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ABC SÁBADO 14 s 4 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA DE RUSHDIE A PAMUK: UNA DERIVA Que los escritores estén amenazados es uno de los primeros síntomas de una deriva fatal en la sociedad donde ocurre, pero puede suceder debido al enajenamiento de un grupo al margen de esa misma sociedad. Que la indiferencia sea la respuesta social es otro síntoma peor. Y de momento, es la que ha desfilado ante nuestros ojos como una fantasmagórica caravana que surgiera de entre las nieblas del pasado... E parecida manera a cómo los Estados Unidos supieron, en el pasado siglo, poner orden en el caos europeo y neutralizar la compulsiva afición de la Vieja Dama a ser raptada por toros de la peor especie, tal vez ahora deberíamos contemplar a dos alemanes- -Ángela Merkel y Benedicto XVI- -como las dos casas- -la política y la espiritual- -en las que Europa recupere esa confianza en sí misma que flota a la deriva. No es un planteamiento cínico, sino la certeza de que en ambos reside todavía la fe en una Europa que conoce su pasado y confía en su futuro. El panorama en otros lugares oscila entre el desconcierto y la fatiga, cuando no en el ensimismamiento narcisista, como ocurre ahora en España, amnésica otra vez del viejo continente. Aunque ejemplos del nuevo rapto europeo los haya allá donde miremos, si nos fijamos en nuestros nuevos socios comunitarios- -empezando por los inquietantes hermanos polacos y acabando por la incesante resaca de la pesadilla balcánica- -el repaso no es, precisamente, de los que endulzan la vida. De la agitación nerviosa a la catalepsia, el cuerpo europeo parece poseído por una profunda enfermedad moral. Pensemos si no, en la ausencia de reacciones ante el Caso Pamuk- -o el esplendor, si así puede llamarse, de la indiferencia- y su contraste con lo ocurrido ante las amenazas a Salman Rushdie, ni veinte años atrás. las tres semanas de morir el escritor Bruce Chatwin, la catedral griega de Santa Sofía, en Londres, celebró un funeral ortodoxo en su memoria. (Chatwin, al final de su vida, se había convertido- -desde un esteticismo algo snobish- -al cristianismo bizantino fascinado por sus densos rituales) Aquel funeral tuvo lugar a principios de 1989 y, pocas horas antes, el ayatolá Jomeini había pronunciado su fatwa contra Salman Rushdie, muy amigo de Chatwin. La amistad suele imponerse- -o debería hacerlo- -a los intereses más egoístas- -y salvar la vida es el primero: todos lo entienden, comparten y aplauden- pero Rushdie acudió a ese funeral por su amigo, aparcando el miedo que produciría en cualquiera una amenaza de muerte como ésa, tan seria que acabaría luego con la vida de alguno de sus traductores y editores. Rushdie no lo hizo por valentía o arrojo inconsciente, sino por amistad. Los periodistas lo buscaban entre los asistentes al funeral como si fueran policías o entomólogos a la caza de un raro especimen. Al final de la ceremonia el escritor norteamericano Paul Theroux le dijo: Mantén la cabeza baja, Salman, o la semana que viene estaremos nuevamente aquí por ti Como la naturaleza humana es la que es, existe una versión malvada de la historia, que circuló por el establishment literario londinen- D se, tan dispuesto a veces a jugar a los dardos con sus colegas del otro lado del Atlántico. Según algunos maledicentes lo que hizo Theroux con Rushdie fue advertirle con una sonrisa malévola que pronto estarían de nuevo ahí por él, sin más. Paul Theroux es un escritor que sabe ser implacable- -lo fue, por ejemplo, en su magnífico libro La sombra de Naipaul o la crónica de una amistad deshecha- -pero siempre he creído que esa segunda versión, ácida y desalmada, tenía más que ver con el gusto por el sensacionalismo- -motivo por el cual aparecen a menudo los escritores en