios imprecisos que aventan sospechas inconvenientes. Este pésimo manejo de su más pesado hándicap político perjudica de manera notable las expectativas de crecimiento del PP en el instante más propicio para levantar una alternativa al caos zapaterista, pero de ninguna manera justifica que un Gobierno incapaz de defender su gestión trate de resucitar la discordia nacional como paliativo de su inepcia. Los errores de Aznar fueron juzgados y sancionados el 14- M, por cierto con demasiado rigor para lo que merecía el conjunto de su dirigencia. Lo que ahora toca dirimir es el balance de tres años de deriva incapaz en los que, lejos de cauterizarse las heridas iniciales de la legislatura, se han abierto aún más con la ruptura de consensos básicos y la puesta en marcha de una agenda desquiciada. Experto en el arte de las cortinas de humo, el PSOE pretende agitar las sombras dolorosas de la tragedia para que tapen el desolador vacío de su equipaje de gobierno. Con el proceso de ETA en punto muerto y el mapa territorial dislocado, no tiene nada que ofrecer más que una fachada hueca de propaganda y artificio. Ha consumido la esperanza y extendido el desánimo, y sólo le queda apelar otra vez a la turbulencia de unos días dramáticos en los que nadie estuvo a la altura de las circunstancias. Si le funciona de nuevo este recurso desesperado, será porque esta sociedad está mucho más enferma de odio de lo que parece. T LA MEMORIA MALVERSADA URANTE la promoción de mi última novela, tan denostada por los críticos del Régimen (pero no hay mayor timbre de gloria que ser denostado por semejante caterva) me han preguntado en multitud de ocasiones si considero, como afirma uno de los personajes del libro, que el olvido puede ser benéfico. Mi respuesta siempre ha sido la misma: puede que el olvido sea conveniente cuando los acontecimientos traumáticos aún están demasiado próximos, cuando las heridas que abrieron aún no han cicatrizado; pero, superada esta primera etapa, considero que el ejercicio de la memoria se torna necesario. De lo contrario, corremos el riesgo de que aquellos acontecimientos silenciados acaben pudriéndose y originando graves malformaciones en el cuerpo social. Pero tan nociva como el olvido es la malversación de la memoria, su utilización selectiva y complaciente con el propósito de reavivar viejos rencores. Este y no otro ha sido el propósito que ha guiado a nuestros gobernantes al JUAN MANUEL desenterrar los fantasmas de la GueDE PRADA rra Civil; no se ha tratado de rendir un resarcimiento moral a quienes padecieron las consecuencias de aquel infortunado pasaje de nuestra historia, sino de utilizar selectivamente dicho sufrimiento como acicate del rencor. Por supuesto, en esta abyecta labor de malversación de la memoria el sufrimiento de aquellos inocentes que fueron asesinados o perseguidos por el bando republicano no cuenta. Durante los últimos meses se han sucedido los actos de desagravio y homenaje a víctimas del bando franquista; en cambio se han ocultado muy canallescamente las bestialidades que se perpetraron en zona republicana. Uno vería con buenos ojos, por ejemplo, que se rememorase el horror del fusilamiento de las Trece Rosas si también se rememorase el horror no menos lacerante de los sacerdotes y novicios martirizados en Barbastro; o que se rindiese homenaje a las víctimas de la toma de Badajoz si también se lamentase la ignominia de Paracuellos. D Pero en este ejercicio de malversación de la memoria no interesa el sufrimiento humano; o sólo interesa si sectariamente se puede obtener de él un rédito ideológico. Esta inhumanidad rampante de la llamada memoria histórica adquiere a veces expresiones paradójicas. Ocurre así, por ejemplo, con un episodio rigurosamente comprobado que me he permitido incorporar en mi novela reciente. En el último invierno de la Guerra Civil, casi medio millón de españoles simpatizantes del bando republicano cruzaron la frontera francesa huyendo de la ofensiva de Yagüe. El gobierno francés, que no vaciló en tildarlos de hatajo de indeseables los hacinó en insalubres campos de concentración improvisados en las playas del departamento de los Pirineos Orientales. El gobierno francés quería librarse a toda costa de aquella multitud de parias; para ello, solicitó a las autoridades republicanas en el exilio que exhortasen a aquellos republicanos que no estuviesen implicados en delitos de sangre a regresar a España, asegurándoles que nada les ocurriría. Muchos incautos (hasta un tercio de aquel medio millón de refugiados) picaron el anzuelo que se les tendía; por supuesto, el recibimiento que les aguardaba distaba mucho del que idílicamente les habían pintado los irresponsables dirigentes republicanos: algunos fueron ejecutados, otros dieron con sus huesos en la cárcel, la mayoría hubo de soportar una existencia no muy lustrosa. Pero cuando se evoca este episodio se silencia que esos republicanos que regresaron a España fueron en realidad enviados como corderos al matadero por los gobernantes en quienes habían depositado su confianza. Y se silencia porque lo que menos le importa a los apóstoles de la llamada memoria histórica es el sufrimiento humano; o, en todo caso, importa mucho menos que la deificación de la República. Algún día (pero habrá de pasar mucho tiempo, pues el enquistamiento de la mentira tardará en agostarse) las generaciones venideras se avergonzarán de la malversación de la memoria que en estos años se ha perpetrado. Y se avergonzarán, sobre todo, porque la guiaba un designio de inhumanidad.