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ABC MARTES 10 s 4 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA DEMOCRACIA DEL CANUTAZO T LO QUE ZAPATERO LIDERA A derechización radical del PP es la estrategia de opa que Zapatero lanzó oportunamente al mercado pero al mismo tiempo se ha ido produciendo- -en mayor o menor medida- -una fragmentación del capital político del zapaterismo. Encuestas e indicios de diversa naturaleza señalan que sus votos no serían los mismos de hace tres años, a la vez que su coalición parlamentaria pasa por una fase de precariedad y que en el PSOE se mantiene la formación pero en filas algo más torcidas. Esa es una de las incógnitas de más peso en el momento actual: si Zapatero es un fenómeno pasajero o si su liderato va a cambiar todo el sistema de poder socialista y alterar incluso la conformación del centro- derecha con arriesgados cambios en el modelo de Estado y con políticas sociales activistas de discriminación afirmativa. En realidad, lo que queda del liderato de Zapatero es de difícil cálculo. Las cuentas de cómo llegó a controlar el PSOE son las que son, como escasísima la ventaja que obtuvo sobre José Bono, con el voto generalizado de los guerristas, tanto como de las representaciones congresuales de Andalucía o Cataluña. Consecutivamente, su llegada al poder se da desVALENTÍ pués del atentado del 11- M y con los apoPUIG yos más radicales de ERC e IU, repitiendo como en una calcomanía el gobierno tripartito inventado por Maragall y que en el célebre pacto del Tinell determinó por escrito la exclusión del PP del juego político. Es una de las preguntas más frecuentes en las sesiones de sociología recreativa: ¿continúa Zapatero teniendo los votos de los sectores juveniles y a menudo abstencionistas que le votaron porque había prometido retirar las tropas españolas de Irak? Tal vez su estrategia de arrinconar al PP lograse que el partido de Rajoy fuera valorado como más de derechas- -de derecha dura o incluso de extrema derecha- -que antes, por lo que ese voto juvenil se sentiría con la misión de pararle los pies a una derecha cerril, neofranquista y extramuros. Desde luego, si Zapatero ha perdido el olfato no es algo que se pueda determinar a partir de que no sabe exactamente lo L que vale un café. De los gobernantes de nuestros días más bien se espera que conozcan la evolución del precio del barril de crudo: respecto a Zapatero ese es un dato que desconocemos aunque uno pueda imaginárselo. Si la base electoral de Zapatero se hubiese ido angostando, tampoco sabemos hasta qué punto Rajoy ha ampliado la suya a partir de la plataforma ya casi consolidada del centro derecha. Ciertamente, el fiasco del zapaterismo en su tentativa de dar salida dialogada a ETA es de proporciones vastas, mucho más allá del nuevo estatuto de autonomía de Cataluña, aunque eso queda ya como parte de la trama constitucional, no beneficia en nada a Cataluña y genera probablemente un alto grado de litigación, mientras ERC persiste en la ostentación de su deslealtad histórico- genética. Sobre el País Vasco, falta por ver bajo qué apariencia el abertzalismo cómplice de la violencia consigue presentarse a las elecciones municipales, cuántos votos obtiene y qué decide ETA luego. Hay pocas maneras de verlo que no den por resultado una calificación poco positiva del papel que ha tenido Zapatero en todo ello. Pero tampoco sabríamos extrapolarlo en términos electorales, ni medir hasta qué punto las cesiones en el curso del llamado proceso de paz han desangelado la franja central del voto español. Desde luego, el papel del socialismo en el País Vasco genera una inevitable tristeza en quienes alguna vez pensaron que determinismo y nacionalismo no siempre andan a la par. El zapaterismo no es hoy por hoy un liderato perdido, pero sí podría decirse que se acerca a sus penúltimas oportunidades, al límite a partir del cual es improbable reconvertir políticas o reinvertir tendencias electorales. Sería el last chance saloon antes del inicio de la crisis del zapaterismo. No son esos los únicos factores: ahí está el PNV con ganas de reemprender el vuelo; ERC, en la contumacia arcaica; y grupúsculos del PP que se dirían prestos a contribuir al aislamiento a base de amianto de su partido, mientras Mariano Rajoy anda en busca de algún consenso factible. No es éste un momento para la ambigüedad o el silencio. vpuig abc. es ODOS los lunes, Acebes, Blanco, Zaplana y algún otro se plantan a media mañana delante de una batería de periodistas y con cuatro mal hilvanadas consignas contra el adversario abren la agenda semanal de la crispación. En el argot se llama canutazo- -por la forma de los micrófonos- -a estas píldoras o fragmentos de doctrina primaria para consumo de simpatizantes sectarios, a quienes los sociólogos de cabecera de los partidos aconsejan tratar como gentes de entendederas simples para mantenerlos movilizados y en perfecto estado de animadversión. Multiplicado luego caIGNACIO da día en numerosas rueCAMACHO das de prensa, comparecencias informativas y desayunos varios- -D Ors diría hoy que en Madrid, a las nueve de la mañana, o das un desayuno de trabajo o te lo dan- el canutazo ha devenido en la principal forma de expresión de nuestra democracia declarativa. Como la logomaquia política se vuelve cada vez más espesa por puro efecto de acumulación, es preciso proferir una enormidad para abrirse paso en el saturado ámbito de los medios, de tal modo que los aparatos de propaganda partidaria se exprimen a sí mismos para confeccionar sentencias a la medida de una demanda progresivamente alarmante. La mayoría de las proclamas catastróficas de la oposición y de las embestidas banderizas del Gobierno provienen de esta necesidad de atizar una hoguera cada vez más incandescente, que amenaza con llegar en vísperas de elecciones a la temperatura de fusión de materiales. En esta democracia del canutazo hace tiempo que desertaron el pensamiento y las ideas, sustituidas por frases huecas y altisonantes, pero ahora empiezan a huir también los matices y se vuelve imposible distinguir machadianamente las voces de los ecos. Para colmo, la nomenclatura habitual de responsables políticos se ha incrementado con la presencia cotidiana de Arnaldo Otegui, repentinamente acostumbrado a caminar por las calles seguido de una tropa de reporteros que le mendigan una revelación como si fuese un oráculo. Éste es uno de los efectos más perniciosos del relativismo político zapateril, que ha otorgado a un proscrito la respetable apariencia de una minerva. Ocurre sin embargo que Otegui, más que un oráculo, es un ventrílocuo, por cuya boca habla la voz de ETA. Pero los dirigentes etarras le relegan al papel secundario de un aparatchik propagandístico, encargado de las consignas de rutina, y cuando tienen algo que decir para que se oiga se ponen las capuchas, aunque no sea Semana Santa, y llaman a Gara o al amanuense que les redacta los comunicados. Los canutazos de Otegui tienen, pues, el mismo valor que las vacuas declaraciones mañaneras de los dirigentes de guardia en Ferraz, Génova o Moncloa: el de una insustancial nadería pasajera. Ya lo advirtió Alberti: manifiestos, escritos, comentarios, discursos; humaredas perdidas, neblinas estampadas Y a veces ni eso: pura cháchara disuelta en el ruido de una estéril democracia de charlatanes.