prensa- -que con la realidad del episodio funerario. Imaginemos que ambas versiones fueran ciertas y comparemos ambas frases, como podemos comparar aquella Europa de hace veinte años a la de ahora. En la primera- Mantén la cabeza baja... -hay preocupación y cuidado; en la segunda- El próximo serás tú... -hay sólo cinismo, amoralidad y mala intención disfrazada de humor negro. Pero sobre todo hay, detrás, cierto aroma a hediondo programa de cotilleo, ese aroma que va embadurnando a la velocidad de la luz nuestra vida pública y la convierte en un sucedáneo de esos programas. O cómo la voluntad de transparencia hunde a menudo sus raíces en lo morboso: el igualitarismo desde la poza. a sensación ahora es parecida si comparamos las reacciones públicas ante la amenaza de muerte a Salman Rushdie y la huida de Turquía de Orhan Pamuk, una vez asesinado su amigo el periodista Hrant Dink. Cuando se concedió a Pamuk el Nobel de literatura, se subrayó su condición de escritor turco- -impecable y con algunas novelas extraordinarias- -como una apuesta de la Academia Sueca por la Turquía más abierta y su posible entrada en la UE. Pero el exacerbado nacionalismo de su país- -como el islamismo en el Caso Rushdie- A L ha provocado que el escritor tuviera que abandonar esa segunda piel que es su ciudad natal, tan hermosamente contada- -la ciudad- -en su libro Estambul En silencio y con nocturnidad y menos mal que aún existen las universidades norteamericanas como doctas embajadas donde se practica el derecho de asilo. Por lo demás a Europa le han bastado un par de días para mirar hacia otro lado, como si nada hubiera ocurrido. O peor: como si así se hubiera despejado la molesta incógnita turca y a otra cosa. Sin saber exactamente, por cierto, cuál es esa otra cosa. El eco de aquellas dos frases pronunciadas por Theroux- -una de ellas apócrifa- -vuelve a oirse en casa como una metáfora de lo que nos ocurre. Entre Rushdie y Pamuk han pasado casi veinte años y da la impresión de que, en este tiempo, la conciencia europea hubiera sufrido un ataque de apoplejía que la ha dejado para el arrastre. Hablo de conciencia intelectual, ética y moral, si es que las dos últimas no acaban siendo la misma. Pero donde en los Versos Satánicos de Rushdie existía la certeza de la provocación religiosa a través de su arte novelesco, en Pamuk sólo ha habido fidelidad a la Historia- -la matanza de armenios- -a través de algún artículo y entrevista: papeles que se lleva el viento más deprisa que un libro, aunque fuera juzgado y exculpado por ellos. Sin embargo el caso Rushdie fue asumido por toda Europa occidental. En alguna ocasión a regañadientes- -recuerdo unas declaraciones del Príncipe Carlos de Inglaterra quejándose del gasto presupuestario que implicaba la seguridad del escritor- pero fue asumido y su persona protegida y encubierta por los Estados de las naciones donde tuvo que esconderse. Algo de lo que Europa pudo enorgullecerse, plantando cara al integrismo y defendiendo su libertad, le gustara más o menos lo que en ella se expresaba. El caso Pamuk, en cambio, parece que ocurriera en una lejana república ex soviética. Como si el Nobel bastara, cuando en vez de blindarlo, lo ha puesto bajo los focos. El asunto no es nuevo: recuerden a Pasternak; el autor de Doctor Zhivago no pudo abandonar nunca la URSS y tuvo que padecer las sutiles venganzas de un estado maléfico. Q ue los escritores estén amenazados es uno de los primeros síntomas de una deriva fatal en la sociedad donde ocurre, pero puede suceder debido al enajenamiento de un grupo al margen de esa misma sociedad. Que la indiferencia sea la respuesta social es otro síntoma peor. Y de momento, es la que ha desfilado ante nuestros ojos como una fantasmagórica caravana que surgiera de entre las nieblas del pasado. JOSÉ CARLOS LLOP Escritor