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ABC VIERNES 13 s 4 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA MATRACA O peor de los nacionalistas es que nunca descansan, que jamás se toman un respiro en su cansina matraca aldeana. El más sectario de los militantes socialistas, el comunista más fervoroso, el conservador más acérrimo, llega un momento en que se ofrece a sí mismo un receso para humanizarse y se concede una debilidad: una copa de vino, un cine, un partido de fútbol, un rato de sueño. Pero el nacionalista se lleva el nacionalismo a cuestas hasta ese ámbito sagrado de intimidades y sentimientos, y lo asfixia con su eterna tabarra victimista e identitaria; mira si el vino es del terruño, se preocupa por el doblaje autóctono de la película, tribaliza a su equipo favorito IGNACIO y hasta, si se echa a dorCAMACHO mir, sestea envuelto en la quimérica bruma de la independencia. Sin pausa, sin sosiego, sin tregua. El nacionalista no deja cabos sueltos. Es terco, tozudo, pertinaz. Prodiga una atención escrupulosa a los detalles para que todo su entorno transpire un identitarismo monocorde y sin fisuras; vigila los letreros de las tiendas, las etiquetas de los productos, el mapa del tiempo, el rótulo de los taxis. Domina los mecanismos simbólicos como claves de la creación de un imaginario colectivo propio. Y se aplica con tenacidad indesmayable en el adoctrinamiento de la infancia, garantía de la perpetuación de su designio unívoco, hasta convertir la enseñanza no en un proceso de aprendizaje humano, sino en una factoría de diferencialismo. Para la obstinación nacionalista no hay edad mala ni tierna. Su permanente guardia esencialista no permite un minuto de sosiego, ni reconoce un solo espacio de calma o desahogo. Su coherencia es lineal, atosigante, unidireccional, y se proyecta hasta en los escenarios más inocuos y sobre las conciencias más lábiles. Lo acaban de comprobar esos cachorros de futbolistas del Barça que iban a disputar en Portugal una final de benjamines contra el Valencia. Les habían preparado el ceremonial de los mayores para que se sintiesen importantes, orgullosos, risueños. Angelitos. Un entrenador nacionalista les prohibió saltar al campo mientras sonaba el himno español. Los niños tenían ocho años. A los ocho años, la gloria es un sueño que vive dentro de una portería. Un anhelo sin fronteras ni confines, sin ayeres ni mañanas; un limpio horizonte de ilusiones por estrenar, un fastuoso regalo sin abrir al alcance de un fresco soplo de pureza. Tenían un balón que dominar y una parcela sin dueño para conquistarla a golpes de fantasía. A los ocho años, con una camiseta de colores y unas botas de fútbol, el mundo entero cabe en una cancha con todas sus naciones, sus banderas, sus certezas y sus desengaños. Pero el nacionalista de turno estaba allí, ajeno a debilidades y ensueños, implacable en su machacona monserga, impávido sobre su pétreo campanario mental, impertérrito en su enajenado desvarío. Y los dejó sin ceremonia. Catalonia is not Spain. Los chicos del Barça ganaron el partido. Pero perdieron, con prematuro pragmatismo y desalentadora precocidad, unos jirones de su bendita, prometedora, imprescindible inocencia. L EL MUSULMÁN QUIERE VOLVER N mito de engorde lento se ha acabado instalando en el imaginario colectivo de una forma tan sorprendente como lamentable: al- Andalus fue una civilización superior en cuyo seno de progreso se dieron idílicas condiciones de convivencia y tolerancia entre culturas no repetidas hasta la fecha de hoy. Han colaborado a confeccionar y engrandecer semejante dislate, desde la izquierda bienpensante y la derecha permanentemente acomplejada, diversas estructuras políticas y no pocos entes intelectuales. En virtud de ese mito mimético que se basa en imitar permanentemente al héroe anterior en el tiempo, no pocos españoles dejan de hacer caso a las bravatas califales y absurdas que espetan desde diversos ámbitos islámicos- -terroristas o no- según los cuales el viejo paraíso perdido en la Península Ibérica deberá volver, antes o después, a manos de Alá. Cuentan los estrategas de la recuperación con la aplastante realidad de las cifras: el islam es la segunda religión de Europa y ya son cerca de quince los millones de musulmanes que viven y se reproducen en la Unión Europea. Cuentan con un vigoroso vector de incidencia: el islam es un proyecto, cosa que CARLOS ya no son ni el catolicismo, ni la izquierHERRERA da ni la democracia, y así, sorteando o no los deseos de integración de las autoridades europeas, sueñan con imponer unas condiciones de convivencia en absoluta incompatibilidad con los valores más elementales de Occidente (su característica de religión pública, no privada, fuerte, autoafirmativa, hace que nada tenga que ver con las religiones sincretistas, que no afectan a la cosa pública) Ni que decir tiene que cuentan con caballos de Troya perfectamente identificables en sociedades que siguen manejando irresponsablemente el concepto de multiculturalidad, esa ideología a la que Harold Bloom tildaba de perniciosa porque divide, fragmenta y enfrenta y lleva directamente a la antítesis del pluralismo. Giovanni Sartori se preguntaba en su libro La Sociedad Multiétnica si una comunidad puede sobrevivir si está quebrada en subcomunidades que rechazan las re- U glas en las que se basa el vivir comunitario. Esa pregunta del soberbio pensador italiano se la responde él mismo cuando asevera que para vivir en diversidad primero hay que desterrar el dogmatismo, cosa que no hace el islam, y en segundo lugar impedir a toda costa que se sea tolerante con el intolerante. Los estallidos intermitentes de larvas integristas que vive Europa- -y que en España han costado los disgustos trágicos que ya conocemos- -anuncian un tiempo necesitado de compromiso por parte de la sociedad que, desgraciadamente, no parece dispuesto a liderar la autoridad competente. Descartando la posibilidad inmediata de que el islam tenga su Trento particular (Gómez Marín dixit) se empieza a instalar entre una abatida parte de la ciudadanía más alerta la posibilidad de ser cierta la máxima con la que se manejan algunos representantes de la expansión islamista: Os conquistaremos con vuestros derechos pero os gobernaremos con los nuestros Recordemos que en los lugares donde el poder está en manos islámicas se vive inmerso en el atraso, la miseria y la represión, ninguna de cuyas causas debe buscarse en la eterna culpabilidad con la que Occidente se machaca a diario ni en la fácil y manoseada excusa de que la pobreza crea movimientos violentos irreprimibles: va a acabar pareciendo que los terroristas islámicos son representantes de los desheredados del mundo, cuando lo que fehacientemente sabemos es que el hambre genera muertos, no suicidas. Argel y Casablanca son la nueva llamada de atención que el terrorismo islamista hace sonar a las puertas de nuestra casa, que no son otras que Ceuta y Melilla. Lo hacen para limpiar sus territorios de infieles, cierto, pero también para advertir de que el siguiente paso es llegar a la Córdoba que creen que les pertenece. Algunos idiotas ilustrados juegan a negar ese peligro. Al finalizar las guerras religiosas del XVII, el pluralismo se hizo realidad en Occidente y la sociedad abierta pasó a basarse en la tolerancia, el consenso y el pluralismo. A día de hoy se trata de responder a la pregunta que se planteaba Popper en uno de esos días en los que sopesaba el anhelo de libertad y el de seguridad: ¿cuán abierta puede ser una sociedad abierta para seguir siéndolo?