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ABC LUNES 9 s 4 s 2007 ESPAÑA 13 EL OBSERVATORIO Germán Yanke EL PARAGUAS DE ZAPATERO OSÉ Luis Rodríguez Zapatero se las prometía muy felices. Predicaba (y aún lo sigue haciendo de vez en cuando, aunque con un tono más desconcertado) la confianza en los españoles pero, en el fondo, en quien confiaba de verdad era en José Luis Rodríguez Zapatero. Hay gente que cree que sus opiniones son dogmas científicos y que, si atraes a los demás al sofá y se las cuentas, les convences. No se trata de discutir con ellos, sino de que te escuchen y se rindan. Por eso le gusta más al presidente el consenso (que, en su caso, responde a una suerte de inclinación reverencial ante la doctrina expuesta) que la confrontación intelectual y política propia del sistema democrático, que presupone el carácter relativo y falible de las respectivas opiniones. a escena del sofá se ha repetido una y otra vez a lo largo de la legislatura. Creyó que podía convencer a los barones del PSOE (y muy especialmente a Maragall) a Carod Rovira, a Mas, al líder de la oposición, al lendakari Ibarretxe, a la mismísima ETA. Al cabo de un tiempo, los barones (y muy especialmente Maragall) se han decidido por alejarse de sus encantos y seguir con su currículo, ERC le hace jugarretas con el derecho de autodeterminación y la estabilidad del Gobierno de Cataluña, Mas va por la vida mosqueado y con la sensación de haber sido engañado. Creyó el presidente que, sentado en el sofá, Ibarretxe iba a desistir de su plan anticonstitucional, pero lo trajo al Congreso y ahí tenemos al PNV celebrando el día de la patria con la reivindicación del plan y la propuesta de una espeluznante quiebra del Estado y sus principios constitucionales. Rajoy sale una y otra vez de La Moncloa, según sus propias palabras, más distante y enfadado de lo que entra. ero el presidente pensaba que, si costaba la rendición a sus pies de todos ellos más de lo previsto (y la de los votantes) se lograría en cuanto convenciese a ETA, en lo que confiaba, como se ha visto, ciegamente. Si cada uno de los que ha escuchado decir a José Luis Rodríguez Zapatero que él sabía más y que el fin de la violencia esta- ETA volvió a reiterar ayer el papel de un terrorismo al que no renuncia. Al seductor cazado en sus propias trampas sólo le queda arremeter con lo que le recuerda su fracaso: se expedienta a los socialistas críticos, se convierte a las víctimas en obstáculos para la paz, se persigue al Foro Ermua, se criminaliza a la oposición. Todos ellos simbolizan la intemperie en la que Zapatero pedalea. Buscaba un paraguas para Batasuna como si pudiera también cubrir su carrera pero, qué paradoja, ya sabemos también ahora quién sostiene el de Otegi J ba realmente próximo pagara un puñado de euros, no habría problemas para financiar las previsiones de la ley de Dependencia. Pero ETA hizo estallar la bomba de Barajas cuando aún resonaban las previsiones optimistas del presidente y sabemos ahora, como podíamos intuir antes, que, durante todo este periodo, la banda se preparaba, se armaba, determinaba y concretaba objetivos y no modificaba un ápice su totalitario chantaje al Estado y a los demócratas españoles. l seductor chafado suele recomponer la figura y, con pretendidas artes de malabarista, agita una mano para que el público no se fije en la otra, con la que trata de ocultar los restos del naufragio. Movió a Montilla para apartar a Maragall, a unos barones para retirar a otros, a Mas para dejar a Carod compuesto y sin Estatuto, a Carod después para dejar a Mas en la cuneta, a todos sus so- E L cios coyunturales para que viéramos a Rajoy solo y descompuesto, a Imaz para empujar a Ibarretxe contra la pared. Y, después del fracaso estrepitoso del proceso a Batasuna para convertir a ETA en algo marginal. Porque este empeño, más por el apaciguamiento que por la paz (que es un mito retórico) sigue siendo la pócima que todo lo puede calmar, incluso el descalabro del Estado propiciado por las cesiones a la tensión planteada por los nacionalistas. El PNV es la clave parece pensar ahora el presidente. Algunos podrían pensar que la vuelta a escena, en medio de la parafernalia del Aberri Eguna, de un PNV ultramontano constituye un nuevo problema para quien ha elegido ser una suerte de encantador de serpientes. Porque es ultramontano un nacionalismo vasco que reivindica, como el Plan Ibarretxe que ahora reiteran, la primacía del pueblo sobre la ciudadanía, la Gran Euskadi desde el Adour al Ebro la bilateralidad perfecta entre el País Vasco y el Estado y, por no seguir, la quiebra de las garantías individuales mediante la ruptura del Poder Judicial. Pero Rodríguez Zapatero se ha subido en una bicicleta en la que ya la meta es secundaria y lo importante, para no romperse la crisma, es no dejar de pedalear. E n el laberinto de este nuevo proceso viene muy bien que el PNV, como ha vuelto a hacer, mimetice el programa de Batasuna, que es el de ETA. Las mismas exigencias sin armas, como en el Pacto de Estella. Con esos presupuestos, incluso se pueden poner pegas a la presencia de Batasuna en las elecciones que, al fin y al cabo, convienen a un nacionalismo radical en los contenidos y aburguesado en las formas. La indigencia intelectual de los dirigentes actuales del socialismo vasco también ayuda, es verdad, pero el propio presidente del Gobierno es responsable de la nadería en la que se ha convertido Patxi López: su papel, en esta estrategia, no es ya conseguir ser lendakari sino, en todo caso, el subordinado maquillador del nacionalista que ocupe Ajuria Enea. Se entiende la displicencia con que Rodríguez Zapatero trata al secretario general del PSE porque, a la postre, el presidente parece haber aceptado la justificación última del Plan Ibarretxe: una propuesta que, asumiendo las propuestas de Batasuna, anestesie los argumentos que llevan a esta organización ilegalizada a aceptar la violencia para conseguirlas. Y para eso López no vale. S P i esperaba el milagro, ahí tiene el ridículo. ETA volvió a reiterar ayer su barbarie y el papel de un terrorismo al que no renuncia, hasta la bomba de Barajas era para relanzar el proceso Al seductor cazado en sus propias trampas ya sólo le queda arremeter con lo que, de un modo u otro, le recuerda su fracaso: se expedienta o se maltrata a los socialistas críticos, se convierte a las víctimas en obstáculos para la paz, se persigue al Foro Ermua, se criminaliza a la oposición. Todos ellos simbolizan la intemperie horrorosa en la que el presidente Zapatero pedalea. Buscaba un paraguas para Batasuna como si pudiera también cubrir su carrera pero, qué paradoja, ya sabemos también ahora quién sostiene el de Otegi.