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34 INTERNACIONAL LUNES 9 s 4 s 2007 ABC Lei, esclava sexual a los 13 años A sus 79 años, Lei Guiying relata a ABC el infierno que sufrió cuando, siendo sólo una niña, los japoneses la utilizaron como una esclava sexual en los burdeles que regentaba el Ejército nipón en China durante la Segunda Guerra Mundial TEXTO Y FOTO PABLO M. DÍEZ ENVIADO ESPECIAL TANG SHAN (CHINA) Han pasado más de 60 años, pero las heridas que dejó la ocupación japonesa en Asia durante la Segunda Guerra Mundial siguen hoy abiertas en carne viva. Buena prueba de ello es la reciente crisis diplomática que ha provocado el primer ministro nipón, Shinzo Abe, al negar que el imperio del Sol Naciente coaccionara a las conocidas como mujeres del consuelo Así se denomina a las 200.000 prisioneras de guerra coreanas, chinas, filipinas, taiwanesas e indonesias que, según los historiadores, fueron utilizadas como esclavas sexuales en los prostíbulos que regentaba el propio Ejército japonés para levantar la moral a los soldados. En China, donde se calcula que llegó a haber unas 10.000 de estas casas de lenocinio, ya sólo quedan con vida 20 mujeres del consuelo Una de ellas es Lei Guiying, quien a sus 79 años ha relatado a ABC el infierno que padeció cuando era tan sólo una niña. Nacida el 6 de mayo de 1928 en la provincia de Jiangsu, ubicada al norte de Shangai, Lei Guiying tenía nueve años cuando los japoneses tomaron Tang Shan, el pueblo situado a unos treinta kilómetros de Nanjing donde aún hoy sigue residiendo. Con las tropas llegó un rico y joven empresario nipón al que los chinos llamaban Shan Ben, quien pronto se convertiría en su jefe a la fuerza Lei Guiying, quien se convirtió al cristianismo en 1996, es una de las 20 mujeres del consuelo que aún siguen con vida en China mo los soldados asesinaron a una anciana porque no podían violarla y aún se estremece al pensar en las 300.000 víctimas que dejó la masacre de Nanjing en diciembre de 1937. En aquel entonces, Lei Guiying era una niña de la calle ya que, al morir su padre cuando ella tenía siete años, había sido obligada a casarse para que otra familia se encargara de alimentarla. Pero su joven marido falleció de una enfermedad repentina en 1940 y a Lei Guiying no le quedó más remedio que mendigar para sobrevivir. En el otoño de 1941, cuando tenía 13 años, una mujer me indicó la dirección de una casa donde podían darme comida. Tenía tres habitaciones que estaban llenas de soldados japoneses y había unas 40 chicas jóvenes, pero no sabía que era un burdel. Cuando quise marcharme, el dueño, Shan Ben, me lo impidió y me retuvo allí explica la mujer, que empezó a ocuparse de los dos hijos del proxeneta. Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que, para su desgracia, un militar nipón la descubrió. Me quitó la ropa y, cuando intentaba resistirme, me hacía cortes en las piernas con su catana y me golpeaba en la cabeza con su pistola, por lo que perdí mucha sangre mientras me violaba se lamenta Lei Guiying, quien recuerda haber llorado de dolor al tiempo que intentaba comprender qué era aquello tan sucio que le estaba ocurriendo. A partir de ese momento, la chica vivió un auténtico calvario porque a veces tenía que atender a cinco clientes al día, que venían a buscarnos por nuestros números y luego nos violaban como animales y nos pegaban para desahogarse De hecho, varias de sus compañeras murieron durante los dos años que permaneció allí como consecuencia de las palizas y las vejaciones a las que las sometían los soldados. La propia Lei Guiying estuvo a punto de perecer porque fue salvajemente violada por un grupo de militares. Me agarraron entre cinco y, cuando uno terminaba, otro empezaba narra con lágrimas en los ojos la anciana, quien sufrió tan graves secuelas físicas que jamás pudo dar a luz y aún tiene unas grandes cicatrices en las rodillas que le impiden andar sin arrastrar las piernas. poneses, primero por vergüenza y luego por miedo a las represalias de los comunistas, que persiguieron con ahínco a todos aquéllos que habían colaborado, por la fuerza o voluntariamente, con el enemigo. Tras casarse con un vendedor ambulante y adoptar a dos niños que habían sido abandonados durante la hambruna que causó el Gran Salto Adelante (1958- 61) Lei Guiying vivió con su horrible secreto hasta hace un año. Desde entonces, lucha para que no se olvide este vergonzoso episodio de la Historia y se indigna cuando el Gobierno japonés se niega a compensar a las víctimas por las atrocidades cometidas durante la contienda. Me gustaría ir a Tokio y poder ganar el caso asegura convencida, pero consciente de que los tribunales nipones han rechazado todas las demandas porque China renunció a tales compensaciones en el tratado de paz firmado en 1952. Aunque Japón reconoció en 1993 la implicación de su Ejército en el caso de las mujeres del consuelo Lei Guiying echa en cara a Tokio una falta de arrepentimiento sincero que le duele tanto como las heridas aún sin cerrar que le causaron los soldados imperiales hace ya seis décadas. Cadáveres congelados Todo el mundo huía para esconderse en las cuevas de las montañas. La gente tenía tanto miedo que mataban a sus propios bebés y los tiraban después a un lago para que no los cogieran los japoneses. Al día siguiente, el lago se congeló y los cadáveres de los bebés quedaron atrapados en el hielo recuerda la mujer, quien vio có- Un soldado japonés me quitó la ropa y, cuando me resistía, me hacía cortes en las piernas con su catana mientras me violaba A veces tenía que atender a cinco clientes al día. Cuando uno terminaba, otro empezaba Un prostíbulo militar En aquella época, había dos burdeles en Tang Shan, situados uno frente a otro. Aunque el prostíbulo en el que trabajaba Lei Guiying lo dirigía un empresario particular como Shan Ben, éste tenía estrechos contactos con el otro local, dirigido por el Ejército. Shan Ben disponía de un permiso para entrar cada vez que quisiera y a veces yo misma servía comida allí, donde había muchas prostitutas japonesas vestidas como geishas desvela la mujer, quien logró huir en 1943. Traumatizada, Lei Guiying se refugió en casa de su madre, que se había vuelto a casar, y estuvo sin salir a la calle hasta que las tropas del imperio del Sol Naciente se retiraron de China. Sin embargo, nunca le contó a nadie que había sido una esclava sexual de los ja-