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ABC LUNES 9 s 4 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA ESCUPIR CONTRA EL ESPEJO Arrojar la cara importa que el espejo no hay por qué (Quevedo) UANDO Brecht escribió aquel célebre poemasobrela resistencia- hay hombres que luchan un día, y son buenos; otros luchan un año y son mejores... pero hay algunos que luchan toda la vida: ésos son los imprescindibles -estaba pensando en que a nadie se le pide que sea un héroe constante, nisublimesin interrupción, como pretendía Rimbaud, pero sí al menos que en los momentos difíciles se muestre a la altura de sus posibilidades y luego deIGNACIO je a los demás seguir hasta CAMACHO donde alcancen las suyas. Lo que no vale es denostar a quienes continúan cuando uno se cansa: eso se parece muchoa latraición, y desdeluegoserelacionabastante con la ignominia. Al alcalde de Ermua, Carlos Totorika, me lo definieron una vez como un tipo mediocre que, colocado en una tesitura histórica, supo sacar lo mejor de sí mismo para crecerseen un desafío moral. Su partido no confiaba demasiado en él y de hecho lo mantuvo siempre en unadiscretasegundalínea; algunos sospechaban que las envidias sectarias trataban de impedir que se convirtiese en un líder. Lo conocí en la campaña de 2001, en el parque de Vitoria dondeaún quedaban las manchas de la sangre de Fernando Buesa; tenía músculo ético y transmitía una sólida energía política. De algún modo se sabía situado en el eje de un símbolo, y mantenía una notable dignidad en el trance de representar laherencia deaquelhermoso desafío colectivo. Algo debió de ocurrir cuando sobrevivió a la purga del socialismo vasco emprendida tras la defenestración de Nico Redondo. Quizá Patxi López no se atrevió a remover un símbolo tan palmario, o acaso el propio Totorika entendió que debía adaptarse a los nuevos vientos del apaciguamiento poniéndose ligeramente de perfil ante un conflicto de lealtades. Bueno estaba: hay hombres que luchan un día, etcétera. Pero su papel en la pequeña y hermosa historia de la decencia frente al horror requería al menos un poco de justicia consigo mismo. No se la ha hecho. Ha consentido en poner su cara y su nombre en el oprobio de pedirle al Foro de Ermua- -presidido ahora por el hermano de aquel Buesa de la sangre derramada- -que retire el nombre del pueblo en que nació la mayor sacudida de orgullo cívico de la España moderna. Ha caído en la bajeza y el deshonor de insultar a quienes tienen más coraje que él. Se ha plegado a la exigencia de aquellos a quienes combatió. Nadie le exigía que continuase, pero sí que al menos no se traicionase escupiendo contra su propio espejo. Es un fracaso insignificante, pero doloroso. Revela lo peor de la política, el lado más escuálido y cobarde de la condición humana. Seguirán los más valerosos, los imprescindibles, pero duele la humillante deserción de quienes parecían capaces de superarse en la adversidad. Citando con ácido sarcasmo a Groucho Marx, el implacable Jon Juaristi pedía ayer que, si Ermua no se siente identificada con ese soplo histórico de valor y rebeldía, le cambie el nombre al pueblo. Quizá, querido Jon, bastaría con que cambiase de alcalde. C LA PARROQUIA ROJA L OS enemigos de la Iglesia han encontrado un motivo de placer orgiástico en la clausura al culto de la parroquia de San Carlos Borromeo, decretada por el Arzobispado de Madrid. Por supuesto, a los enemigos de la Iglesia les importa un bledo el destino de la susodicha parroquia; pero, convirtiéndola en estandarte de un escándalo mediático, han considerado que colaboran en la causa que verdaderamente les importa, una causa tan ímproba como estéril, que no es otra sino hacer daño a la Iglesia. Muchas veces la Iglesia ha sido arrojada a los perros, con la intención de que pereciese; pero siempre fueron los perros los que perecieron al tratar de hincarle el diente. Algún día- -digamos, parafraseando a Chesterton- -los perros aprenderán instintivamente a esperar antes el oscurecimiento de las estrellas que la muerte de la Iglesia; pero, entretanto, ladran y se revuelven furiosos y lo pringan todo con los espumarajos de su rabia. Pero para que su rabia pase inadvertida a las gentes incautas a quienes pretenden engañar es preciso entretenerlas con alguna coartada de tiJUAN MANUEL po altruista o compasivo, un hueseciDE PRADA llo que se les lanza como cebo envenenado. Aquí el cebo son los servicios sociales que en dicha parroquia se vienen prestando; servicios que, por cierto, el Arzobispado de Madrid se dispone a potenciar. El servicio de la caridad es, en efecto, el núcleo de la fe cristiana; pero dicho servicio nace del conocimiento del amor que Dios nos tiene. El cristiano sólo puede llegar a amar plenamente a sus hermanos cuando dirige su mirada al costado sangrante de Cristo. Como afirma Benedicto XVI en su encíclica Deus Charitas Est es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar El amor cristiano es unión con Cristo y con todos aquellos por los que Cristo se entrega. En la comunión eucarística el cristiano reafirma que se siente amado por Dios y que ama a su prójimo hasta el extremo, como Dios lo ama. Y, puesto que el amor cristiano es una experiencia comunitaria, la Iglesia se ha preocupado de que esa comunión de voluntades que exige el amor se funde sobre una comunión de culto, sobre una comunión universal de la Palabra y los Sacramentos; sólo así se logra plenamente el amor cristiano, que es el que reconoce en el prójimo una imagen de Dios. La mera filantropía no es amor cristiano; pues no hay verdadera fraternidad sin reconocimiento de una paternidad común. Y una parroquia donde se fomentan las actividades de servicio social pero se descuidan o escarnecen los sacramentos y la liturgia no es una verdadera comunidad cristiana. Los cristianos muestran su comunión poniéndolo todo en común: no sólo sus posesiones o bienes materiales, también su oración, también su adhesión a la enseñanza de los Apóstoles, también el servicio de los Sacramentos y de la Palabra. No son estas tareas que se puedan separar una de otra, sino que se implican mutuamente. Una caridad desligada de la celebración de los Sacramentos o del anuncio de la Palabra es una caridad muerta, una caridad desnaturalizada que ha renunciado a su propia esencia. No puede existir en una parroquia comunión de amor cristiano cuando se dejan de administrar los Sacramentos o se administran de modo grotesco, cuando se pisotea la liturgia o se reinventa de modo arbitrario. La liturgia católica es un edificio de palabras y acciones que supera a las individualidades y a las generaciones, para expresar la fe comunitaria de la Iglesia a través de los siglos; cuando ese edificio se reforma caprichosamente se está quebrando la comunión eclesial, se está quebrando también la comunión del amor. Esto lo saben los sacerdotes de la parroquia de San Carlos Borromeo. También saben que su desafío no es al Arzobispado, sino a la naturaleza misma de la Iglesia, cuya comunión han roto. Y saben, en fin, que quienes los apoyan y jalean son los mismos que quisieran ver muerta a la Iglesia. Pero la Iglesia cuenta con un Dios que sabe cómo salir del sepulcro.